© 1997

Sentado sobre una bita y abanicándose con el panamá, don Trinidad Sanchez secaba el sudor de su calva reluciente sin perderse detalle y sobresaltándose cuando las maromas crujían de más bajo el peso del objeto de sus cuidados: un gran cajón de madera, largo y profusamente rotulado con plantillas de consignatarios y aduaneros italianos que se estaba descargando con la parsimonia propia de los cuarenta grados.
Todo el pequeño puerto de la modesta y baja población era una nube de bochorno de la que emergían, por aquí y por allá, los penachos de los cocoteros rodeando las orillas de una mar inmóvil y brillante. Apenas quince minutos antes había caído un ruidoso aguacero tropical que resonó con música de tambor sobre los techos de chapa ondulada de tingladillos y galpones y del que ahora no quedaba ni el recuerdo sobre el suelo luminoso.
A una treintena de pasos su limusina -toda color crema, toda cromados- y el chófer, que para no ahogarse estiraba el cuello por la tirilla dándose también aire con la gorra, le aguardaban bajo la sombra de un grupo de higuerones junto a la avanzada de la manigua, que por allí quería tragarse antiguos feudos usurpados por el hormigón ya resquebrajado y añejo. Tanto auto como conductor, habían sido cedidos de mil amores por las autoridades de la capital.
Afortunadamente, y a dios gracias, concluía la tarea: tres o cuatro estibadores retiraban cordajes y redes de carga, y la grúa, que retraía con chirridos de metal sobrecalentado el brazo de la pluma, se alejaba ya por raíles oxidados de las cercanías del barco, el carguero blanco y negro que maltrecho por tanta mar soportada desde el lugar de flete, se dormía ahora como un alcatraz tiznado y rendido junto al viejo muelle.
Pensaba don Trinidad en el último acto de sus largos afanes, que por fin se desarrollarían antes de que acabara el día, cuando el nuevo barco, que estaba por arribar, arrumara en sus bodegas y pusiera definitivamente en menos de tres jornadas en los malecones de la vecina República de Coraguana -de la que don Trinidad era embajador volante y especial- nada menos que la estatua del prócer Presidente y Protector, Benefactor de la Patria y Jefe de Estado democráticamente elegido, Don Maximiliano Irraguirrebengoa Pérez-Sotillos. El mismísimo don Trinidad en persona, sin demandar ayuda de nadie y con la recomendación confidencial del Presidente, se había encargado en exclusiva de la totalidad del proyecto desde un principio, aquel momento glorioso en que acuciado por su extremada vanidad el mandatario supremo se empeñó, uno de esos días tontos, en inmortalizarse para los siglos venideros.
“Lo había gestado en doloroso parto” -y cómo le gustaba presumir con esta frase-, diseñado con todo el esmero del mundo ateniéndose a su personal ideal estético del patrón clásico: toga senatorial al modo romano y actitud oratoria inspirada en Demóstenes; nada de arreos militares ni de corceles encabritados superdotados de grandezas testiculares que subliminalmente transfirieran tal grandeza al jinete. Aquí fue donde más tropiezos tuvo que sortear haciendo gala de su poder de convicción, pues al jefe (que era cojitranco desde sus años mozos por un balazo que le atizaron en un burdel, y con sus buenos ciento veinte kilos ya acumulados en los años de bonanza por su afición desmedida a los interminables almuerzos en sus cuartos privados, en los ambigús palaciegos y en toda ocasión propicia), nada le era más ajeno y antagónico que jactancias de tipo ecuestre plasmada en piedra, que podían provocar en el pueblo llano e ignorante más motivos de burla que de admiración, que era, a fin de cuentas, lo que se pretendía.
Eligió, pues, a un artista con la herencia plástica helenística -en Italia, claro está, y mejor que en Grecia por aquello del Renacimiento o el Quattrocento, que no sabía muy bien lo que era- y decidió, también, la ubicación definitiva de la obra en la Gran Plaza de Las Libertades, foro, coso y mentidero de la capital de la República; lugar donde todos, quisieran o no quisieran, estarían obligados a someterse a la sombra tutelar del padre putativo de todos los coraguaneños en las tardecitas de paseo va y paseo viene aliviados con refrescos de agua de coco y su poquito de ron.
