La larga noche de Endor (ilustrado)

LA LARGA NOCHE DE ENDOR


Así cantó David con el kinnor a la muerte de Saúl. Así lloró también la de Jonatán, el hijo de Saúl, cuando ambos, padre e hijo, se ocultaron en las oscuridades del Sheol tenebroso.
Este fue su canto, endecha regada en lágrimas y aromada de tristezas que los hijos de Israel entonaron luego por el gran valle de Jezrael, derramándola como manto de lluvia por la llanura de Sharón; como lluvia del cielo por los montes de Efraín, y por el desierto; como lluvia mansa de dolor por el mar de Kinnereth y a lo largo del río, por Mispá y Ramáh más tarde; y a lo largo de toda la tierra de Yaveh Sebaoth, desde En-gadí a Beer-sheba, hasta Jasor y Bet-anat. Así decían:
“Tu gloria, Israel, ha sucumbido en tus montañas.
¡Cómo han caído los héroes!
No lo anunciéis en Gath,
no lo divulguéis por las plazas de Ashqelón;
que no se regocijen las hijas de los filisteos,
que no salten de gozo las hijas de los incircuncisos.
“Montañas de Gelboé: ni la lluvia ni el rocío caiga sobre vosotras,
campos de perfidia,
porque allí fue deshonrado el escudo de los valientes.
“El escudo de Saúl ungido no de aceite,
¡sino de sangre de muertos, de grasa de héroes!
El arco de Jonatán jamás retrocedía,
Nunca fracasaba la espada de Saúl.
“Saúl y Jonatán, amados y amables,
ni en vida ni en muerte separados,
más veloces que las águilas,
más fuertes que leones.
“Hijas de Israel, por Saúl llorad,
que os vestía de escarlata en regocijos,
que prendía joyas de oro sobre vuestros vestidos.
¡Cómo cayeron los héroes en medio del combate!”
Fue, pues, esta elegía, la que entonó David tras matar al mensajero que tan malas nuevas portaba, en señal de duelo. Y más tarde lloraron todos, se rasgaron las vestiduras y ayunaron ya que había muerto el ungido de Dios, el primero de los reyes de Israel.
CERCA DEL ALBA
Pronto amanecería y entonces el oscuro vaticinio de la hechicera habría de cumplirse palabra por palabra; no había remedio ya para torcer los designios de Yahvéh. La sombra de Samuel, convocada y llegada desde el más allá, había proferido un cúmulo de palabras de condenación. ¿Por qué me preguntas, se había sorprendido el espectro, si Yahvéh se ha separado de ti y se ha pasado a otro? Fue en ese mismo instante cuando Saúl intuyó cernirse al pájaro de la soledad rasgando el manto de la noche con su aleteo. -Mañana tú y tus hijos -persistió la sombra- estaréis conmigo. Y fue este último augurio proferido por un alma arrancada del Sheol, el que derramó hiel en su boca y esparció rocío de hielo por sus miembros. Cayó en tierra todo lo largo que era sobrecogido de terror, perdidos los sentidos al conocer que también la protección de su Dios lo abandonaba.
Y era ahora, en el momento de las tinieblas, cercano el fin y hecho todo lo preciso, cuando se dio a recordar el tránsito de los días pasados, los clamores de victoria del pueblo, la sangre, tanta sangre, la suya y la de todos, sin merma, derramada en continuo guerrear contra los filisteos -adoradores de Baal comedores de perros-, defendiendo el regalo del Señor, la tierra de Israel; tierra cantada por los poetas como henchida de higueras olorosa al alba, de olivos, de leche y miel, de rosas en los llanos, de lirios en los valles y de piedras requemadas  por los desiertos del sur.
Aún  le quedaba por delante, porque apenas se instalaba el ocaso, toda una noche impregnada de agonía como fiel compañera. Arrebujándose en el manto derramó la vista a todo lo ancho del Valle de Jezrael tan protector y pacífico sobre el sueño que arropaba a los hombres, a todos sin excepción y de ambos bandos, dura yacija tanto de los suyos como del enemigo. Algunas llamas parpadeaban por Sunem en medio del campamento filisteo; caballos inquietos pateaban cerca, justo en la ladera del monte de Gelboé, su refugio y línea de partida prevista para la batalla del próximo amanecer. Los perros aullaban a una luna moribunda tan agonizante y más que su propia alma.
Y en esas horas de desdicha, cunado la memoria se embota o acude, ineludible, para revisar errores que ya no pueden enmendarse, notaba como en el fondo de su espíritu se agolpaban imágenes espectrales que le reclamaban antiguas culpas.
¿Acaso ofendió a Samuel tan gravemente?, se preguntó. Y desde lo más hondo supo que no, nunca, nunca a conciencia.
