Teíste, la sirena

TEÍSTE, LA SIRENA

© 1994

El herrumbroso carguero aminoró pesadamente y maniobró a la presa después de describir un amplio y lento arco.

Ahora se veía bien. Era una barca vieja. No tenía motor ni vela ni remos e iba a la deriva más o menos a unas veinte millas al suroeste de la costa más cercana, la punta de Fuencaliente en la isla de La Palma. La mar estaba deslumbradora y en calma, y el nombre y la matrícula de la pequeña embarcación, que se mecía a sotavento y muy próxima, aparecían raspados. Mirando dentro podían distinguirse unos bultos imprecisos.

Cuando el buque logró detenerse, botaron la chalupa con cuatro marineros. Y en la barca encontraron despojos descompuestos de lo que había sido un hombre que abrazaba los restos informes de un extraño pez descabezado transformado, ahora, en una masa oscura y gelatinosa difícil de discernir. Verdaderamente, olía a rayos.

Los marineros pidieron órdenes. Aquello era ya de muchos días, explicaron a gritos. La decisión del capitán –por razones que no vienen a cuento- fue la de barrenar y hundir la barca. Y así lo hiciero, bajo el brillante sol y en medio del silencio de todos. Fue un naufragio mudo y triste bajo la mirada de media docena de hombres acodados en la borda. Los comisionados retornaron deprisa, con evidente deseo de poner los pies en cubierta.

-Lo que pueden el sol y la mar… –comentó uno desde abajo aguantándose las boqueadas.

El bote de salvamento fue izado a bordo. El encuentro, en sí, carecía de singularidad contemplado desde la lógica profesional: los alisios y las corrientes debieron de abatir al pescador mucho más allá de los límites del posible retorno y de la salvación, quedando abandonado absolutamente a los empujones de los vientos.

En el carguero se reanudó la normalidad, y, a pesar del apremiante avante toda, emprendió la derrota con torpeza y los miembros del equipo de rescate contaron su versión de lo que acababan de ver. Que parecía un hombre viejo o quizás no, explicaron; la verdad es que no lo sabían con certeza. Lo que sí vieron es que estaba del todo desnudo, con la barba crecida y tremendamente llagado por los días de inclemencia. Lo más extraño fue que en su delirio se habría abrazado a su propia captura, una especie de delfín irreconocible absolutamente descompuesto. No se imaginaban por qué. Quizás fue para huir de la soledad desesperadamente; quizás únicamente fuera un gesto propiciado por el hambre, o por el temor de que la mar se lo arrebatara.

Uno de los marineros, se santiguó al recordarlo. Las brumas y los misterios que se deslizan por los bosques húmedos de su patria, le alcanzaron en aquel claro mar como un escalofrío.

****

Estás encendido por el resplandor del fuego y la perra te mira con fijeza, pero tú sigues con la atención puesta en la sartén. Y estáis solos junto a la playa, bajo una luna creciente semejante a un paréntesis de plata. Prosigues con tu tarea de aderezar la ensalada y partes el pan con la navaja mellada.

-Mala cosa… –murmuras dirigiéndote al animal que tuerce la cabeza clavándote dos ojos de azabache, diminutos y brillantes-. Si, Chía, mala cosa es tener que comprar comida. Todo sigue desordenado en el mundo y eso que nosotros no estamos muy metidos en él.

Te ríes, y la perra no sabe a cuento de qué.

Vas y te sientas sobre el cajón vacío, y, entonces, Chía se despereza estirando sus cortas patas, arqueando el lomo, dispuesta a esperar su parte. Resulta que es una perra casi vegetariana, claro, cuando no existe la posibilidad de llenar la tripa con otra cosa. Pero hoy parece satisfecha, pues su olfato le anticipa la certidumbre de que enseguida disfrutará de algo más suculento y deseable. Sin sobresaltos ni prisas ambos saboreáis en silencio un buen rato, y, al concluir el batiburrillo de hortalizas, atiendes de nuevo la sartén. Miras distraído el periódico con que aventas los tizones. Es de un octubre lejano, de 195… El tiempo, que va gastándose y vuela con el viento; así piensas, que se gasta y se pierde entre los dedos, como el agua…

Chía mueve ahora el rabo. Sí, vegetariana y todo por fuerza de las circunstancias, es más adicta al pescado que a las verduras y a la carne más que al pescado, y si tiene hueso, todavía mejor; pero, qué remedio, ahora es el turno de lo que sacia, pero sin placer.

Y tú, hombre, te acomodas para elegir cuidadosamente los tres peces mayores apartando los otros que irán a parar al desportillado plato del animal. Luego será la hora de disfrutar de los tuyos, olorosos y frescos, pero primero ella. No te olvidas tampoco de la botella y le vas propinando largos tragos de ese ron oscuro que remueve la sangre.

(Ahora, sin duda, sacarás la requemada pipa y la encenderás con grandes chupadas mientras Chía decide si acudirá, con su rabo desatado de amistad, a tenderse cerca de tí, que estarás mirando absorto las volutas paralizadas en el aire sutil de la noche).

-Dime, Chía, qué puede hacer un hombre sin compañera –le preguntas a la perra en voz alta para no olvidarte de tu propia voz- ¿Fumarse una pipa y tomar tragos? ¿Mirarse el ombligo? ¿Tener lástima de su perro?

Y es que pronto serán seis los largos años de rupturas y de lejanías. Y, mientras piensas en ese tiempo desvanecido, observas el cabrilleo de las estrellas sobre la mar de tinta, y los fugaces destellos que recorren el vacío de un cielo de vértigo como augurios de futuros felices, que es lo que las mentes llanas y poco abruptas esperan del cielo cada vez que ven moverse una estrella. También contemplas los tatuajes de la luna en el diorama nocturno de las nubes veloces; y escuchas los rumores y los susurros quedos que llegan de no se sabe dónde dominando la noche planetaria. Embelesado, has buscado el acomodo de un hueco entre rocas para intentar cumplir, si puedes, con el rito cotidiano y fallido tantas y tantas veces de dejar la mente en blanco para intentar concentrarte únicamente en sensaciones externas y cósmicas: la de sumirte en una suerte de yoga casero y sin método. Más tampoco podrás lograrlo esta noche. Seis años de soledad son muchos años y por tu mente se colarán los intrusos, los persistentes retazos deshilachados de una memoria que no has podido borrar.

Y es ahora, cuando resignadamente, le abres el camino a los recuerdos, y cuando el suave ronquido de la perra dormida te obsequia con el primero que llega: el día en que aquel puñado de pelos blanquinegros (que andaba buscando algo más consistente que la simple compañía) apareció atravesando tus fronteras recelosa de temores y sobrada de rechazos, sin pedirte permiso para compartirlo todo. Y, sí, recuérdalo, hubo la mutua aceptación que suele nacer entre dos seres necesitados, hasta el punto de que nunca ya os habéis separado, siempre que no tengas en cuenta aquella ocasión, luego entendida, en la que el pobre bicho se perdió por un tiempo urgida de naturaleza para regresar, meses después, trayendo con toda desfachatez un solitario cachorro entre los dientes. Aquella vez fuiste todo tú una risa larga, pero una risa falsa y momentánea con muchos reproches posteriores:

-No podemos, Chía ¿Recuerdas lo que te dije la tarde que un chucho rondaba por aquí? Sí, que no debemos tener hijos, ni tú ni yo. Que está prohibido ampliar afectos y que los dos solos nos bastamos, ¿recuerdas? Con menos vidas dependiendo de nosotros ahora, menos pesadumbres nos tocarán mañana en suerte.

