Varias narraciones breves

© 1997

EL VISITANTE

Llamaron a la puerta del piso golpeando cuatro veces, con la misma cadencia, con la misma sonoridad con que una vez lo hizo el maestro al iniciar su sinfonía. Abrí. Y allí estaba el inoportuno visitante, tan intempestivo, peliculero y misterioso como la aparición enmascarada del envidioso Salieri que una tarde de lluvia vimos en un cine. Pero en este caso, sin el barroquismo de aquellas imágenes y sin el fondo musical, el recién llegado venía sucio de barro, sanguinolento, desencajado, destrozado en su más amplio significado. Lo vi como ahora te estoy viendo a ti, créelo. Regresaba apenas transcurrido un soplo de tiempo. Porque fue ayer mismo, tú lo sabes, cuando, con nuestro grupo de amigos, lo estuvimos despidiendo transidos de dolor y dándole un último adiós al borde de un sepulcro, porque ya estaba y sin remedio absolutamente muerto, con certificado médico de defunción incluido para avalar la cruel certeza a la que nos resistíamos: el pobre X. había sido arrollado por el expreso de las 18,15, apenas veinticuatro horas antes. Nos rebosó la tristeza cuando nos enteramos (a golpe de estridencias telefónicas de urgencia y de incredulidad en el alma por la desgracia sobrevenida), que había sido arrollado por un tren asesino mientras cruzaba la vía mortífera absolutamente inmerso en el despiste, como era en él lo habitual y norma, sin mirar a derecha ni a izquierda; únicamente, si acaso, andaría investigando por el suelo, o bien, embelesado con las nubes, porque siempre, ¿recuerdas?, caminaba inmerso en profundas cavilaciones metafísicas que alternaba distraídamente con desesperadas consideraciones sobre su falta de liquidez. Una situación que sufría más frecuentemente de lo deseable.
Pero los muertos, corrientemente, no te saludan con esmerada educación, ni siquiera te piden permiso para entrar en tu casa. ¿No crees? A lo mejor lanzan un aullido escalofriante y te comentan con voz cavernosa ¡Uuuuuh. uuuuh…!; o te hacen aspavientos; y hasta puede que hagan sonar, para redondear este género de apariciones indeseables, el arrastrar lúgubre de cadenas… Lo que en buena lógica no debería suceder es que te suelten un: “¡Hola!”, y que a continuación te pregunten con ansiedad, golpeándose los costados ateridos, poniéndolo todo perdido de tierra mojada y dejando charcos sanguinolentos por el suelo, si tienes una copita de coñac «Para entrar en calor, ¿sabes? Es que allá estoy pasando mucho, pero que muchísimo frío»

LA BROMA

Perdidos y sin contacto ya con nuestra patrulla, ambos caminábamos en solitario por el pedregal. Casi nos arrastrábamos bajo la calígine de la planicie sahariana con esa luz de maldición clavándose en nuestra retinas enceguecidas. Mi camarada y yo sufríamos de una sed inaguantable, y enfrente, el espejismo, se burlaba de nosotros con sus charcas transparentes y temblorosas sobre un horizonte polvoriento de sirocos. Desvariábamos y languidecíamos sin remedio, pero era necesario, ante todo, sobreponerse antes de desfallecer y de rendirse.
De repente, y viniendo del lado de la soledad, noté un breve toque, un simple y leve golpe en el hombro, amistoso, igual que un tímido saludo. Pero mi corazón delirante y atemorizado por la incertidumbre de la luz y del silencio, se me vino rotundo a la boca y miré aterrado y alucinado, buscando lo inexplicable: Al girar la cabeza me fue dado contemplar el vacío, el vacío tremendo del desierto interminable. Nada más. Y más allá, el ojo del sol latiendo con locura.
Mi compañero se reía a mandíbula batiente, desternillándose por la broma estúpida; debía de estar loco. Sus labios agrietados y resecos se torcían con una mueca tremendamente antipática.
Nunca jamás volverá a reír. Quedó tirado allí, para pasto de hienas y chacales.