No eran pocos los beneficios que esperaba obtener de tanta dedicación y que obtuvo, desde luego: tres viajes a través del océano cargando fotografías, carpetas y dineros; muchos dineros que allende la mar se quedaron. Incluso alguna vez tuvo que aguantar, y qué remedio, con la incómoda compañía del joven vástago del ilustre mandatario, que estaba empeñado en hacer de su hijo un hombre con más luces y mundo de las que él tuvo nunca. Y como estas últimas se pensaba que solamente destellaban en el Viejo Mundo, pues tuvo que aguantarse mientras que el jovencito se iluminaba con la Ciencia y el Arte.
En sus devaneos mentales se regodeaba imaginándose el cálido abrazo del Presidente: “¡Gracias, gracias! -le diría-. Don Trinidad, es usted el verdadero ejemplo de la fidelidad, dedicación y sacrificio que se le debe a nuestra querida patria.” Y lo abrazaría y a lo mejor hasta lo besaría estrechándolo contra su pecho cargado de medallas susurrándole al oído de pasada: “¿A buen recaudo el dinero?” Sí, señor Presidente, a buen recaudo” , sería su contestación diluida en almíbares. Y la envidia consiguiente florecería por los rostros circundantes de todo el Consejo Patriótico como los hongos venenosos crecen en las umbrías de los bosques húmedos.
La recreación de tan dichosa ventura le arrobaron deteniéndole la mano con el pañuelo de batista empapado y la mirada perdida por horizontes marinos emborronados por la calima. Por eso, en su ensimismamiento, no se apercibió de que un empleado del municipio que lo acogía en su escala técnica como a miembro destacado de una nación amiga fronteriza (lo que ya de por sí era raro eso de amigos y vecinos), acababa de llegar entre los hipos y eructos del ruinoso automóvil propiedad del consistorio local. El mentado, un tipo esmirriado, miope y casposo, y que a la vista resultaba lo más opuesto en gallardía y empaque al clásico Hermes, llegaba con premuras y urgencias de mensajero asaltándole con azoramiento, haciéndole despertar de sus embelecos y provocándole un respingo de sorpresa.
-Perdóneme su Excelencia -musitó con timidez, pero orgulloso de tal embajada con ribetes de asunto internacional-; pero se ha recibido un cablegrama urgente para Usía. Y después de trasladado el comunicado se quedó aguardando en actitud marcial desgraciadamente descompuesta por una escoliosis que lo tumbaba del lado izquierdo.
Don Trinidad agradeció tantas molestias y lo despidió con el gesto displicente de canciller muy metido en su papel; la lástima es que únicamente pudieron apreciar tan elegante ademán un marinero soñoliento apoyado en la regala, tres gaviotas y dos perros huidizos. Se caló el sombrero y rasgó el sobre con un cierto temblorcillo de manos. El color se le fue del rostro. Tiró con rabia al suelo el impoluto panamá y lo pisoteó con furia. Aspiró el aire a boqueadas como pez que se asfixia, y, lentamente, con movimiento ralentizado, se derrumbó sobre el noray y lo releyó una y otra vez de cabo a rabo notando que cada una de las palabras impresas era otras tantas puñaladas que venían a clavársele en el centro mismo del alma removiéndose como garfios de torturadores inquisitoriales. “Todo el Gobierno encarcelado. Stop.-decía el papel maldito- Presidente fusilado por insurgentes. Stop. Los niños y yo escapados a Santo Domingo. Stop. A ver que hacéis tú y tu dichosa estatua. Stop. Mariela.”
Mientras ponía a trabajar a destajo las neuronas con todo el potencial de las sinapsis, desmenuzaba en mil trocitos el fatídico cablegrama. Sus trozos fueron a mecerse con dulce lentitud sobre las olas tranquilas por entre bloques verdinegros. Miró de soslayo por última vez el embalaje protector del monumento llamado a perdurar generaciones y generaciones, y se encaminó derechamente al coche con manifiesta prisa.
– Al aereopuerto de la capital, muchacho… ¡Y rápido, pero que muy rápido!