Y bajaste con el cachorro a la mar y no lo trajiste más, pues la vida es dura de por sí, te decías, y no hacen falta más aderezos que los que ya tiene, y menos aún cuando empieza a ser tolerable otra vez e incluso un poco razonable.

Levantado ahora, paseas tu mirada por el cielo y por la mar y por la agreste escarpadura de matorrales, cardonales y palmeras inmóviles. Apenas distingues nada entre las tinieblas, pero sabes que todo sigue allí, persistente y duradero. Y como eres capaz de localizar cada piedra hasta con los ojos cerrados, a ciegas, así, con el resplandor ceniciento de las estrellas, te resulta sencillo y como un juego de niños reconocer sin verlo hasta el último rincón de ese lugar al que te has atado con ligaduras no por invisibles menos sólidas. Ligaduras que han arraigado en ti transformándote, como si fueras un árbol más al norte de una isla.

De entre todo tu entorno, lo que más llama la atención cuando el sol se desparrama, es tu casa, una excentricidad que suscita la sorpresa y que atrae, de tarde en tarde, la curiosidad de merodeadores fortuitos que la espían con avidez y desde arriba por lo estrafalaria, improvisada y extravagante. La construíste con tus propias manos, jugando, sobre la playa de guijarros, lo suficientemente alejada de los embates de la mar como para poder dormir seguro y sin el temor de amanecer ahogado, arrastrado por un temporal de leva. Y es que tu casa es el remedo, en chapucero e imaginativo, de una miniatura del sueño gaudiano transferido a ese archipiélago extremo por el que anduvo ya Gerión, si las leyendas no mienten. También podría considerarse el delirio absurdo de un solitario aburrido y un poco loco.

Apenas recién llegado y serenado el resuello de tus vagabundeos que tanto te oprimían el pecho, viniste a parar a este reducto de aislamiento y soledad. Y con la mirada encantada, bebiéndote cada rincón y cada planta y cada una de las piedras y cada nube de espumas, comenzaste a acumular rocas negras del malpaís, restos de azulejerías de las casonas en ruinas y todo aquello que por arte de magia venía a parar a tus manos sin que nadie pensara en aprovecharlo. Alzaste pilastras piedra a piedra, ensamblaste horcones con maderos abandonados por las mareas, cubriste ventanucos con fondos de botellas multicolores creando vidrieras imposibles, y llegaste al desafío de rematar el techo con el casco viejo de aquella barcaza casi desmoronada que reposaba abandonada entre las rocas desde siempre; la volviste del revés, pusiste la quilla al aire, y reforzado con tablazones el deshecho obtuvo el privilegio de volver a singlar invertida por aguas nuevas de lluvias serenas, olvidándose de aquellos días en que surcaba las otras del océano embravecido. Pero tu mejor obra fue ese mascarón de proa tallado como Dios te dio a entender en un gran tronco viajero con el que la mar te obsequió un día de gran marejada. Quisiste crear una mujer esbelta y atrayente, pero sólo lograste esa matrona tosca, de grandes ojos perplejos y de abultados senos que no se cansaba de mirar las nubes del horizonte.

A veces, algunos turistas se detienen sorprendidos por la gran cascada de buganvillas asilvestradas que cuelgan del borde del acantilado. Entonces la descubren y se atreven a bajar hasta tu territorio aun a riesgo de romperse la crisma con el único objeto de fotografiar la chocante estructura de esa choza que acaba de pasmarlos, y tú te ocultas para evitar charlas inútiles y no deseadas mientras los contemplas máquina en ristre inmortalizar tu obra; entretanto, Chía se las ve con ellos. Y es que ese animal sabe ser antipático cuando quiere. Ladra con estridencias de perro insignificante; avanza, y recula cuando considera excesiva la aproximación, y se pone furiosa con los inoportunos. Es de esa clase de chuchos capaces de tirar mordiscos a traición cuando los extraños vuelven la espalda, asegurándose siempre de que sus bravatas no acarreen riesgos personales. Enseña los dientes con tanta fiereza y escándalo y frunce tanto los morros que los visitantes, aburridos por el recibimiento, se van con su curiosidad a cuestas sin haber descubierto nada acerca del habitante de esa chorrada que cuelga solitaria como un nido sobre la playa al lado justo de una huerta escalonada y mínima.

Y tú, el habitante de esa entelequia transformada en piedra (y a pesar de lo que puedan creer), eres normal y eres fuerte aunque tu corazón esté bastante desmoronado. Aquí te olvidas de una historia vieja huyendo de la multitud, que para ti la constituye doce y uno más. La cuestión es que no quieres volver a ser cómplice de nada ni contra nadie, pues bastantes puñaladas y traiciones jalonan tu vida de antes como para desear participar a estas alturas en la inevitable escena del gregarismo. Has renunciado a respirar los aires emponzoñados de la multitud y en tus soliloquios te dices que nunca más con ellos ni con sus sueños corrompidos, ni con sus débiles ambiciones cotidianas.

Naciste (hace demasiados años, según tu personal cómputo del tiempo) en una de estas islas hijas de los vientos tibios. Y eras muy joven cuando, en pos de los tuyos, cruzaste el viejo mar tenebroso que los antiguos pintaban en sus mapas infectado de serpientes y de vientos con cara de pan e inflados carrillos. Te llevaban tus abuelos en busca de los padres emigrados. Y un día, después de muchos de no ver más que horizontes de agua y nubes, arribasteis en playas de arenas blancas con palmeras muy altas que se mecían con las brisas, completamente distintas de las playas negras y rocosas de tus juegos. No hubo fracaso en tu vida durante mucho tiempo; éste sobrevino más tarde, cuando tú mismo lo engendraste en el seno de tu conciencia y en el lugar donde arraigan los sentimientos y se gestan los errores que marcan la vida dejando sus señales como cicatrices. Te casaste demasiado joven. Y con esa mujer, hoy olvidada, engendraste unos hijos que ya presumirán al mirarse en los espejos de contemplarse hombres y mujeres hechos y derechos. Tampoco te faltó cierto brillo social ni dinero suficiente, pero avatares políticos de mala factura provocaron un estallido en tu vida y el balance fue la ruptura y la pérdida. Te quedaste solo, con tu conciencia arrasada y con tu dolor despuntando casi a flor de piel.

Desde ese instante viniste a dar en exiliado voluntario y amargado. A partir de ahí, y en el oficio de vagabundo por esos puertos con sus mil barcos, con las mil noches de ronda y de las mil putas, se fue conformando tu existencia. Volaste de isla en isla en ese microcosmos caliente y sudoroso. Como un apátrida, transformado en veleta, merodeaste por cantinas, chozas y amarraderos. Eras un esperpento ajado que todavía mantenía restos de su dignidad con tu eterno traje de lino blanco, arrugado y sucio, con tu camisa sin cuello siempre abotonada y la barba de muchos días. Sobreviviste gracias a los escasos billetes salvados del desastre y al instinto de la supervivencia. La búsqueda de la paz fue tu obsesión, aunque por lugares equivocados; así que la decepción absoluta se iba preparando tremenda cuando decidiera aparecer. Incapaz de reaccionar todavía, y sin escarmentar lo bastante, fuiste sumergiéndote más y más en el torbellino de prostíbulos a la luz de la luna e hiciste del ron como una pócima de santerías, y del bandoneón y las tamboras, pretendidos sortilegios para liberarte de tanto desasosiego acumulado. Y ya nada pudo disipar el maleficio. Progresivamente te fuiste hundiendo en el pozo de los litorales ardientes y canallas. Ni la luz del sol alcanzaste a vislumbrar aquellos años. Eras igualito que un pajarraco nocturno, o como los cocuyos, esos bichos que sólo brillan en las tinieblas de la anochecida.