Samuel, Sem-El, “Nombre de Dios”, ¿fue amigo suyo, su enemigo acaso? No lo tenía muy claro. Samuel no fue mas que la personificación del exceso de celo en hacer cumplir, y hacer cumplir a su estilo, la palabra del Señor. Acaso el viejo hubiera preferido ungir a uno de sus hijos, Joel o Abías, si estos no hubiesen adoptado actitudes propias de impresentables ante su propio pueblo; de todas maneras Saúl no pudo eludir el mandato de Yahvéh, y, como cumplidor que era hasta la última de las letras del lenguaje divino, nunca se hubiera atrevido a oponerse a tal mandato. Sin remedio, pues, tuvo que resignarse y ungirlo a él, Saúl, como rey, con el cuerno rebosante de aceite de los olivos de Ramá como el mismo Yahvéh le había ordenado.
Fue un día esplendoroso aquél bajo el sicómoro que daba sombra en la puerta de Elí de Ashdod cuando le dijeron, mira, Samuel, tú ya eres viejo y tus hijos no siguen tu camino, dadnos un rey para que nos juzgue como lo tienen todas las naciones que nos rodean. Samuel no estaba predispuesto y se disgustó, como se disgustan los viejos cansados, pero consultó a Yahvéh con los urim. Entonces, respondiendo al insistente requerimiento, les advirtió que no veía el Señor con buenos ojos que la obediencia debida a un rey viniera a distraerlos de la obediencia absoluta a sus leyes. Mas, de todas formas, Dios había consentido escuchar los ruegos de su pueblo y toleraba, Pero, a pesar de todo, Samuel no se recató de advertirles de los inconvenientes que el yugo de un rey habría de acarrearles. De manera que les previno de que tal rey tomaría los hijos como servidores y soldados para crear un ejército, que la gente tendría que trabajar para él; que tomaría, también, a las hijas doncellas para su servicio y como  concubinas; que les arrebataría sus mejores olivares y viñas; que, en suma, se transformarían en esclavos del diezmo y del servicio a la real persona con menoscabo para el Señor.
Los ancianos no quisieron aguantar tal sarta de razones y desistieron de escucharlo. – ¡Dadnos un rey, exigieron, que nos juzgue, que vaya al frente de nosotros en los combates! -Y Yahvéh se cansó de tanto empecinamiento y le dijo a Samuel: – “Dales un rey.”
La tarde antes, que parecía lejana y remota ya -que así se torna el tiempo cuando los acontecimientos graves se amontonan y pesan- , Saúl también había estado haciendo memoria envuelto por las luces inciertas del crepúsculo. Desde las faldas septentrionales de los montes de Gelboé estuvo mirando cómo la noche  había llegado arrastrándose desde las alturas de Gilead sumergiendo en brumas azules las aguas del mar de Kinneret mientras las cumbres del Carmelo se encendían con los postreros rayos. Al otro lado del valle semejante a una joya engastada de berilos, estuvo sonando el bullicio  en el campo de los filisteos. Llegaban los sones de música de cítaras, de trompetas y tambores, y también los gritos y canciones. Las hogueras estaban prendidas  y sus dioses, los Baales de ojos saltones, habían sido alzados sobre piedras en torno de la prostituta Ashtart para fornicar luego religiosamente a su sombra hasta el agotamiento, celebrando anticipadamente la victoria que presentían cercana.
Aquella noche, había adivinado Saúl, habría de ser noche de embriaguez de vino y de carne de mujer. Y así fue, corrieron las babazas por pechos como gacelas y el semen apestó por las tiendas y bajo las frondas de terebintos y cipreses con el sudor aplastando hierbas frescas y jacintos perfumados que trastocaron en impuro el rocío de la noche clara.
Y ahora, cuando ya las tinieblas iban escapando de la luz, cuando el vientecillo del amanecer anunciado oreaba los campos haciendo temblar la hierba, cuando más allá del Jordán se encendían arreboles de gloria, era cuando el alma de Saúl iba siendo invadida por la noche más oscura.
No había podido dormir. Las pasadas horas nocturnas habían sido testigos de su miedo y de su impotencia. En esos  últimos minutos de la noche temprana quiso saber que le deparaba el nuevo día y quiso actuar puesto que no era hombre de quietudes ni de esperas. Mejor el remedio de enfrentarse al destino; pero, eso sí, conociéndolo para poder soportarlo mejor.
Por ese motivo, en las primeras horas de las tinieblas de la sombra de Yarih alumbrada por cien mil estrellas, llamó a un criado de confianza para preguntarle:
– Dime que sabes tú de una nigromante.
– Señor – fue la respuesta del otro, que era de la tribu de Isacar y por tanto conocedor de esos lugares-. Una de esas habita en las cuevas del valle de Endor; una bruja muy vieja, muy conocida, sabia y temida.
– Prepárate -dijo el rey- nos vamos allá.
– Pero Saúl, mi rey -se atemorizó el criado-, para alcanzar Endor hay que pasar tan cerca de los filisteos que podrían sorprendernos.