Allí quedó la estatua-símbolo de un Don Maximiliano, extinto por liquidación sumarísima, reducida ahora a una nada sin sentido, y que, a ojo de buen cubero, había adquirido toda la apariencia de un ataúd de pobre después de tan glorioso periplo. Allí quedó, pues, en espera de un futuro sin desvelar la imagen en bronce de una gloria efímera más que no pasó de proyecto ensalzador de una escoria humana embigotada, cuyo tránsito por el valle de las lágrimas fue truncado por un tiro en la madrugada, o por un roción de tiros, que para el caso daba lo mismo. Se repetía de nuevo una página de la historia harto frecuente, en la que se acababa reponiendo de inmediato otra nueva saga de la misma catadura con su secuela de corrupciones, abusos y violencia de los poderosos; y es que el sueño del poder produce monstruos. Algo así quiso decir, probablemente decepcionado, el pintor sordo.
La vegetación inclemente y desquiciada del trópico envolvería con el paso de los años al embalaje encubridor. Y así fue, en efecto; crecieron meses y ramas de uveros; raíces amalgamadas con el tránsito de las estaciones atenazaron la madera; lluvias y soles borraron en lustros toda marca que pudiera identificar, pasado el tiempo, filiaciones de quien, casualmente, pasó un cálido día por un puerto perdido asomado al mar antillano tan cargado de olor a yodo y a bosques, antesala de la pequeña y tranquila villa donde nunca pasó nada.

* * *

Muchos tumbos dio desde entonces, hasta perderse en el olvido, la vida de doña Mariela de Paz cargada con su prole en un destierro forzoso, en el exilio anónimo y gris. Jamás volvieron a contemplar la oronda barriga de don Trinidad ni su calva absoluta, pues mientras que ella y los niños, nacidos para las dulzuras aromadas de su isla se debatían por la vida en medio de necesidades diluyéndose entre la masa anónima de un Chicago hostil, que de tan frío como era en el invierno llegó incluso a robarles la facultad de reír , el tunante, entre medias, se había transformado de olvidadizo esposo y progenitor en amnésico total de afectos familiares, y, desde ese punto, continuó acumulando barriga en disfrute permanente de ágapes, devaneos amatorios y enredos con jovencitas que poco caso hacían de su fachenda sebosa, pero sí mucho del brillo de la plata acumulada viaje tras viaje por encargo de su difunto patrón y protector.
Antes de dedicarse de pleno a esa vida ociosa, había tenido que cargar varios años muy a su pesar y como justificación por si alguien venía a pedirle cuentas del dinero, con la tutoría del hijo del presidente ajusticiado, heredero, a fin de cuentas, de bienes tan ilícitos. Pero ese miedo se le fue esfumando: nadie se interesó nunca por la fortuna que administraba, ni nadie llegó nunca a pedirle tales cuentas. Mientras tanto, y para seguir eliminando obstáculos, mandaba al dichoso heredero a París para entretenerlo con estudios; aunque si bien es bien cierto que le pasó por la mente pasaportarlo a Katmandú, no pudo conseguirlo porque el joven carecía de la vocación necesaria para andar colocándose collares de flores aneblados con el humo de la marihuana, costumbre entonces muy de moda entre la progresía a la violeta. Esa idea estuvo rondándole por el meollo, aunque la descartó también porque el muchacho se puso en sus trece y le dijo que nones.
De todos modos, poco tiempo le duraron semejantes preocupaciones y responsabilidades: cuando se supo seguro y a cubierto de asechanzas transcurridos unos pocos años, también se olvidó de la existencia del pupilo y de los envíos de dineros. El muchacho entonces, impasible ante el drama de su vida (pues la pasta de su encarnadura estaba hecha de materia muy distinta a la del autor de sus días) puso empeños contra la adversidad indigente y salió adelante borrando el recuerdo de sus ancestros, sobre todo, el de su ancestro más inmediato; desató las ligaduras con el pasado y se aprestó a ganarse un futuro honestamente. Enterró también en el olvido más que cualquier otro recuerdo, los últimos párrafos de una carta que le escribiera el desleal truhán que la mala suerte le había deparado como tutor: “Mire, hijo. No le pida a dios dinero; pídale que lo ponga a usted donde lo reparten. Míreme a mí, pues…”
Y es que, efectivamente, el buen Dios parece a veces escuchar al que no debe.

* * *

San Cristóbal del Boyá se encendía en llamaradas de crepúsculo al par que una brisa dulce oreaba los palmares y los campos. A lo lejos, la blanca chimenea del ingenio humeaba sin desentonar dándole una pincelada de ocre al cielo que vibraba entre verdes y azules por el oriente. Las sombras se derramarían pronto sobre el puerto y los tejados, y los racimos de estrellas se colgarían por la alta y oscura carpa libre de nubes.