Y fue un agrio amanecer, de humedades febriles, al despertar despatarrado junto al cuerpo moreno de una desconocida adolescente enviciada, cuando te dijiste basta ya. Y fue en ese amanecer mismo, entre las dos luces lechosas de la madrugada que tintaban de cadaverina y de ceniza al mundo y a la muchacha que dormía tranquila y ajena a tu sorpresa, cuando decidiste regresar a tus orígenes para vivir solamente como espectador de la vida.

Retornaste a tu isla para germinar nuevamente en el anónimo de una vida recién atrapada con los dientes. Buscaste la protección de su cielo suave, el misterio de sus fondos abisales y sin luz, y el reposo sobre la tierra primigenia y quemada. Y para convivir elegiste a Chía.

Hace ya seis años que has vuelto. Lo hiciste por el tirón que ejerce la propia tierra y que es como un arrebato. Y has vuelto, volviste, porque físicamente tu terruño queda lejos de antiguas experiencias amargas y muy a trasmano de todo lo de antes; lo que de por sí ya es lenitivo que tiende a curar las heridas del alma.

Supiste de inmediato que era condición necesaria ganarse la vida con el propio sudor. Y sí que la sudas a conciencia, en tu huerto, forzando a los frutos a brotar de la tierra. Otras veces trabajas por cuenta ajena y puedes, llegado el caso y si la cosa empeora, enrolarte como pescador ocasional para echar una mano, saliendo de noche, cuando el frío es más frío o cuando la mar está más cabreada, costeando acantilados hirvientes de bufaderos donde, si se quiere, pueden escucharse las voces de los marineros que se extraviaron o que fueron atrapados por las tormentas de los inviernos.

Te estiras antes de refugiarte en el cobijo abandonando la intención, apenas apuntada, de fregar los trastos de cocinar. Está muy cerca el manantial –no es mas que un hilo permanente de agua limpia-, pero tienes más cerca el sueño y el abrigo; de manera que inclinas la cabeza, cruzas la entrada y te derrumbas sobre la hamaca de algodón, única posesión que conservas de tus andanzas por la otra cara del mundo. Chía, que se conoce muy bien las reglas, te adelanta y se precipita a ocupar su trozo de estera junto a la puerta. Conoce perfectamente la manera de evitarse una noche al raso, y sabe, también, la forma de espabilarte cuando racaneas y te demoras en los amaneceres. Se empina –apenas alcanza los tres palmos-, rasca como si le hubieran aplicado un motor a las patas, te empuja y lloriquea de mentiras, y así no hay dios que pueda seguir holgazaneando, te lamentas.

Pero antes del sueño te han asaltado una vez más los recuerdos de ese pasado que deseas borrar a todo trance por indeseable, el del tiempo aquel de tus veleidades cuando se rompieron tus esquemas y se te trastocaron los conceptos creíbles y sanos trocados por unas ambiciones nuevas. Te resignas y te hundes en el jergón, como cada noche, como todas las noches.

*****

(Y será hoy cuando se mostrará el suceso y cuando te sorprenderá lo insólito.)

Es muy de mañana. Como de costumbre has dejado atada a la perra para que no te siga con el propósito de adaptarla a la soledad con hechos impuestos. Aunque el cantil todavía está invadido por las sombras, hace ya rato que el sol ha descrestado por las alturas a tu espalda. Entretanto el oleaje rompe y las gaviotas chillan. Estás tendiendo la caña desde las peñas bajas, al pie mismo de la pared del farallón, con paciencia y sin prisas porque todo el tiempo te pertenece. Entonces, la ves, de pronto. Y tu incredulidad es como un viento repentino que se desploma desde otro mundo. Vuelves a mirar y vuelves a verla. Ella te está observando aferrada a la roca. Inclina la cabeza y te analiza inquisitiva; su mirada te taladra hasta la nuca y todavía más allá. De pronto, aparentemente sobresaltada, desaparece bajo el agua y tú no puedes creerlo; piensas que no debes conceder crédito a tus ojos. Presientes un engaño de los sentidos que suelen mentir igual que los sentimientos. Sin embargo…

La aparición ha sido fugaz, pero ha durado lo suficiente para dejarte ver algo semejante a una muchacha desnuda de piel pálida, acuosa, y de cabellos claros desteñidos pegados al rostro, chorreantes. Y lo más asombroso, lo que te ha dejado sin resuello: esa muchacha, para hundirse, ha volteado el cuerpo… –y no puedes creértelo porque lo visto, o lo entrevisto, supera una capacidad de imaginar que, ni siquiera la borrachera con el más peleón de los aguardientes, tiene poder para crear tales imágenes-, sí, lo ha volteado ¡con el fuerte chapoteo de una cola, de una cola grande, de pez!… Te ríes estúpidamente. Miras de nuevo hacia el lugar y vuelves a reír con toda tu alma. Por último, abandonas la caña y estallas en carcajadas que resuenan en la concha del playón con ecos por el barranco.

Te preguntas si la visión será una respuesta alucinada a los deseos inconfesados de tantos años de soledad, el fruto envenenado del aislamiento. Si será la consecuencia de una falta específica de nutrientes, o de la escasez de proteínas que favorece los fenómenos visionarios como has leído en alguna parte. Rechazas la hipótesis porque esas carencias, de ser ciertas, suponen la ayuda y el consejo de los médicos; pero tal asesoramiento no entra en tus planes de ninguna manera.

Retornas a la choza con un buen rancho de peces roqueros cuando el sol ya declina por los promontorios del poniente. Cocinarás un sabroso puchero de pescado y papas con cebolla y pimientos. Desde muy lejos Chía, que ha olfateado tu presencia, te saluda con tal retahíla de ladridos que parece que la estén matando.

Pasa la tarde; se derrumba el crepúsculo, y la oscuridad, con su cortejo de velados recuerdos fantasmales del pasado y de presencias indeseadas, que nunca fallan a esas horas, se derrama por la tierra suavizando casi todos los contornos.

Esa noche no acude el sueño, tarda en llegar, pero no así sus visitantes que están ahí y que, como siempre, han acudido a la cita con toda la formalidad y la puntualidad del mundo. Acalorado y enfebrecido escapas en busca del negro relente con gran extrañeza del animal que por un instante levanta los ojos, adormecido.

Recogido en ti mismo lanzas piedras a la mar y repasas el increíble acontecimiento del día para corroborar tu cordura convenciéndote sin gran esfuerzo de su imposibilidad. Has estado espiándote todo el tiempo con disimulo para llegar a la conclusión de que te sientes normal, y que tanto tus ojos como tu mente han funcionado con la habitual sensatez, sin jugarretas ni malas pasadas en el transcurso de las horas. Nada has visto, nada distinto a lo visto siempre. No rondan quimeras por tus parajes, no.