– Y a ti qué te va en ello. Coge lo necesario para el camino y vamos sin perder tiempo. Y a nadie se lo digas, esto será un secreto entre tú y tu rey.
El criado asintió con el corazón lleno de temor, pero nada podía contra la decisión de su amo.
Mientras esperaba el momento de emprender la marcha quiso revivir aquellos momentos, tan viejos ya, cuando supo demostrar que era él la persona indicada y que  no hubo error cuando el Señor decidió elegirlo de entre todos.
Todo había sucedido tiempo atrás, cuando Najás, el ammonita, puso cerco a Yabésh. Najás, que habiéndoles vencido y para humillarlos, decidió sacar un ojo a todos y cada uno de los habitantes, hombres y mujeres, niños y ancianos,  de manera que con esta crueldad supo que atemorizaría a las otras ciudades. Consiguieron tras mucho debate y humillaciones que Najás aplazara la ejecución de la cruel amenaza, y mientras se acercaba el temido momento fueron en mi busca -así lo recordaba Saúl-. Estaba yo por Guibeá y ante mi lloraron y se lamentaron a voces y yo sentí una inmensa pena y gran rabia por su cobardía. Por ello decidí pagarles temor por temor. Cogí una yunta de bueyes y delante de sus ojos los despedacé con mi propia espada. Gritaba yo y daba grandes tajos; la sangre me cubría desde el pelo a las sandalias y mis ojos despedían chispazos de ira para que la hoguera de mi cólera consumiera a los pusilánimes y, cuando acabé, con el pecho agitado como un fuelle, clamé a toda voz:
– Repartid estos trozos por todas las ciudades de Israel. Que se sepa que lo mismo haré con todos aquellos que no vengan tras de mi.
Y los pedazos de carroña podridos por el sol, nidos de parásitos, agusanados como sepulcros apestosos de inmundicia y cubiertos de enjambres de insectos que zumbaban como cohorte de Baal-Zebúd, el Señor de las Moscas, cayeron como un manto de temor sobre el pueblo y todos se apresuraron a venir hasta Bezéq para someterse a mis deseos.
Yo les dije aquel día que para pedir un rey hay que sentirse vasallos y obedecerle, que no todo ha de ser exigir, sino dar, que todos, familias, tribus y pueblos, debíamos andar  unidos y que siempre es mejor ser la punta de la cola de un león que un pequeño ratón de campo.
Y  esta vez, engrandecidos y enardecidos al verse así capitaneados por mi persona, elegida de Yahvéh, los de Israel y los de Judá fuimos hasta el mismísimo Yabés y pusimos en fuga a los idólatras.
A la vista de los resultados, Samuel vio la pasión de su pueblo, que no dejaba de alabar al Señor, y entendió. Sonaron el shofar y el jalil; las muchachas tañeron los címbalos de bronce prendidos de sus dedos; zumbaron los sistros como carracas y todos danzamos en trance poseídos por el Espíritu. Y, allí, en Guilgal, fui proclamado rey de la tierra de Israel.
Entretanto habían corrido los días y Samuel andaba de un lugar a otro dando muestras, sin perder ocasión, de mi designación como rey, a pesar de que, como el mismo reconociera, Yahvéh  no se oponía. Y vino una tarde y me dijo (recordaba desconcertado Saúl) que el Señor me había retirado su apoyo y que le había ordenado buscar a otro hombre como caudillo de su pueblo. Así, sin más ni más. No consintió explicarme los motivos por más que se lo pedí. Él, venga a insistir en que Yahvéh así lo quería y que sus palabras no eran más que una repetición de los deseos de Dios de los Ejércitos, el Sebaoth. No pude sacar una palabra de su boca desdentada que justificara tan tremenda decisión. Tapándose los oídos con las manos, agitando su cabeza una y otra vez, y clamando no, no y no como quien se escandaliza al escuchar palabras de pecado, me dio la espalda y se alejó camino de Guilgal aunque ya las tinieblas estaban cercanas anunciadas por la penumbra y la estrella solitaria de la tarde brillaba en medio del cielo.
Desde entonces pasaron días y pasaron meses sin saber nada del anciano profeta o vidente de las cosas de Dios. Cada uno andaba en lo suyo; unos cuidaban los campos o atendían a los animales; otros recorrían los caminos de Israel para comerciar o visitar a amigos y parientes. En suma, la vida fue discurriendo sin sobresaltos, fueron momentos de paz en medio del temor; ese temor a levantar la mirada del barbecho y divisar en el horizonte las siluetas de amenaza de las gentes filisteas, o amalecitas, o edomitas…y este temor, aunque sin sombras de amenaza anunciadas por el horizonte que persistía en mostrarse vacío de enemigos, tomó cuerpo cuando por el camino del norte se vió avanzar un grupo de profetas en trance danzando con los címbalos, medio desnudos; y al frente de todos ellos llegaba Samuel, renqueante y apoyándose en el báculo, ajeno a todo y con la mirada puesta en el infinito. Las gentes del lugar se agruparon en ambos lados del camino, casi derretido de sol, emborronado y tembloroso por vaharadas del horno que todavía incrementaban más aún, si cabe, los movimientos de aquel cortejo ritual. Avisaron a Saúl: “Viene Samuel y los Profetas le acompañan.” Cuando Saúl llegó hasta ellos, se habían detenido, sin dejar de danzar, a un lado del camino. Samuel se apartó de los místicos bailarines, llevándose consigo a Saúl.