Secundino, que no era un haragán, pero que odiaba el trabajo organizado, se pasaba la vida recorriendo y recorriendo kilómetros y más kilómetros en busca de cualquier deshecho con que atiborrar su choza: botellas y latas, piedras raras, tornillos y alambres, maderos, cajones y conchas de playa eran sus tesoros totalmente inútiles, pero que tenían cabida y lugar en su mundo.
Aquella tarde, casi noche ya, enredaba con su palo de remover por los bejucales y mangles del extremo abandonado del malecón. A punto estaba de volver sobre sus pasos, cuando aquella especie de bastón de zahorí, descubridor de lo inefable, golpeó bajo las hojas podridas una pieza que sonó a hueco.. Abandonó la vara mágica y desbrozó toda aquella maleza con manos apremiantes y transido de nuevas emociones. Descubierta ya una parte del hallazgo fue cuando pegó el bote de medio metro. Miró incrédulo. Salmodió precipitadamente un conjuro y exclamó aterrado;
– ¡Santísima Virgen del Cobre, es un cajón de muerto!
Corrió como si lo persiguieran los malos orishas del panteón yoruba. Escapaba con todos los pies de su juventud, que eran muchos, y con todo el miedo a los espíritus acumulados durante siglos por su raza, que no era poco; y se habría dicho que cubría su faz cadavérica palidez, pero eso resultaba imposible del todo.
No lo había dudado un instante; en su olímpica carrera atravesó bohíos, dos calles de casas de piedra, dobló por cinco esquinas y allanó el recinto sosegado del patio claustral de Ayuntamiento haciendo temblar las plantas de los maceteros. Tanto la velocidad, inusual en él, como la expresión desencajada, fueron suficientes para alarmar al conserje, el viejo Matías, que lo escudriñó por debajo de la maraña gris de sus cejas.
-¡Recontra, Secundino -exclamó a medio gritar sobresaltándose contagiado, también, por el otro-, ni que hubieras visto un muerto!
Lo mentado por poco le da un ataque. Resoplando y con el pecho bajando y subiendo como un fuelle Secundino notó, una vez más, que el escalofrío del trasmundo congelaba ahora la templada atmósfera del patio.
– ¡Eso es, carajo! Eso es lo que he visto: una caja de muerto, en el puerto, por los mangles, Matías…
– ¡Qué dices! ¿Estás loco?
-Ni loco ni borracho: hay una caja de muerto en el muelle viejo. Yo mismo la he visto, con mis propios ojos, Matías.
-Mira lo que dices. Piensa que tendría que avisar al sargento y ya sabes tú lo contento que se pone cuando está con la Desi y vienen a estorbarle.
-Y al alcalde también hay que avisar, Matías -apremió el mozo.
-¡Buen, esto ya se pasa de la raya! Y deja de decir Matías de una jodida vez -el viejo se cabreaba por momentos.. El alcalde no está, que se fue a la capital…
-¡Pues al sargento -concluyó Secundino, dispuesto a remover las altas esferas del pueblo.
-¿No estarás diciendo tonterías, invenciones tuyas?
-Por la Santa Virgen, por Yemanyá, por Changó que no miento. Te lo juro, Matías; por Babalú Ayé, por Obatalá…
-¡Para, hijo, para, que te vas a quedar sin santos. Avisaré al sargento y prepárate, que tú te vienes con nosotros.
Un poco más tarde, los tres, con el pánico de uno y la consiguiente sorna de dos, alcanzaban en plena noche estrellada el matorral de los linderos del bosque. Se alumbraban con faroles que, al entrar en la espesura, pusieron tintes tenebrosos en medio de un silencio apenas alterado por el rumor del oleaje contra el muelle. Efectivamente, Secundino tenía razón: encontraron un cajón con todas las trazas de ser un ataúd vetusto y enmohecido por humedades reviejas.
Un vago sentimiento de temor se abatió sobre los dos miembros de la autoridad, sentimiento que en el mozo se transmutaba en sincero espanto. Haciendo de tripas corazón, el sargento se atrevió, por el que dirán, a introducir en unas grietas de la vieja madera el extremo de la barra de hierro que se había traído en previsión de tareas inhumatorias o, dado el caso, como arma ofensiva silenciosa, que cualquiera sabe lo que puede uno encontrarse en medio de las tinieblas nocturnas. Los golpes sonaban como debía sonar la puerta del Orco a la llamada de las sombras de las almas; fueron cayendo pedazos desprendidos, grandes trozos que se desgajaban esparciendo un denso olor a moho mientras el polvo de años enturbiaba la luz de los faroles. El camino se iba abriendo hacia lo desconocido hasta que vino a asomar un gran hueco taponado de telarañas.