De modo que ríes de nuevo por lo estrambótico del suceso, pero tu risa es cada vez menos natural y se está crispando. Chía te mira intranquila un rato y luego se desinteresa, y en el duermevela probablemente, cavilará en lo estúpidas que pueden llegar a ser las actitudes del compañero que prefiere el frío húmedo de la orilla al calorcito confortable de la guarida. En la alta madrugada conseguirás dormirte, pero será con un sueño preñado de imágenes artificiosas proyectadas por tu propia mente. Mas antes de abandonarte al descanso, habrás desechado ya la posibilidad de una broma, porque no es de recibo que visitantes de un día hayan pretendido burlarse del solitario al que acaban de descubrir. Esos no piensan más que en darle a la botella amodorrándose al sol. Los otros, las gentes del pueblo, no son capaces de tanto desatino. ¿Y qué pensar de las muchachas? Por muy aficionadas que sean a fiestas y carnavaladas no te las imaginas fingiéndose criaturas marinas con las tetas al aire. Absurdo e impensable.

Lo de hoy es otro asunto que nada tiene que ver con ellos, porque a pesar de que los vecinos del pueblo, encaramado en una ladera agobiada de verdores y bajo la sombra del volcán, sean muy dados a celebrar las fiestas del Santo con hogueras y cohetes por la noche de San Juan, y tan amigos, también, de cuentos de aparecidos y de comentarios sobre los bailaderos de las brujas, tú no los imaginas capaces de divertirse jugando con la soledad de un hombre al que aprecian en el fondo, a pesar de lo huraño y esquivo que parece. Descartas, pues, la broma, pero tu cabeza ya se ha ido poblando, sin remedio, de fuegos, pólvoras, diablos y sirenas. «¡Tonterías!», exclamas, y te sumes en la pesadilla de tu noche con un sueño inquieto y quejumbroso.

*****

Proseguirás bajando a la mar, pero has tomado la determinación de pescar en lo sucesivo lejos del lugar de la engañosa aparición aunque, en realidad, esa actitud te parezca una vez más un despropósito que añadir a la lista de tus despropósitos. Aun así, decides obligarte y lo cumples a rajatabla.

Es ya la luna llena, que puede venir trastornadora. Pronto menguará y con la noche plena y con suerte, acaso pesques más. Uno de esos días, sin embargo, y muy de mañana, para probar tu liberación de fantasmas mentales, vuelves a ocupar el antiguo puesto sobre el acantilado vacío, frente a la roca.

No quieres que te prenda la atracción insidiosa que ejerce el risco, que parece agazapado y a la espera de un descuido para sorprenderte otra vez. Por eso lanzas ojeadas furtivas, ya que el paraje que te envuelve puede prestarse a mil conjeturas de la imaginación siempre que la dejes en libertad. (La caleta es sombría y profunda, encerrada entre los tajos de basaltos con columnas erosionadas. La mar, de día, es de azul intenso y muge dentro de las cuevas lanzando nubes de espuma resoplando aire por oquedades invisibles. De noche, negra y fosforescente. Y allí, omnipresente, en medio de todo eso, engrandecida por la sombra del paredón y apaleada de olas, la roca se yergue altanera después de mil años de embites de la mar como un vigía, como una presencia. Ese roque está hablándote del misterio y de lo inconmensurable de las profundidades, de lo oculto, y del secreto que se despliega en sus raíces oscuras).

Antes te pasó desapercibida –era una roca más entre otras rocas modeladas por el enfrentamiento de dioses marinos y terrestres-, pero ahora te atrae porque en tu imaginario reciente se ha metamorfoseado en algo vivo y con voz propia.

Quieres renunciar a su fascinación, porque en lo más íntimo lo has dotado ya de pulso y respiración, pero tu empeño falla y se inhibe constantemente de la boya roja que sube y baja, que va y viene en las corrientes, como jugando. No dejas de mirar, lanzas rápidas ojeadas sobre la base plana que la marea revela salpicada de algas parduzcas.

Y en una de esas miradas fugaces, la ves; la ves, sí. La distingues con perfección y nítidamente. No es, de ninguna manera, una imagen alucinada y sobrenatural.

Muy despacio, con todos tus sentidos alertados, abandonas la caña y te incorporas. Ella no se mueve. Te observa desde la distancia. Tú prosigues torpemente sobre los escollos resbaladizos y cortantes del bajío. Caminas sin perderla de vista, hipnotizado-idiotizado. Allí está y es real, tan real como la ola que la trae y la lleva, tan real como el viento. Progresas lentamente, sin mirar dónde apoyas los pies. Resbalas y te deslizas entre el hueco de dos piedras; te golpeas; maldices. Mientras te agarras y trepas fuera de la poza te ha parecido escuchar una risa –un sonido como de risa, como de dos piedras que entrechocaran- y al conseguir alzarte al escollo e intentar atraparla con los ojos, ya no está, ha desaparecido: apenas queda un remolino de aguas agitadas cerrándose sobre el punto exacto por donde supones que se ha hundido.

La excitación es una campana tocando a rebato en tus oídos; te abandonas sobre la piedra. Tienes un corte en la pantorrilla y sudas entre el agua salada. Maldices como un estibador por tu propia torpeza El corte no es nada, sangra escandaloso por el agua; lo que verdaderamente te duele es otra cosa. Miras alrededor y decides que no vas a rendirte a la primera. Te despojas de la camisa, saltas y te adentras en el seno de ese otro mundo conocido que ahora se te está mostrando como reducto de lo sorprendente. Nadas con lentas brazadas, espiando alrededor, alcanzas la base del roque y subes a la estrecha repisa. Compruebas el vacío: hasta la orilla, todo aparece desierto y sin el menor atisbo de vida; solamente mar y viento, y rumor de la resaca allá, en la playa. Piensas que la respuesta está debajo, escondida. Y te lanzas otra vez para encontrarla.

Te has sumergido ahora en el mundo de las profundidades. Hay miles de burbujas arremolinadas como perlas de mercurio enredándose arriba, en la divisoria, y hay ruido como de caracolas que zumban en los oídos. Desciendes al fondo, hasta el laberinto tapizado de algas mirando con ansiedad; pero allá no encuentras lo que buscas, ni un solo indicio. Hay, sí, pozas sombrías, filamentos que ondula la corriente, colonias de erizos y algunos peces huidizos; pero por más que indagas no hay nada que no deba estar, nada fuera de lugar, nada que no estuviera allí desde hace siglos. Pero presientes que alguien te observa desde algún rincón escondido. Lo notas como el roce de una mano en la espalda.

Regresas al aire libre y nadas hasta la orilla recuperando la caña abandonada que arrastraba la marea. Ya no pescarás más. Has decidido abandonar la caleta y escalas la ladera. Alcanzas la choza a tiempo de comprobar cómo Chía, de tanto mordisqueo aburrido, está a punto de liberarse harta de sentirse prisionera de la resignación y de tus caprichos. La sueltas y corretea yendo y viniendo, sin ton ni son, ofreciéndote una exhibición de consumada deportista neurótica.

Necesitas un trago y entras a buscarlo.

*****

Otra vez ha renacido la luna, tu compañera de insomnios. Los últimos tomates del huerto están picoteados por pájaros y roídos por orugas; quedan algunos higos tardíos de la higuera enana que se agarra tenazmente en el hondón de la vaguada. Te quedan algunas papayas madurando de una viga del techo. Cuando partes una le das un buen trozo a la perra que termina hecha una lástima y tú te ríes imaginándote que los dos debéis tener la misma pinta de guarros. Entonces te lavas metiendo la cabeza en el cubo y, a renglón seguido, atrapas a Chía antes de que se escape, pues se conoce ya el rito a la perfección, y la perra termina también dentro del cubo. Tose, muerde el aire con mucho cuidado de no rozarte, aúlla… todo son aspavientos, casi un juego. La vida que continúa, con sencillez, insustancial si se quiere, mas con una consigna resumida en la idea de disfrutar de lo simple sin desear casi nada. Pero el caso es que dudas más de ti mismo, que trabajas menos y bebes más.