– ¿Qué quieres ahora? – le preguntó éste.
– Yahvéh Sebaoth ha dicho:”He decidido castigar a los amalecitas por lo que hicieron a Mi pueblo”. Ahora, rey, ve y cúmplelo. Consagra al anatema todo lo que ese pueblo posee. No tengas compasión de él, mata hombres y mujeres, niños y lactantes, bueyes y ovejas, camellos y asnos, que ya hicieron mucho daño a Israel cuando subía de Egipto.
– Ahora tenemos paz – replicó mohino el rey. – Esto traerá sangre y llanto. – La mirada de Samuel le fulminó. Todo el pueblo presenciaba en silencio a los dos hombres, pues sobre ellos planeaba el soplo de Yahvéh.
– No hay palabras – replicó el anciano – condénalos al anatema.
A continuación volvió sobre sus pasos para unirse al grupo, que retomó el camino de regreso, más entregados aún que a la llegada a la danza, frenética a hora. Los platillos de bronce sonaron por las colinas y los tambores rebotaron en las paredes de los barrancos. Eran el anuncio de otra nueva guerra.
Hacia el sur, algo apartado de Hebrón, se extendía el Neguev, reseco, atravesado por tolvaneras de polvo que a veces hacían crujir las puertas de madera de sus ciudades, sesteantes en medio del frescor de algún oasis. Allí vivían los amalecitas, gentes del desierto, ricos en recuas de camellos y de asnos y en rebaños de corderos que engordaban pastando por colinas, barrancos y llanadas de claridad enceguedora. Allí, pues transcurrían aquellas vidas, ajenas del todo a los propósitos del Dios de sus vecinos del norte, que ya las había señalado como objeto de maldición, condenándolas al anatema.
Amanecía con lentitud. Por los barrancos próximos a la ciudad permanecían al acecho y ocultos los hombres de Saúl. El silencio y la expectación eran sólidas mantas y las miradas febriles, como siempre que preceden a una batalla de la que nadie sabe si será sobreviviente. Saúl, alto y del cabello del color del trigo camina despacio; sube a la cima del repecho para dominar a las tropas agazapadas y mudas y derrama la mirada por todos y cada uno de ellos, alzando la voz:
– Dios no cuenta el número de enemigos – sus palabras se entrechocan por el roquedal – ¿Hay entre vosotros alguno que haya levantado una casa y no la haya habitado todavía; que haya plantado una viña y no haya cogido el fruto; que haya pedido a una mujer en casamiento y aún no la ha desposado? Si lo hay, que vuelva a su hogar – toma un respiro. Nadie se mueve y nada cambia. Un leve movimiento apenas en aquel, una mirada al vecino en éste. Ni un sólo paso. Parecen hombres de piedra blanca. Continúa pues Saúl: – ¿Hay quien tenga miedo…? De ser así, que torne a su casa, no sea que asuste a sus hermanos.
Luego se gira, alza la espada sostenida por el espíritu de Yahvéh y comienza el ascenso de la ladera. Al otro lado, la ciudad se está despertando. Rebuzna un borrico. Los perros, que han detectado lo inusual, inician un coro de ladridos. Los de Israel lanzan al cielo tranquilo del amanecer una tormenta de gritos, y, a todo correr, descienden ya por la vertiente sobre la que se asienta la población sin murallas.
Y son las últimas horas de la tarde. El pueblo, que amaneció tranquilo, es ahora una carnicería, un horno del que vuela hasta el cielo un humo negro y tósigo que apesta a carne y lana achicharradas, porque en medio del crepitar de la hoguera, el sacrificio ha sido consumado. Por todos lados la muerte planea. Hay como multitud de espantapájaros, quebrantados e inmóviles, de ojos a medio cerrar y mirada detenida; bocas con muecas que parecen risas y son el horror vivo. Los niños están rotos, y como son tan menudos, ha bastado un solo tajo para segarles en dos. Los ancianos están acurrucados y muertos como todos, porque le han vuelto la espalda a la vida y se han dejado traspasar por el bronce, con los párpados cerrados, para no contemplar a los que les cortan el hilo de la vida. Únicamente los hombres derrotados, presentan más de una herida, pues se han defendido con desesperación al contemplar como la mujer, la que esa misma mañana – un tiempo leve las separa – les llevaba el cuenco de la leche recién ordeñada, está siendo aniquilada ahora de un golpe que hasta el hueso sanguinolento descubre mientras la hija, apenas una niña, contempla con estupor, sujetándoselos, como se le escapan de las manos unos intestinos desconocidos y caliente por entre los dedos engarfiados. Todo ha fenecido. Ni los animales han sido respetados, como manda el anatema; tirados están en medio de charcos de sangre, repartidos bajo el humo del fuego devorador.