El sargento se detuvo para secarse el sudor con la bocamanga de la guerrera que no se quitaba ni para dormir y mucho menos para los escarceos con la Desi, que gozaba mucho con el peso de la autoridad según los malvados comentarios de sus compadres. Miró a los dos acompañantes y, encogiéndose de hombros resignado, apartó de un manotazo el sedoso y blando revoltijo. El grito de Secundino y las maldiciones de los otros asustaron hasta las mismísimas sabandijas que merodeaban por el seno oculto de aquella corrupción: ¡un rostro verdoso y polvoriento les observaba desde el fondo del podrido agujero!
Al pasmo inicial, sobrevino la duda. A la duda, la certeza. Y a la certeza, la risa desaforada y liberadora. Risa que trajo lágrimas y contorsiones de risa. Risa que estuvo sonando un buen rato en el extremo despoblado de la bahía cunado los tres osados expedicionarios comprobaron con estupor, tras haber desterrado el primer impacto del horror, que aquello no era más que una estatua, una escultura de bronce, nidal de arañas, que los años habían deslustrado con su pátina, y que, milagrosa o casualmente, había aparecido por el confín de la escollera.

* * *

A la mañana siguiente todo el pueblo había desfilado por el patio fresquito del Ayuntamiento para contemplar el hallazgo. Por unos fue calificado de hecho milagroso, murmurando que sería la imagen verdadera de un santo; otros, veían la premonitora advertencia de Ogún, patrón de todo aquello que tuviese que ver con el metal, y si se les preguntaba de qué advertencia hablaban, se aturullaban y daban la vuelta murmurando por lo bajo. La mayoría arguyó casualidad simple y llana o consecuencia de un envío equivocado de destino tiempo atrás. Nadie se ponía de acuerdo, se especulaba a diestro y siniestro y en las opiniones lucían los más diversos matices y pelajes.
El embrollo pareció aclararse un poco cuando el párroco, muy leído y con ínfulas de docto incomprendido por el vulgo, se interesó vivamente por el caso y prometió, en el sermón dominical del día siguiente, que daría con la solución al misterio en un decir amén; como mucho en tres días. Le bastaron dos cuando acudió a la junta convocada al efecto para los destacados de la villa.
-Queridos conciudadanos -empezó diciendo-: si es milagro o no, no lo sé ni quiero pronunciarme en tamaña responsabilidad aunque sospeche que tiene trazas de serlo. Lo que sí conozco es la identidad de tan egregio ser humano. Ímproba labor me ha costado desmadejar las trabas que se oponían al esclarecimiento del enigma. Abismándome en legajos y archivos que son la historia viva de nuestro pueblo…
-Abrevie, abrevie, don Melquíades -interrumpió el secretario que lo veía venir-. Díganos, si lo sabe, de quién es la estatua.
-¿De quién? ¿Si lo sé? No venga usted con pamplinas, ¿no había yo de saberlo?
-Pues al grano y dígalo, que nos tiene sobre ascuas con tanta retórica-se mosqueó el secretario que presumía de tantos y tan abundantes humos intelectuales como el clérigo.
-A ello voy, si me dejan… -respondió don Melquíades sin perder un ápice de aplomo- ¿Recuerdan ustedes las años nefastos de vómito negro? -todos recordaron y asintieron- ¿Guardan en la memoria el eco luctuoso de aquellos meses terribles que tantas veces nos recordaran nuestros abuelos?
Los reunidos lo guardaban en la memoria y asintieron otra vez.
-Caían como moscas las personas -aclaró uno.
-No cabían ya en el camposanto -recordó otro.
-Hasta el Barón Samedí dicen que tuvo que salir huyendo y eso que era el Guardián del Cementerio; tanto cadáver la traían loco -se chanceó el médico, que era francmasón y que no perdía oportunidad de hacerse el chusco para molestar a su compañero de partida. Siempre le andaba cinchando con los cultos de santería y con las magias africanas de sus feligreses.