Tienes una cuenta en el colmado del pueblo y ahora acudes con más frecuencia en tu bicicleta oxidada sin el más leve recuerdo de grasa en la cadena. Te gusta su sonido cuando pedaleas porque con él tomas conciencia de que andas, de que todavía andas por el camino, con tu compañera que te acompaña feliz dentro de un cesto junto al manillar, husmeando el aire embalsamado.

Y traes vituallas, vino de las medianías del mismo que buscaban los piratas ingleses, tabaco fuerte de la isla de enfrente, pan y restos de conejo para Chía que está comiendo mucho, más que nunca.

-Nos estamos convirtiendo en señoritos, perra. Me parece que otra vez vamos a caer en el garlito- le dirás, mientras desatas la compra.

Cuando lo has dejado todo a buen recaudo, sales y te detienes, como sorprendido por un descubrimiento repentino y desagradable.

-¡No, nunca más! –y te sientas junto al quicio y te encoges haciéndote un ovillo; y te meces, atrás y adelante, como en un rito de oración.

Estás luchando. Algo sucede por entre los huecos de tu entendimiento que te repele porque lo desconoces. Has vuelto a leer los veinte o treinta libros que forman tu escaso legado. Son de poemas, de historia, y hay un tratado que habla de los misterios y artificios del alma, panteísta por demás; también un volumen de mitologías. En él se dice que las sirenas habían sido aves con cabeza de mujer, que las mujeres con cola de pez eran nereidas, monstruos marinos parientes de erinias y arpías, deidades malignas poseedoras de una peligrosa seducción que encarnaban el espíritu de los muertos y atormentaban a los hombres durante el sueño. ««Todo eso –te repites- no son mas que trágicas mentiras de la historia del hombre. Así somos lo que somos: un saco de prejuicios inevitables». De todas formas, hasta ayer mismo considerabas tales cuestiones con frivolidad, ahora ya no puedes; y duermes mal y bebes durante los insomnios; y recuerdas, en tus insoportables vigilias, que semejantes seres atormentan a los hombres en el sueño, precisamente.

Ha transcurrido más de una semana y te sientes impregnado por el cosmos. Es un sentimiento muy distinto al de las impresiones físicas. Cualquier fenómeno te hace saltar chispas internas. Se te altera la conciencia y te desesperas, y debates por la pérdida de la paz reciente.

En la quietud de la tarde fluyen las confidencias. La perra te escucha, sin despegar el hocico de la arena, con un baile alternativo de orejas, pegada la panza al suelo y con cara como de susto entre las patas, sin moverse. Y tú, venga divagar y divagar la retahíla trascendente con los ojos enrojecidos y la lengua torpe:

-Yo era antes uno y tú no me conocías. Sabes de mí ahora que soy mil y que estoy desconcertado. Quisiera ser como la noche que todo lo iguala y lo simplifica borrando los matices. Quisiera ser como el viento que todo lo barre, incluso los pensamientos prohibidos y las esperanzas que crecen a despecho de lo que uno desea. Me estoy engañando, Chía; me estoy abriendo a todo aquello que estaba sepultado y que ahora comienza a reaparecer. No quiero asirme a nada, no quiero no…

Y el ron te desata la lengua y te enciende los ojos, y en tus palabras se desborda un manifiesto de libertad amenazada por algo extraño y no deseado.

Vas desgastándote en tremendas batallas y tus monólogos íntimos te están dejando exhausto. Y así un día y otro día, con el remedio del ron que te quema por dentro y que enaltece tus visiones con falsas apariencias, convirtiéndose en secuela contraproducente que no te concederá el sosiego tan deseado. Fumas sin tregua; la cachimba ya no te basta y lías cigarrillos sin parar. Hasta te has olvidado de bajar a la orilla y ni siquiera la miras.

Pasas ratos interminables observando fíjamente a la perra y el animal, inquieto, te devuelve la mirada, sin saber.

-Lechuza deberías llamarte, mal bicho –la increpas-. Me miras, me sigues; creo que comprendes lo que me sucede, y… me molesta mucho tu sabiduría de bestia.

La somnolencia del sol en la tarde enceguecida está alterándote la mente y te la caldea como una mala fiebre. Y te nace en las raíces instintivas la posibilidad de acabar con la vigilancia permanente del animal, al que ves como reencarnación de hechicerías. Mas un ramalazo de sensatez te contiene y apartas la mirada de la escopeta de caza. Un desconcierto enorme y la vergüenza te rebosan el alma.

-Mi pobre perra –murmuras-; si sólo eres un testigo mudo.

Aun así, tu conducta va resintiéndose y trastornándote. No estás dispuesto para la compasión ni abierto a razones, por eso le lanzas un leño gritando:

-¡No quiero testigos! –, Y te alejas a lo largo de la orilla.

Con todo, Chía te sigue, aguantándote; hasta es capaz de ser tozuda y se te acerca más cada vez, con cierto temblor, resignada a los trastazos si han de formar parte de vuestra convivencia.

(Y será esa misma noche, y con la misma violencia que la del huracán que revienta las puertas, cuando las de tu comprensión se abrirán de golpe para dejarte deslumbrado. Vas a entender lo evidente; aquello que forma parte de los más complejos y, a la vez, de los más simples avatares de la existencia: Te ha vencido la necesidad de presencias, de palabras, de roces, de enervadas batallas con hembra. Pero en este caso, y de ahí tus miedos inconfesados y tus torturas: la hembra es inaudita, sobrenatural, hembra de pesadilla).

Entonces, cuando lo descubres, te levantas y en la frontera de la orilla bebes brutalmente.

*****

Cuando despiertas estás tirado en la playa, empapado de rocío y de sal y con el sol ya muy alto. La perra te vigila y la botella vacía destella a pocos centímetros de tus ojos. Zumban las moscas y los cangrejos rondan amenazadores, algunos habían trepado ya por tu cuerpo y huyen cuando te mueves. Otros yacen despanzurrados porque Chía les ha presentado batalla.

-Pude no haber despertado –balbuceas incorporándote-. Tú no sabes de lo que puede ser capaz un litro de ese veneno con el estómago vacío.

Durante todo el día renuevas constantemente el recuerdo nocturno de lo acaecido. Chía te mira siempre y, avergonzado, olvidas la maldad y tus malos propósitos de borracho. «Anoche pude haberte matado de haber querido. ¿No es cierto? Pues igual puedo hacer con la otra si me lo propongo, le dices; mas pensarán que estoy loco de atar si llegan a verme con la escopeta triscando por las escarpaduras, acechando la mar como un imbécil. No se tragarían el cuento de que ando tras los pájaros. Está por llegar la vez que alguien se líe a tiros con aves tan inútiles para la cazuela». Y te desesperas y lamentas la clase de estúpido en que estás convirtiéndote. Y maldices los vientos que agudizan tu dolor de cabeza.

Intentas analizar y especulas acerca de algo leído sobre la posibilidad del milagro. Llegas a la conclusión de que los milagros ya no se prodigan por estos mundos, que son incompatibles con la técnica; que ya los mantras y jaculatorias no favorecen su aparición y que la moderna medicina ha desterrado estados patológicos y no prodiga la experiencia visionaria o mística si no es a propósito, buscándola, y con la ingestión de fármacos. El caso es que milagro, imaginaciones de tarado o realidad incontestable, ahí la tienes: esa imagen desquiciada perturbándote y robándote la tranquilidad.