Pero no han perecido todos. Saúl ha mandado respetar la vida del rey, Agag. Maniatado lo mantienen los soldados en medio del desastre, manchado de sangre, cabizbajo, derrotado. Tampoco han sucumbido los mejores y más cebados rebaños que la tropa arrea sacándolos del espanto que les provoca el fuego. Saúl ha pensado sacrificarlos en el altar de Dios, en Guilgal; sus soldados lo han querido de ese modo y él ha tenido que ceder para no enturbiar la victoria.
La noche ha caído tapando la sangre y los hombres no quieren esperar ya a que un nuevo sol descubra, con toda su crudeza, el mar de muerte que las tinieblas están escondiendo ahora. Abandona el lugar que ya no es ni de llanto siquiera, porque ya no queda nadie para llorar. Se han puesto en marcha, todos en silencio. Son pocas las estrellas que miran abajo y, por encima de las tierras de Edom, va brotando una luna roja que las borra. De vez en cuando rompen la noche balidos de sorpresa en el rebaño que, a tan altas horas, extraña el sueño al abrigo del redil. También se escucha, de tarde en tarde, un tropezón que rueda piedras, un reniego ahogado. Todo lo demás se va quedando atrás.
Las noticias corren; y si son de victoria, unas veces corren y otras se demoran, depende de aquel que las lleva; si es amigo del victorioso, sus pies se hacen de viento; si no lo es, le pesan como si calzara bronce. En esta ocasión Samuel las conoció desde bien temprano, y con todo lujo de detalles por parte del mensajero. Buscó a Saúl y lo encontró en Guilgal, de regreso con sus gentes. Hubiera bastado una mirada para contagiarse del ambiente festivo que no eran capaces de contrarrestar ni  los lamentos de los heridos, a los que colocaban emplastos y cauterios, ni los remedios que provocaban quejidos que ascendían hasta los mismísimos cielos; mas no estaba Samuel para alegrías ni festejos. Mientras buscaba al rey, miraba a todas partes fiscalizando y frunciendo el entrecejo a cada paso que daba.
– Bendito seas – le dijo Saúl cuando por fin se encontraron – verás que ya está ejecutada la orden de Yahvéh.
– ¿Qué son – cortó Samuel con sequedad – esos balidos que vienen a mis oídos, y esos mugidos que oigo?
– Los animales traídos de Amalec, porque el pueblo ha perdonado lo mejor del gandao con intención de ofrecerlo en sacrificio a Dios, aquí en nuestra casa. En cuanto a lo demás, todo ha sido entregado al anatema.
Samuel se llenó de ira, y pateó el cuenco que una muchacha llenaba con el agua de un  odre de pellejo de cabrito, para que Saúl se lavara de sangre y sudores. Tironeó de sus cabellos y puso los ojos casi fuera de las órbitas y vueltos atrás buscando el apoyo del cielo, pues allá los clavaba una y otra vez.
– ¡Basta ya! – gritaba – Yahvéh te ha ungido rey de Israel. Yahvéh te ha enviado por el camino y te ha dicho por mi boca: “Vete y consagra al anatema a estos pecadores amalecitas, hazles la guerra hasta el exterminio.” ¿Porqué no has escuchado a Yahvéh? ¿Porqué te has lanzado sobre el botín y has hecho lo que desagrada al Altísimo?
– ¡No he desobedecido a Yahvéh! – gritó a su vez Saúl, cansado ya de tanta invectiva. – Anduve por el camino que me envió; he traído cautivo a Agag, rey de Amalec; y al anatema han sido entregados los amalecitas. Del botín, el pueblo ha tomado el ganado mayor y menor para sacrificarlo a Dios en Guilgal, no en su provecho, pues sigue siendo posesión de los sacerdotes, únicamente hemos cambiado el lugar del sacrificio.
– ¿Acaso se complace Yahvéh en los sacrificios?
Entonces Saúl dijo lo que nunca debió pronunciar:
– ¿Qué es entonces el anatema? ¿Quién se complace en él, a quién beneficia? – Seguidamente hizo una pausa y comprendió el alcance de sus palabras – …Dejémoslo – Prosiguió arrepentido – Acompáñame a rezar ante el altar. Samuel le miró como se mira a un poseído. Negó repetidamente, ahogándose con el aire caliente y se tapó los oídos. Luego, apartándose, murmuró:
– Sé que estás arrepentido, lo sé, lo sé; pero no iré más contigo, porque has rechazado la palabra de Yahvéh y Yahvéh te ha rechazado a ti para que seas rey de Israel. Y como Samuel se volviera para alejarse, Saúl quiso retenerlo por el manto, que se desgarró. El anciano miró a Saúl, luego al manto roto; lo recogió incrédulo, con tantos miramientos como si estuviera infectado de lepra.