-Un respeto al menos por mi condición, don Céspedes -le recriminó, un poco harto ya de tanto desbaratamiento de su elocuencia-. Vayamos al caso. Por aquellos malos tiempos un alma santa, mártir de la ciencia; un colega suyo, doctor, honra y prez de la profesión médica… -y aquí le dedicó al galeno un sonrisa tan malévola que hasta los ángeles en el cielo debieron sonrojarse- halló un remedio capaz de contener el castigo que asolaba a pueblos y campos. A costa de su propio sacrificio (pues sepan ustedes que se inoculó a sí mismo a modo de ensayo su propia vacuna) consiguió cortar el mal de raíz. Pero ese hombre murió a consecuencia de la imperfección inicial de su ensayo. Se sacrificó; cambió su vida por la de tantos en un alarde de total desprendimiento. Pues bien, ese personaje, con mayúsculas, ese santo aún sin canonizar y del que casi nadie se acuerda ya; ese hombre de bien, no es ni más ni menos que la persona representada en la estatua.
-¿Cómo lo sabe? -quiso enterarse el secretario.
-Por mis archivos -replicó rotundo el cura- ¡Por mis archivos, señor mío!
Callaron todos. Aclarada la incógnita se encontraron con la disyuntiva de qué hacer.
-Y ahora, qué.
-¿Ahora? Ahora dignificaremos sus recuerdo. Nació en este pueblo y el pueblo le debe la reparación del olvido: le colocaremos sobre un pedestal, en el malecón -afirmó terminantemente don Melquíades que presumía la pregunta y traía ya preparada la respuesta.
-¿Y qué hacemos con el monumento al descubridor? -medio opuso tímidamente el boticario que se tenía por conservador de todo lo conservable.
-¿A ése? A ése se le derriba y punto en boca. Ése, además, es que no nació aquí -cortó el médico con cierto furor iconoclasta.
-Pero,¿cómo iba a nacer aquí si fue el descubridor?
-Eso en nada cambia las cosas
-Pero, ¿y el alcalde? -preguntó con la misma voz y cierta precaución.
-No hay problema. Le pondremos un cable dando por consumada esta decisión en sesión plenaria y por unanimidad -explicó don Ventura, en funciones de alcalde accidental-. No se opondrá, ya le conocen. Además -decidió con cierto tono de complejo-, en el pueblo no tenemos estatua de un hijo predilecto. Somos lo únicos sin hijo predilecto en toda la comarca…
-Deberíamos esperar a su vuelta; no le disgustaría participar y organizar… -sugirió el secretario, no demasiado convencido de tanto arrebato patriótico-local.
-¡Todo lo contrario! Disponemos del tiempo justo para darle la sorpresa. El pedestal será costeado por aportación popular voluntaria, o lo que sea, y cuando él llegue no tendrá más que presidir la inauguración del monumento sin preocupaciones. ¿Todos de acuerdo? ¿Sin oposición?
No hubo disidentes. En lo tocante al destino del hallazgo a todos les alcanzaba el gozo de lo inesperado. Nunca imaginaron la posibilidad de erigir y disfrutar luego en sus paseos vespertinos de la maravilla en bronce que se alzaría, soñaban, en medio de la explanada ajardinada del malecón; porque su villa estaba huérfana de héroes o benefactores locales (el arrinconado y pobre busto de piedra del descubridor no contaba). Desde ahora, y cada uno para su sayo, sonreirían transidos: como el suyo, como su santo y genio mártir, pocos tenían a mano por los contornos. Siempre lo echaron de menos y, por fin, lo habían encontrado.

* * *

A poco de la alborada, resplandecía el sol de aquella mañana invadiendo los cuerpos en oleadas tibias. La mar, tersa y espejeante, invertía el bosque de penachos del gran palmar. Volaban aves rutilantes poniendo relámpagos de color entre chillidos estridentes de espanto por el desacostumbrado barullo. En la rotonda se congregaban autoridades y pueblo: ellos con bandas cruzadas por el pecho; los otros, endomingados, pues pocas veces tenía lugar ceremonia de tal envergadura: nada menos que descubrir un monumento al hijo esclarecido de la tierra elevado, por méritos propios, al panteón de la gloria y, casi casi, al más alto círculo de la santidad.