Pasas la jornada canturreando y silbando boleros bajo el calor que no se disipa. Qué quietud se siente; tienen peso las horas. El día se ha estancado en la languidez y tú sigues apoyado sobre el muro de la cabaña tratando de evaporar los restos de la borrachera y el lancinante dolor de cabeza, y para escabullirte del remolino cantas, aunque te estalle el cerebro. Pero esa noche, cuando el sol se ha ido y la perra duerme con leves estremecimientos de ensueños perrunos, sollozas. Y lo haces porque no es fácil etiquetar con explicaciones sencillas los sentimientos que te arrollan. Son lo que son, tardíos y descabellados asideros de una pasión crepuscular, pero sentimientos hondos, sin duda, o, posiblemente, trastornos de una mente ávida y necesitada de esos mismos sentimientos.

Y a la mañana siguiente vuelves a bajar a la mar, y bajas muchos días, con esperanza con temor, con resentimiento, con dudas, cada vez con una disposición distinta acompañándote, según los resultados.

Hoy te llevarás a Chía contigo, porque quieres la prueba de que sea lo que sea, mujer, nereida, sirena o engendro del infierno, es capaz de corporeizarse ante una presencia distinta a la tuya. Quieres, además, la confirmación del animal en quien confías.

(No apareció y los dos aguardásteis en vano.)

Ya no vives para nada que no sea la espera. Y este concepto se agranda en tu cerebro como una bola de fuego, brillante y aniquiladora. Has adelgazado y ni te afeitas. Estás comenzando a ver la escasa duración de lo razonable y te cuestionas hasta qué punto es natural, a tus años, sentir tan tremenda pasión por una especie de sombra cuando ya tenías olvidada y desarraigada del centro de tus sentimientos hasta la memoria de los seres que un día amaste. Y Aunque ahora nada es razonable y todo parece locura, ahí tienes una nueva emoción cerniéndose como amenaza sobre ti. Lo incompresible es que darías media vida por tener bajo tus dedos la piel del extraño ser venido en manos del prodigio. Estás inmerso en la obsesión y resulta doloroso e insano.

Frecuentas mucho la roca y una tarde los ojos se te hacen acuosos y turbios. Otra tarde gritas, palabras incoherentes, llamadas con voz queda que se van haciendo amenazas y ruegos; y la mar, callada y vacía, ajena a tus cosas, se vuelve muda y responde silencios cuando el sol se pone por detrás de la hermosa Benahoare.

(Y, entonces, es cuando comenzarás a errar por los alrededores días enteros. Algunos del interior te verán vagabundear como ido a lo largo de los barrancos y por los bosques. Un pastor de cabras te divisará una tarde en lo más alto de un roque dando gritos entre la niebla, y sentirá miedo. Y un pescador contará que se cruzó contigo cuando nadabas tan lejos de la costa que le pareció imposible; dirá que a la manera de un gran pez navegante que buscara entre las olas a su compañera. En realidad nadie habrá de creerlos porque te conocen y saben de tu sensatez, y porque la gente exagera y se inventa patrañas.)

Pasado un tiempo, harto de esperas, pretendes convencerte de que todo no es más que un engaño y tratas de oponerte. Y una mañana, resuelto, quemas el aguardiente y arrojas a las llamas el último resto de tabaco. Después, te afeitas concienzudamente, sacas ropa limpia y te vas al pueblo con la bicicleta. Chía quedará amarrada una vez más. Vuelves a la noche. Te has empleado para trabajar en el plátano buscando en la tarea un olvido necesario. Has perdido y te sientes derrotado. Has vuelto con la gente.

*****

Después de treinta largas y tediosas jornadas transportando piñas, envolviéndolas en mantas cuarteleras, de cargar una camioneta tras otra, de secarte el sudor con la boca encajada, te ves reflejado por casualidad en el espejo roto del galpón y descubres en tu pelo muchas hebras blancas que antes no estaban. Esa revelación te pone acíbar en el paladar por su hondo significado. Te fuerzas a concentrarte en el espejo y ya no ves tu cara: en su fondo está la imagen de la roca y las olas, que resuenan más que nunca. Sin pensártelo dos veces te despides. Han sido treinta días; con tu vara de medir, treinta meses.

Regresas a tu vida de siempre. Bajas a la mar y Chía te espera con paciencia infinita. Subes de la mar, y la sueltas para que se agote en carreras alocadas. Trabajas en tus cosas y ella mira. Comes y ella come. Holgazaneas y ella duerme. Piensas un poco en la mujer y la perra no lo sabe. Va renaciendo el buen humor y retornáis pausadamente a la vida sensata.

Una tarde reposada, después de nadar hasta el agotamiento, te alcanza el sueño cerca de la roca de tu inquietud que, al parecer, vas superando. Un leve chapoteo nuevo a tus oídos te despierta del sopor. La marea viene subiendo y pequeñas olas te lamen las piernas. Alzas los ojos y contemplas cómo el sol se dobla como un viejo por las jorobas púrpura de los montes.

Adormilado aún, miras a la mar abierta y verás a la sirena. Te sonreirá desde la punta del bajío, a medias fuera del agua; y contemplarás una expresión de extraña adolescente en un rostro pálido como de flor marina, inconcebible en la tierra. Estará chorreante de luz. Parece que aguarda.

Alzas tu mano y ella aguarda. Chapoteas el paso, a medio emerger, avanzando despacio y perdiendo la vida por los ojos. Y ella aguarda. Mientras, tu corazón, acelerado, se vuelve loco de urgencias. Por fin, temiendo que la visión se desvanezca, llegas a su lado devorando un aire que casi te falta. Está. No se ha ido. La marejada la mece con suavidad.

-Me llamo Teíste –dirá una voz que no suena igual que suenan las voces de los seres de tierra.

Es la hora mágica de la tarde, entre dos luces. El destello verde de sus pupilas te envolverá y su cabellera, encendida, disputará a la hoguera del poniente el cobrizo de sus rayos. Y será su voz la que hable otra vez:

-¿Y tú? –preguntará.

-¿Yo? –No sabes qué decir- Yo soy… un hombre.

-¿Hombre? ¿Amigo?

-Más que eso –murmuras roncamente.

No hay lugar para el estupor ni para el asombro, pues todo es mirar, aprender con los sentidos. Una vena latirá en tu sien como señal de que eres de carne y no piedra cuajada por el pasmo y la maravilla. Entonces articulas, venciendo la sequedad de tu boca:

-Quiero estar contigo; ir contigo.

-Yo también lo quiero. Por eso te buscaba. –responderá, sorprendida de su capacidad nueva de poder articular palabras.

Te aproximas y hay en tu pecho galope de caballos. Alzas la mano iniciando el gesto soñado tantas veces.

-No me toques –te dirá.

Pero ya estás a su lado y no obedeces. Tu mano va sola y acaricia el cabello. Comprueba que está húmedo, que es verdadero y suave, como el de cualquier mujer joven. Estará sorprendida.

-Parece un sueño –musitas de forma casi inaudible.

-No importa lo que parezca, si es.

Inclinas la cabeza y cierras los párpados. Creerás soñar de todos modos. Muy despacio, deliberadamente, vuelves a mirar, pero ella continúa allí, no se habrá disipado con la atmósfera crepuscular.