GÓTICA

Una cripta a gran distancia de Bucarest, en medio de espesas montañas negras y entre nieblas, había sido su destino; y una noche lívida y tormentosa, su momento glorioso. Y, luego, el olvido durante largos lustros reposando bajo un velo nupcial carcomido, con una corona de azahares secos entre las sedas envejecidas de un vestido que una vez fue del color del marfil, las manos juntas… Una mancha de sangre seca parda en el escote delataba el acto final interrumpido por la muerte.
En el exterior la oscuridad, que entraba a raudales fúnebre y morada a través de los árboles desnudos del camposanto, se detenía a la puerta misma del panteón iluminado. En ese instante, los ángeles de la noche convocaron con su voz de lechuza, y la respuesta, en el vacío, fue el eco de mil bóvedas secretas. Y una sombra, más negra que la misma noche, se deslizó a lo largo de los muros por las avenidas fúnebres y, también, como las tinieblas, se detuvo junto a la verja del panteón. Y a esta sombra siguió otra sombra y otra sombra a esta sombra. Y creció el número de sombras, como un enjambre de insectos negros, hasta sobrepasar la centena holgadamente. Y había un murmullo sordo, sibilante; y ruidos como de sorber con ansias; y roces de patas peludas de miríadas de sabandijas; y un olor intenso a moho. Un coro de gemidos de emoción emergió al igual que nace al alba con el toque de ánimas: “¡Que venga el novio! ¡Que venga la novia!”, salmodiaron las sombras con voces de lamento, penosamente, una tras otra. Y todos los pájaros de la noche se escondieron por el tumulto estremecidos de pavor.
Y, entonces, apareció la novia engalanada de harapos tras la verja enmohecida de su panteón y el novio por las gradas del suyo, frontero y semejante a un palacio ruinoso y desolado. En el frontis, erosionada por lluvias y vientos grises, podía leerse una inscripción, borrosa, eterna y temida:
“FAMILIA DRACUL”

FRENTE AL LAVABO

Despertó soterrado y aturdido por el calor de la noche. Había dormido tanto, que cuando abrió los ojos, dejando atrás algo así como una sombra, le pareció que ya era otro siglo de otro tiempo o de otra dimensión, y que él mismo, ya también, era algo tremendamente distinto de lo habitual.
En el cuarto de baño el espejo manchado le devolvió su propia imagen –casi exacta a la de ayer-, pero levemente deformada ahora por las hinchazones sutiles del sueño alrededor de los ojos o por una palidez desacostumbrada, o por la acumulación de los restos, apenas percibidos, de un descanso que no había sido tal, sino una maraña poblada de ensueños alborotados que le habían estado torturando sin tregua –las sábanas aparecieron más tarde húmedas todavía, arrugadas y con el hedor del sudor del miedo que provocan los ensueños incontrolados.
Inclinó la cabeza, aspiró hondo y dejó que el agua le resbalase por la nuca ansiando ahuyentar su tremenda desazón, dejándola irse por el agujero cromado del sumidero
Algo inusual percibió en el seno del glogloteo y en la velocidad del remolino del agua huidiza. Ejercía una extraña atracción, como si un destino insólito, ineluctable y fatal, se le estuviera anunciando como predestinación inexorable, atrayéndole hasta quién sabe qué fondos de tuberías, desagües y alcantarillas remotas.
Introdujo la mano en el centro del torbellino apreciando la caricia fresca y casi sensual del agua viva, veloz entre sus dedos. Sonrió entendiendo, resignado. No podía ser de otra manera ya.
Primero fue la mano. Luego el brazo, poco a poco. (Todo habría de transcurrir con la misma demora prolongada de una caricia amorosa.) Más tarde todo él entero, de pies a cabeza, y como sin esfuerzo aparente, fue diluyéndose bajo el chorro del agua. Con morosidad y progresivamente fue absorbido por la muerte misma en persona, que en esa ocasión, y como deidad caprichosa que es y en ocasiones hasta dispensadora de frecuentes guiños de humor negro, había decidido tomar aquélla noche la apariencia de un vulgar lavabo en una mala pensión de un feo barrio de extramuros.