Ya estaban reunidos y nadie faltaba a la celebración. De la capital debía llegar un representante del Gobierno que también había mandado por delante una banda de música militar y un pelotón de soldados al mando de un joven teniente. Las más bellas muchachas del lugar le hacían guiños regalándole sonrisas, pero él, estoico y en posición de descanso, abombando el pecho, sable al hombro destellante al sol y más quieto que una de las farolas, no se daba por enterado. A sus espaldas, la tropa, sobre todo la tropa de la cola, se timaba con las muchachas derrochando aspavientos capaces de compensar el hieratismo del jefe.
Mientras no se iniciaba el acto existía un ambiente festivo que amenizaban los músicos. Para entretener al personal comenzaron a desgranar los sones de la dulce y sensual Siboney, que fue muy aplaudida por todos, pero menos que La Bella Cubana, tan expresiva del antañón criollismo burgués. Y así, sucediéndose sin tregua una pieza tras otra, el ambiente fue creciendo de sentido lúdico y jubiloso.
Apenas daban las diez, cuando puntual como un inglés llegaba el comisionado gubernamental en auto relumbrante. Fue recibido con palmas. De haber sido otro el motivo de su presencia en el pueblo y no el evento del caso, le habrían abucheado y silbado a la par o llamado alguna cosa fea, pues en política no estaba el horno para bollos.
Sonaron las trompetas; redoblaron los tambores; la tropa se cuadró a la recia voz de mando, y las autoridades, colocándose bien las bandas algo trastocado después del meneo musical, subieron a la tribuna empavesada y circuída con la bandera nacional.
Primero don Melquíades, revestido para la ocasión, bendijo el monumento todavía envuelto en el misterio de un lienzo blanco que inflaba la brisa. Luego fue el señor Delegado que empezó a aburrir a la gente rememorando, sin venir a cuento, episodios de la Guerra de la Independencia. Tres largos cuartos de hora más tarde, y después de atosigarlos con las andanadas de siempre calcadas de las de la visita anterior, y de la otra, anterior de la anterior, salpicadas de soflamas contra los opositores y de autobombo para los adeptos, se separó del atril muy a tiempo: la concurrencia estaba alcanzando los límites del aguante, y solamente los incondicionales aplaudieron a rabiar. Era el turno de la perorata del alcalde.
Al adelantarse se caló las gafas de joven estudioso. Leería un discurso en el que todos los investidos de alguna porción de autoridad en el Consistorio habían puesto su granito de arena. Él, hombre prudente como el que más, no puso objeciones y lo aceptó tal y como estaba, corrigiendo de paso, y no tuvo otro remedio, algunos excesos hiperbólicos, desmesurados y apasionados muy fuera de tono.
Transcurrida media hora y conocedor del percal de que estaban hechos sus conciudadanos y de los límites del peligro que podía bordear sin la intercalación de músicas, acaba su perorata:
-… De este modo, queridos cristobaleños y amigos todos, vamos a mostrar al mundo que también aquí, en este hermoso rincón bañado por un mar eterno que nos trajo lengua, religión e historia; lágrimas a veces, por qué no decirlo; ciencia y conocimientos con los que forjamos el futuro día a día; en este rincón, digo, que no por pequeño en tamaño ha sido menos prolífico en adalides democráticos y éticos, casi santos al sentir y creer de nuestra iglesia, y ahí tenemos el paradigma todavía envuelto en el albo manto del incógnito. También aquí repito, y con esto acabo ya después de haberos robado el tiempo del regocijo, nacen hombres que son ejemplo y guía para la humanidad toda. Nada más me resta añadir, que los ojos se recreen en lo que las palabras no pueden expresar: ¡Descúbrase el monumento!
Repicaron los tambores con redoble sostenido y solemne que puso los pelos de punta. El alcalde, don Maximiliano Irraguirrebengoa  Gómez (que no habia visto la estatua por tonto empeño de los munícipes que quisieron obsequiarlo con lo sorprendente) tironeó de las cuerdas con cierta curiosidad. Cayó el lienzo como oriflama ondeante y el bronce restaurado, casi vivo, mostró todo su esplendor. Cesaron los redobles segundos escasos antes de que la multitud prorrumpiera en vítores y aplausos, y los más cercanos al regidor le oyeron exclamar:
-¡Carajo, pero… si es el sinvergüenza de mi padre!
Y en ese momento exactamente, la banda arremetió con nuevos bríos la primera de las habaneras que alcanzó fama en todo el mundo, y que había sido especialmente dedicada al acontecimiento por su sugestivo título: “Tú”.

Fin

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