-Es imposible –dices para ti-. Somos de mundos opuestos.

-Somos del mundo que amamos, y no hay otro –te responde-. Aquello que se ama, se hace posible.

Sabes que acabas de escuchar una respuesta a los secretos del mundo. Cae la noche.

-¿Podré verte más? –le preguntas.

-Podrás verme siempre, mientras dure siempre.

-Iré contigo. Podremos ir juntos. ¿Qué haremos?

Ella te mirará al rostro curtido, tenso por la ansiedad. Luego, contemplando la línea del horizonte, te preguntará:

-¿Tienes una barca?

-No –le respondes.

-Búscala. Cuando la encuentres nos iremos, hacia allá –y señalará el punto más distante que le es dado señalar en la tierra a ser humano alguno.

-¿Adónde me llevarás? ¿Qué hay detrás de allá?

-Nuestro mundo. El destinado a los dos. El inalcanzable para otros –y añadirá:- Busca una barca.

Suavemente, con el reflejo de todos los mares habidos asomando a sus ojos, Teíste se sumergirá en el abismo, desprendiéndose de tus manos que se han quedado como huérfanas de repente. No ha levantado el menor ruido, ni tan siquiera ha provocado una onda. El océano, que se ha ensombrecido, ha vuelto a recuperarla.

Entonces te quedas solo en medio de la roca y por primera vez en muchos años, te hubiera gustado dar las gracias a alguien y compartir con alguien también tu alegría, pero estás solo.

Relajado sobre el peñasco se te va el tiempo, y cuando la espuma te salpica la piel comprendes que las manos de Teíste no te han dejado del todo. Las olas de marea son su respiración; las rompientes, su voz; la oscuridad de las aguas, su misterio, el mundo que váis a compartir.

*****

-Tenemos trabajo, Chía –le dices a la perra-. ¿Y sabes qué?, pues que al diablo lo razonable. Sólo me importa mi verdad, y mi verdad aquí y ahora es ella y lo incierto. Tú sabes que no estoy loco y que en la vida pueden suceder cosas raras cuando menos te lo esperas –entras y sales de la cabaña guardándote papeles en el bolsillo-. Me ha tocado vivir el tiempo maravilloso del prodigio y no pienso renunciar a él, me cueste lo que me cueste. Pero tú, pobre amiga, no podrás seguirme, en ese lugar no hay sitio para ti. Ahora me voy, pero no será esta vez la definitiva; la próxima sí, qué lástima.

Terminas de inflar las ruedas con la bomba y partes dejando la mirada decepcionada de Chía clavada en tu silueta que asciende por la sombreada cuesta, camino de los altos, en una mañana de muchos pájaros planeando en la costa.

Mientras tanto pedaleas gloriosamente, incluso cuesta arriba. Te sientes de acero, transmutado en pura energía nueva y poderosa. Te sabes elegido por unos dioses extraños. Ahora sí que puedes creerte favorecido por los hados aunque nadie pueda saberlo nunca.

Es temprano cuando llegas y lo primero que haces es liquidar tus ahorros y bajar luego al puerto escondido. Compras la barca vieja que desde hace tiempo sabías que estaba en venta.

-Estoy harto de pescar en la orilla –le explicas al dueño en la puerta de la cofradía: un viejo pescador consumido detrás de su cigarro, un tipo arrugado como la pintura vieja.

-Es una barca gastada. Se llama “Ola”, y ha sido de muchos. ¡La muy zorra! –ríe el anciano, disimulando cierta melancolía.

Te sobra el dinero, todo el dinero que nunca has querido tocar; de modo, que compras también el motorcito (una reliquia, como la barca) y te ayudan a instalarlo hasta que funciona gracias al tesón de varios y a la mezcla bien dosificada de uno de los dos bidones con que te aprovisionas. Cuando cargas uno de ellos notas la quemazón de un remordimiento muy adentro. El objeto acaba de adquirir vida y sentido, y esa vida es un reproche.

Todo lo dejas en el puerto a la espera porque te has pasado el día de acá para allá. Se está haciendo tarde y la oscuridad no es buena para los caminos tortuosos. Decides regresar en buena hora con el morral rebosante, pues será ésta la noche de las despedidas y la del mejor festín con que jamás pensásteis regalaros.

*****

Después de la cena, que haces que transcurra con una forzada alegría que se desgarra por todas partes, intentas hablarle a Chía y no puedes; te lo impide el estupor. Te acercas hasta la orilla en sombras buscando misericordia y no la encuentras, es inútil. La misericordia, aunque se repliega en lo más profundo de tus entrañas, no cuenta ya porque todo está decidido. Te invade la orfandad por tu amiga y compañera de tantos años que duerme ahíta en su lugar predilecto. Sientes su ausencia aún teniéndola cerca todavía y al alcance de tu llamada.

Vuelves decidido sobre tus pasos. Sabes muy bien lo que te propones realizar y el significado real de lo que se avecina. Apilas cuanto material combustible encuentras en los contornos; todo lo que pueda recordar que aquí vivió una vez un hombre con su perro. Acumulas leña y hojarasca seca alrededor y por dentro de la cabaña.

-Preparo nuestros túmulos, Chía, como en los entierros de los antiguos –el animal se ha despertado alerta y desorientado-. El tuyo será como un verano ardiente. El mío se convertirá en frío y humedades.

*****

Renace el alba cuando llegas con la bicicleta al puerto que tiene nombre de santo. La abandonas definitivamente en una de las paredes salitrosas, cerca del varadero y después tomas tu embarcación. Todo está desierto. Las gentes duermen y tan solo velan las gaviotas sobre el corto espigón del rompeolas. Sus gritos, agudos, rebotan con ecos por el acantilado en sombras.

El motor funciona mal, ratea. Tienes que atravesar la diagonal del abrigo hacia el poniente, enfilando el promontorio por donde los platanales se asoman a la mar.

Con el sol ya en el cenit, encumbrándose por los picos, alcanzas las aguas de la roca que nadie podrá conocer nunca con el nombre que tu le has dado: el Roque de Teíste; y el conocimiento exclusivo de ese nombre te conferirá un poder sobre la posesión de lo fantástico.

Encallas en la orilla varando la roda y raspas el nombre con el cuchillo (ya no se llama “Ola”, se llamará “Destino”), y lo haces porque todo debe ser ignorado, incluso lo incierto del mañana. Cuando acabas de raer con fuerza hasta el último resto de pintura, alguna lágrima se te mezcla con el sudor. Tomas uno de los bidones y subes hacia la casa. Chía ladra frenéticamente y tú trepas por el sendero y penetras en el interior.

Cuando todo ha sido culminado (y ha sonado un disparo entre medias por que te has creído el dios de los perros y juez de sus sufrimientos), sales y vas a sentarte sobre el promontorio de cara a la mar. Así estarás todo el día, inmóvil. Se te irán las horas con la mirada vacía perdida en la línea del confín. Acaso has llorado por dentro.

El sol se está despeñando hacia su ocaso por este lado del mundo cuando regresas de tu catarsis de silencio. Rocías las paredes con la gasolina y arrojas los bidones al interior de la cabaña, tan muda ahora, tan callada. Duele este silencio nuevo. Prendes fuego y el sol poniente, que incendia el horizonte, colabora contigo. Corres hacia la mar, sin mirar atrás. Ya en la orilla te desnudas totalmente doblando con cuidado las ropas, que abandonas sobre unas piedras. Arrastras la barca que gime en los guijarros y enfilas la roca. Anochece. Teíste te estará esperando. Tú, que te has preparado como quien va a disparar su alma, gastándola y sabiendo que sólo tiene una. Ante ella te muestras nupcialmente desnudo. Teíste te hablará:

-¿Sabes que no volveremos?