“PENSIÓN KURSAAL”
( Fundada en 1928)

Algunas décadas después de esta fecha…

Toda la pensión olía a fritanga retestinada. Y no es que aquella noche doña Inés hubiese cocinado nada frito, sino que las décadas habían dejado su huella indeleble por las paredes de empapelado mustio, por la atmósfera rancia e inalterable, por los colchones de borra antigua, y hasta, sin gran esfuerzo de imaginación, en el agua de los grifos que goteaban en el silencio de las madrugadas.
Aquellas últimas horas de un atardecer de diciembre, cercana ya la noche, don Santiago miraba torvamente el comedor vacío, resoplando como un mulo cada vez que contemplaba el eterno menú inalterable y repetido: sopa pringosa y merluza muy fresca según juraba y perjuraba doña Inés a la menor sospecha, pero absolutamente congelada y probablemente con la fecha de caducidad perdida en el recuerdo, y, que después de hervida, parecía todavía más yerta en una irremediable escalada hacia el grado superlativo de lo impresentable.
Un taconeo pesado y solemne precedió la masa fofa y bigotuda de una doña Inés acicalada como una tarasca, que vino a pararse en jarras y desafiante delante de un don Santiago rabioso al borde del infarto combinado, en asociación peligrosa, con insuficiencia respiratoria y congestión facial irremediable.
—¿Hoy tampoco le parece bien al caballero la cena?— silabeó contenida; la mirada hipnótica. Y a un don Santiago consecuentemente atemorizado, se le antojó esta imagen la de la repentina irrupción de una boa constrictor emboscada y al acecho.
El mencionado trató de fulminarla con la mirada, pero se contuvo porque su mirada era menos fulminante que la de su oponente, y lo sabía. Se limitó a musitar marcando las sílabas como pudo a través de una dentadura postiza y rebelde que más bien tendía, en aquellos instantes, a morder yugulares que a modular palabras:
—Señora patrona, nunca me he quejado de la calidad, aunque esa sea cuestión muy discutible también. Lo que resulta inaguantable es que ya llevamos todo lo que va de mes con el mismo programa. Y ya nos gustaría cambiar de película, ya… –y miraba al entorno buscando apoyos inexistentes- Para no aburrirnos, ¿comprende usted?
—En definitiva, don Santiago, ¿cuál es su queja?
-—En definitiva, doña Inés, y compréndame, ya se cansa uno de cenar todas las noches sopa de sobre y la consabida merluza hervida.
A doña Inés se le encendieron las pupilas revelando su escondida identidad de Satanás de película gore; pero, haciendo alarde de su consumado dominio de vieja actriz, dulcificó la expresión y sus palabras fluyeron espesas y nefastamente dulces, como debió de ser la miel encerrada en las flores mustias de los campos de asfódelos a la entrada de El Hades.
-—Tomo nota, señor mío. A partir de ahora no se servirá todas las noches sopa y de segundo merluza hervida; palabra de señora, que es una lo es. Pero si el caballero no está conforme con el cambio, le exijo el compromiso de que abandonará mi pensión o que callará para siempre jamás, digo, para los restos.
—Tiene usted mi palabra de caballero, señora mía.

Don Santiago, durante una semana larga, estuvo dudando entre la alternativa de hacer las maletas y poner tierra de por medio entre su persona y aquella maldita reecarnación de todas las brujas de Zugarramurdi en una sola, o bien, la de aguantarse debido a los precios desorbitados que le ofertaron en una veintena de pensiones por las que estuvo brujuleando.
Todavía hoy, la duda le corroe y la rabia le corroe más todavía. Pues, ciertamente, la patrona cumplió lo convenido al pie de la letra. Ya no pone todas las noches sopa y merluza hervida para cenar. Ahora una noche le sirve sopa, y otra noche le sirve merluza.