– Hoy – sentenció – te ha desgarrado Yahvéh a ti del reino de Israel y se lo ha dado a otro mejor que tú.
Saúl, que no quiso que el pueblo tragara el acíbar de la amargura que sólo a él le tocaba, le rogó, de nuevo, que le acompañara para adorar a Yahvéh  los dos juntos, ante los ancianos y la muchedumbre de Israel. Accedió Samuel por fin de mala gana, y ambos se encaminaron al santuario que estaba en una elevación. Toda la gente andaba ya reunida para la ofrenda en espera del profeta y del rey. Se escuchaba el mugido del shofar, la trompeta ceremonial hecha de un cuerno de carnero sin mácula; sonaban a los vientos los repiques del tof, y los sones dulces del nebel y el kinnor se expandían por el cielo blanco y brillante hasta las montañas que azuleaban. Samuel los acalló a todos con gestos de cólera mal reprimida y clamó:
– Traedme a Agag, rey de los amalecitas.
Lo trajeron casi a rastras, pues estaba herido de la batalla. Brazos fuertes lo sujetaron sobre la piedra a una indicación de Samuel. Sometido y resignado, exclamó lo amarga que resultaba la muerte mirando al anciano juez. Y éste le contestó:
– Como tu espada ha privado a las mujeres de sus hijos, así, entre las mujeres, privada de su hijo será tu madre.
Pidió que le dieran la más pesada y filosa de las armas y con vigor, impropio de sus muchos años, asestó al cautivo rey amalecita un profundo tajo entre el cuello y el hombro del que brotó un chorro de sangre como de fuente. Y continuó dando golpe tras golpe hasta que el mísero vencido quedó totalmente despedazado, como res destinada al sacrificio.
Y retornando a la noche de la amargura, la de la espera, en tanto llegaban los hombres de confianza que habían de acompañarle al valle de Endor para encontrar a la bruja, Saúl evocaba y sufría en cuerpo y alma, con tanto recuerdo, la ausencia y la necesidad de Samuel y los consejos del anciano muerto, aunque éstos hubieran sido destemplados demasiadas veces. Su miedo no había encontrado consuelo ni respuesta en la interpretación de sus sueños, ni en la consulta de los urim del efod que portaba el sacerdote, ni en las respuestas de los profetas. Quizás la nigromante pudiera convocar al espíritu del anciano arrebatándolo por unos instantes de la profundidad del Sheol. Quizás.
– “Samuel – invocaba Saúl en pensamiento – amigo incorruptible, desde el sacrificio de Agag cada uno de nosotros tomó su camino. Nunca te volví a ver desde entonces y lloré tu muerte cuando lo supe. Tú, aquel día nefando del anatema, te fuiste a Ramah, a tu casa; yo, a la mía de Guibeah, separadas la una de la otra. Me contaron que habías ungido a un pastor de belén de Judá, hijo de Jesé, como elegido de Dios para reinar sobre Israel en mi lugar. Me dijeron, también, que me temías, que me evitabas para escapar a una muerte que jamás pensé darte. Nunca quise cortar tu vida, aunque tú a la mía desde entonces la llenaste de amarguras.
Fue en una de aquellas lejanas jornadas cuando supe de David, el nuevo elegido de Yahvéh, que apareció en ocasión de una batalla (otra más) habida contra los filisteos. Y poco después moriría Samuel.”
Aquella batalla se había originado porque llegó a conocimiento del rey que de todas sus ciudades, los filisteos mandaban columnas de soldados que se estaban concentrando entre Soqó y Azeqá, con intención de adentrarse por el desierto para amenazar a los israelitas. Saúl una vez más para que abandonaran cayados y azadas, mujeres, hijos y huertos a medio trabajar, y que una vez agrupados y organizados deberían tomar el camino del valle del Terebinto, cercano a las posiciones enemigas. Desde Belén, donde se habían congregado, partieron al amanecer hacia su destino. Pasaron el valle casi al poniente de Belén y, casi siguiendo el curso del sol, treparon las altas montañas y cruzaron el desierto atravesando un mar de grandes olas petrificadas de blancura cegadora, que hería las miradas, hasta alcanzar un desfiladero considerado puerta de entrada de Judá. A partir de allí, descendieron por lomas, en las que ya crecían algunos árboles raquíticos, perdiendo de vista los barrancos invadidos de derrumbes a los que llamaban casa pedregosa de la aridez, y luego, por fin, avistaron el valle, que discurría entre dos elevaciones enfrentadas, con un torrente medio seco y orillado que serpenteaba por su fondo. Cuando a media tarde ocupaban la cima y laderas del monte, el sol iba descendiendo a sepultarse en el lejano mar, más allá de la llanura de Sharón, fértil de vergeles y palmeras, teñidos de un anaranjado resplandor que pronto habría de apagarse. Al otro lado, en la distancia, alcanzaba a divisarse el movimiento del campo filisteo. Entre ambos bandos, el valle del Terebinto y su arroyo se mostraban plácidos y tranquilos, aún con la presencia de los hombres que habían puesto en fuga a los chacales y leones que en ellos tenían su agreste morada. Antes de que el velo de la noche descendiera, instalaron el campamento y encendieron los fuegos.