-Sí; lo sé.

Sobreviene un silencio nuevo que impregna todo el aire.

-¿Dejas algo atrás?

-Un poco de humo y el recuerdo de mi pobre perra –le dices; y crees que debes explicarlo: -Me miró con sorpresa al final, pero ya sé que esa misma sorpresa me sobrecogerá a mí muy pronto. No pude abandonarla.

Haces una pausa y preguntas:

-¿Tú no puedes morir, verdad?

Por los ojos de Teíste parecerá cruzar un relámpago de tristeza humana:

-Sí –musita-, si me uno a los hombres.

Ella permanece todavía en el agua. La ayudas a subir y es entonces cuando el portento se produce: la cola de Teíste, que desde las caderas se prolonga pesada y viva como una bella columna de suave piel gris como de plata vieja, irá desapareciendo para tornarse en un vientre liso con vello de oro en el sexo y dos hermosas piernas de textura tierna y palpitante.

-Así seré hasta mi muerte –te explicará ante el milagro contestando a tu enorme sorpresa.

En silencio utilizas los remos y cuando te separas lo justo arrancas el motor. Formas una yacija con redes y lonas y Teíste se reclinará en ellas. Recostado a su lado, y tras fijar la caña al infinito, la abrazas con el temblor de lo nuevo.

-Temo helarte –dirá ella.

-Y yo abrasarte –le contestarás.

Tiene los ojos tan cerca que puedes descubrir en su fondo las primeras estrellas de la noche. La besas. Ella comenzará a cantar algo con voz nunca oída bajo la bóveda cuajada de millones de luminarias. Os siguen un cortejo de peces fosforescentes. Estrellas fugaces se desploman por el firmamento. Sabréis del grito sabio de los delfines que hacen cabriolas levantando surtidores de espumas. Las caracolas sumergidas emitirán largos susurros desde los fondos. Así serán vuestros esponsales: una larga noche de magia y misterio hasta que la claridad turbia anuncie un día nuevo y arcano.

A poco de amanecer, el motor se detiene y tú viertes el bidón de repuesto en el depósito. Cuando aclara plenamente, los ojos de Teíste parecen no haberse movido de tus ojos, y en ellos verás su sorpresa por el conocimiento del amor humano, tan extraño y tan dulce.

Le separas los cabellos revueltos de la frente y la volverás a besar admirado por el cuerpo perfecto que brilla pálido escarchado por los rociones de la sal.

Y por la tarde, cuando la niebla os envuelve, los ojos de ambos se llenarán de gotas de lluvia.

Será hacia la noche, cuando el motor se detenga definitivamente y tú lo soltarás de las abrazaderas arrojándolo a las profundidades, despojándote, así, de otro de los nexos que pudiera unirte a la tierra. No dormís, y si la luz falta, sin veros os adivináis mutuamente y os encontráis en el escaso resplandor.

A la madrugada de otro día arrojarás uno de los remos a las olas encrespadas para dejar un reguero de identidades que no será recogido, y volverás a los ojos y al cuerpo de Teíste. Ella te hablará de sus misterios recordándote que los animales marinos fueron anteriores a los humanos, y que todos los seres fantásticos son reales, pero que se ocultan de los hombres incrédulos en la medida en que éstos dudan. Te dirá, que las sirenas mueren fuera del agua y cómo, cuando su muerte es por amor, sus cabezas se convierten en medusas. Te explicará que los seres que las gentes creen imaginarios, presentan siempre la imagen con que son imaginados por el deseo, y que por eso ha perdido ella su cola de pez.

Ha transcurrido el tiempo y se han sucedido cielos encapotados, vientos, soles y calmas, y rayando el sol de uno de los días, te deshaces del segundo remo y regresas a los labios que ya han aprendido a besar. El astro, por entre las nubes, se muestra esplendoroso a ratos. Navegáis a la deriva, a merced de las corrientes y las brisas, siempre unidos. Al anochecer, cuando desciende suave el crepúsculo azul, veréis muy cerca un gran barco blanco iluminado que refleja en su costado las luces del ocaso. Pasa y se aleja por el camino de la estela llenando la mar de músicas de fiesta y de alegres risas lejanas.

-Me gustaría morir antes que tú –dice ella.

-Cállate. No quiero que me dejes tan pronto. Concédeme hasta el final tu compañía –le responderás acongojado.

Has lanzado ahora el bidón vacío que se queda aguas atrás. Con el paso de las horas Teíste va perdiendo brillo y tersura; tú también desfalleces, pero continuáis abrazados.

En un momento dado, Teíste se desprenderá de las redes y las extenderá sobre las aguas de espumas breves.

-Tendrás frío –le dices viéndola temblar.

-No, es el mar quien tiene frío; lo sabrás pronto –ella sonríe, y su sonrisa es muy débil ya.

Será lo último que se digan. La cabeza de Teíste habrá comenzado a reclinares con debilidades premonitorias. Con un esfuerzo robado al agotamiento él la acomodará sobre su pecho y sentirá cómo sus manos se vuelven flojas en la cintura de Teíste. Les faltará la vida, pero continuarán abrazados. Llegará un momento en que ambos mantendrán los ojos cerrados por mucho tiempo, sin fuerzas, sufriendo la gran debilidad precursora de la agonía. Teíste perderá su frío y el hombre su calor, pero seguirán abrazados.

Por fin, pocos o muchos días después, la sombra de la muerte vendrá a cubrirles con sosiego. En el extremo mismo de la temible frontera se habrán mirado por última vez. La barca derivará en su rumbo a ninguna parte y la noche será tremendamente negra. Su naufragio lo habrán sentido como un inmenso abismo, mayor que la mar y el cielo juntos, pero seguirán unidos, los ojos muertos en los ojos muertos.

FIN

13 Respuestas a “Teíste, la sirena

  1. Que tal,Beatrice. Pocos comentan ese aspecto,el de las letras, con el que yo me siento si cabe más identificado que con los trabajos plásticos. Por eso te envío un afectuoso saludo.

  2. Gracias Pulo por contestar mi comentario. Es evidente que eres “devorador” de libros, amante de las buenas letras y de las artes en general. Se refleja en tus narraciones como en un espejo. Un afectuoso saludo para ti. Beatrice

  3. Majestuoso,amigo pulo definitivamente tienes el don de la escritura expresas todo de uan forma sublime eres un gran escritor te un un cordial saludo y esperare mas de tu trabajo.

  4. Felicitaciones. Lo que me transmite no lo puedo describir con palabras.
    Y enhorabuena por tu trabajo en general…me encanta tu trabajo, el fotográfico es simplemente espectacular. Lo he encontrado recientemente y cada visita me deja impresionada. Gracias por compartir tu talento. Un cordial saludo, G.

  5. He bebido entre pausas cada letra de tu texto. Si digo fascinante tu narración, no miento. He revivido cada momento, el pulso de cada ola, la inmensidad del firmamento, la majestuosidad de la roca en el mar, las profundidades del alma que sondea en el fondo del océano en busca de un sueño, el azul intenso, el peso de las horas. . El hola, el día y la tarde, y el no retorno de Chía, tan importante para mi como todo lo demás. Cada inflexión, cada declive de esta historia tiene un color descriptivo en mi memoria. No dejes de escribir. Un cordial saludo.

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