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12 Respuestas a “Varias narraciones breves

  1. Impactante noche de viernes en mis descubrimientos de blogs; me parece genial y de enorme calidad éste tuyo. Desde lego no deja indiferente, es un verdaero lujo para los sentidos.

    Sólo he leído estos relatos breves, fantásticos, pero volveré a seguir disfrutando del blog.

    Enhorabuena y gracias.

  2. Ernesto: cuando creé este blog para compartirlo, como digo en la presentación, lo que pretendí suscitar fue alguna impresión agradable en quien navegando se lo encuentra. En tu caso perece ser que lo he conseguido. Gracias por el comentario.

  3. Que lugar tan interesante y original es este. “Disfrutar y compartir”, tu objetivo se ha alcanzado una vez más; mucha suerte en todo lo que hagas.

    Subi una imagen a mi fotolog, la titule “Le diable”, espero y no haya problema. Es que me encanto!

    Gracias!

  4. El blog cumple ,pues,su cometido ya que también yo he disfrutado leyendo estos relatos cortos.

    Tengo que reconocer qué “Gótica” me toca, por mi pasión por el género, además del aprecio por las cosas bien hechas.
    Pero sin duda, me ha gustado muy especialmente “Frente al lavabo”

    Es, sencillamente, mágnifica.
    De seguro que no te pierdo la pista, felicidades

  5. me gustan sus relatos , es la primera vez que entro a su blog y me facino el encuentro no soy muy conocedora de lecturas pero me gusta leer de todo,PENSION KURSAAL Y LA CANTINA MIS FAVORITAS

    GRACIAS,Pulo

  6. buenas narraciones, me gustó más la de “FRENTE AL LAVABO” quizá por qué se asemeja al estilo propio que le trato de imprimir a las mías… me gustaría compartir algo contigo (disculpa el atrevimiento) espero tu opinión, o la de algún otro

    YA NO ERA YO
    Desperté. Frente a mí estaba yo. ¿Yo? Sí, no había dudas. No era el reflejo somnoliento de las mañanas, era yo misma. Me observé. Ojos ya sin un sol que se asome, ahora la mirada se llenaba de un insondable abismo; cabello maltratado por los tintes de peluquería de barrio, estatura, cuerpo embutido en un heredado conjunto que fue de algodón. Volví a mirarme, sin palabras. Me miraba.
    – “¿Qué me está pasando?”, me interrogué casi al grito.
    – ¡Silencio! – Me gritó con más convencimiento del que yo nunca tuve. Temí lo peor.
    – “¿Quién eres tú?”– Intenté obligarla con una voz tan suave que presagié romperse. – “Tú no vas a callarme”.
    – ¡Yo, soy tú! Era tan segura y determinada que cuando pronunció mi nombre me puse a temblar, ya sin control.
    – “¿Qué?” Eso era imposible, Juan y Delia solo procrearon una hija (intenté ser lógica) y esa soy yo. Aquello no podía estar ocurriendo. Mi cabeza iba a estallar. Grité. Le ordené que se fuera. Se limitó a reír y sus ojos me apuñalaban… “tu tiempo se acabó”.
    Corrí hacia la puerta, intenté abrir, no tenía fuerza. Todo intento era estéril. Tropecé, caí y desde el suelo de la habitación que me consumía intenté golpear al origen de esas carcajadas que me martillaban el cerebro. Me reincorporé y en el último vano intento de huida, volví a caer. Comencé estúpidamente a llamar a gritos a todos y a todas. Vivía sola. Lloré… no recuerdo más. ¿Morí?
    Desperté. Me miré al espejo. Ya no era yo, era ELLA. Salí.

    Nicolás Ching Ferreyra
    (Monólogos del Alma – Enero 2014)

  7. Pingback: Microrrelato de Pulo: El visitante Narrativa Breve

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