Transcurrida la noche en la espera, el alba helada de los desiertos se saturó de luz tenue y de aromas de hierbas silvestres con el aire de un nuevo día, que volvería a ser tórrido. La suavidad del amanecer se iría tornando en ráfagas cada vez más encendidas y bochornosas. Mas ya con las primeras luces, ambos ejércitos estaban alineados siguiendo los perfiles sinuosos que separaban cielo y tierras. Pronto irrumpieron los carros de guerra. Con tremendo estrépito maniobraron por el corazón del valle levantando nubes de polvo, relinchos, gritos y aldabonazos de metal contra metal. Era aquella una exhibición premeditada de poder con la que pretendían atemorizar al los de Israel que apenas portaban algo más que espadas, escasas picas y escudos de cuero como defensa.
El sol se iba elevando calentando yelmos y corazas y encendiendo, también, la sangre en las venas de los hombres. La tensión crecía en espera de la orden de ataque, y entre las filas se palpaba la inquietud: el sudor cegaba, se agitaban los pechos como fuelles…en esto, y en lugar de la esperada voz que había de provocar toda una avalancha de hombres con la sola idea de herir, de cercenar miembros, de hendir cuerpos, se hizo un pasillo entre la masa de filisteos que dio paso a un guerrero gigantesco, el cual avanzó como una pesadilla hasta el centro del llano. Era descomunal, pasaría más de cuatro palmos al más alto de los de Israel. Su coraza, de escamas, debía pesar lo que un ternero bien cebado y, aún así, se movía con gran ligereza manejando una laza tan recia y larga como el enjullo de los telares, donde se enrolla la urdimbre. Plantado cerca del arroyo dejó oír su voz que era como de trueno:
– ¡Eh, los de Israel! Escoged a un hombre para que pelee contra mí. Si me mata alguno de vuestros valientes aceptaremos serviros. Si yo le mato, vosotros seréis siervos de nuestra nación. ¿No hay de entre todos vosotros uno sólo capaz de aceptar mi reto?
Cundió el miedo entre los israelitas. Los de las primeras filas retrocedieron con disimulo y no acertaban a mirarse entre ellos; y por el contrario, risas desenfrenadas y un gran griterío recorrieron la masa filistea de uno al otro extremo. El gigantesco guerrero agitó su lanza con ademán de lanzarla, y los de Saúl retrocedieron abiertamente ahora, formando claros allí donde calcularon que podía venir a estrellarse.
– Soy Goliath de Gath – amenazó el gigante haciendo el amago violento de correr contra los más cercanos, que huyeron despavoridos.
El hombretón de Gath, el llamado Goliath, repitió los conatos de persecución y las muecas terroríficas; se paraba y, volviéndose hacia sus camaradas, disfrutaba viendo como coreaban sus burlas.
Entonces sucedió lo increíble: por uno de los montículos y abriéndose paso entre los suyos, un muchacho, apenas poco más que un niño de larga cabellera, descendió hasta el cauce y fue a colocarse a menos de veinte pasos contados de Goliath. El silencio y la sorpresa se adueñaron del valle. Su voz replicó, segura y firme:
– Yo combatiré contra ti.
El momento de estupor que siguió lo aprovechó Saúl sin perder un instante. Mandó a Jonatán, su hijo, a enterarse de quién era aquel y de qué pretendía. Al poco volvía Jonatán sudoroso:
– Dice – explicó – que cuidando sus rebaños ha dado muerte al león y al oso que se atrevían a quitarle los cabritos. No siente ningún temor del gigante filisteo, pues asegura que éste ha ofendido a Yahvéh y que Yahvéh dará fuerza a su brazo.
Saúl estaba anonadado, no acababa de creer que, de entre todo Israel, sólo aquel pastor estuviera convirtiéndose en el único adalid con agallas de todo su ejército.
– Dadle al menos una coraza – sugirió.
– Ya se la ofrecí y dice que no la quiere; asegura que le entorpecería.
– Sea, pues, y que Dios disponga – aceptó Saúl – . ¿Sabes quién es?
– Dice llamarse David y ser de Belén, de la tribu de Benjamín.
Y mientras el hijo informaba al padre, el joven pastor, llamado David, sin precipitarse, con la misma parsimonia que pondría en buscar las piedras con las que arrear las ovejas, eligió varios cantos rodados del río y cargó su honda sin preocuparse lo más mínimo en mirar al adversario ni un solo instante. A continuación, y andando como distraído, la hizo girar sobre su cabeza. En el silencio absoluto resonó el zumbido cortando el viento; siguió un agudo y corto silbido que cesó bruscamente en el momento justo en que la piedra se incrustaba con un crujido bien perceptible justo en medio de la frente de Goliath. De momento, todo pareció quedar en suspenso y nadie se movió; luego; tan sólo unos segundos más tarde, el hombretón cubierto de bronce de pies a cabeza, se desplomó al igual que un árbol derribado por el hacha, y tan fuerte fue el golpe, que levantó el polvo de la tierra. El pastor David se acercó al caído y vio que la muerte le había entrado por entre los ojos y que la piedra le había destrozado el hueso. Se inclinó, y con esfuerzo, puesto que era muy pesada para su tamaño, extrajo la espada del guerrero muerto; la elevó lentamente y, como un rayo que fulgura un segundo, la dejó caer: la tremenda cabeza del filisteo quedó separada del cuerpo de un único tajo.
No hubo ningún clamor. Todo fue asombro en uno y otro lado. Pero cuando la alzaba y se vieron sus ojos desorbitados y el gotear de sangre del cuello cercenado, se desató el frenesí. Gritos, vítores, lamentos y carreras llenaron el valle. También se vio al enemigo en desbandada, lo que los de Israel aprovecharon para perseguirlos sin cuartel. Tras ellos fueron hostigándolos, desde Saaráyim hasta Gath y Eqrón.
“Fue con ocasión de la gran gesta del Terebinto como conocí a David. Él y Samuel determinaron el curso de mi vida; una vida que se me acaba por un designio superior que todavía en estos instantes finales, soy incapaz de comprender. Mientras mi pueblo despierta del sueño, para vivir o morir sin tener certeza de hacia que lado caerá la balanza del destino, voy a beberme una copa de vino, la última que consuma; la apuraré hasta los posos aunque sé que va a saberme a vino amargo y agriado. Ya no será un placer como siempre lo fue en aquellos días de amor y embriaguez; ahora será la forma de tragar todo el veneno que a lo largo de los años me ha estado emponzoñando vida y alegría. Han sido meses y meses de dolores acumulados y enquistados en el alma por no saber dónde estuvo mi error o mi grave falta (que demasiado grande tuvo que ser para que el Señor me sentenciara y negara su apoyo). Mi pena por ello es vasta y desoladora, como el desierto.
Después de la batalla del Terebinto llamé a David a mi casa y le amé como a un hijo entre mis hijos. Le dí como esposa al más dulce y hermoso de los frutos de mi simiente, la delicada Michal, rosa oscura y perfumada; la de los párpados sombreados, la bella entre las bellas de las hijas de Israel. David me sirvió bien y me alegró de la melancolía tañendo el kinnor para mí, pues era consumado en este arte, del que sacaba notas dulcísimas que alejaban el malestar que invadía, con negras sombras, el interior de mi cabeza, haciéndome escuchar esas voces que me asustan y que me impiden dormir profundamente, o que me fuerzan a huir a la soledad porque es cuando se aprovechan y me cercan; esos rumores y lamentos que únicamente yo escucho, y que transforman mi mente en receptáculo de los horrores del Sheol, y que vinieron a visitarme como castigo y a invadirme en el instante en que Yahvéh me negó por boca de Samuel. Tal horror ha ido creciendo y creciendo desde entonces, sin abandonarme. David, con su música y el hondo sentimiento con el que la creaba, me sirvió de consuelo para alejar los negros susurros y mandatos que provenían de las tinieblas. Ahora él no está y ellos arrecian. Pienso si estaré volviéndome loco. Cada vez necesito más del bálsamo de aquellas melodías de entonces.
David nos abandonó pasado el tiempo, porque las gentes, que siempre están predispuestas a poner su amor y confianza en lo nuevo, aunque no lo conozcan, comenzaron a decir a modo de burla aquello de Saúl mató a sus miles, David a sus diez miles.
Hago memoria de aquello y entiendo que no pude soportarlo, y menos todavía cuando supe que Samuel había ungido a David como rey. Crecieron mis celos y hasta intenté matarlo con ocasión de uno de esos temibles vociferios que atosigaban mis horas oscuras; por suerte erré con mi lanza, que fue a clavarse en la pared. Hoy sé que mis hijos Jonatán y la dulce Michal le ayudaron a escapar con engaños. Jonatán, dándole mensajes con sus flechas para avisarle de mi ciega ira, y Michal, colocando como engaño un terafim en su lecho para hacer creer que el ídolo era el cuerpo dormido de David, cuando le buscaban mis soldados.
A lo largo del tiempo él no ha cesado de darme pruebas de su afecto y su nula intención de atentar contra mi persona, aunque le han sobrado ocasiones. Me ha perdonado y yo no puedo decirle que yo no tengo nada que perdonarle: eso forma parte de mi castigo y de mi pena.
Veo como la palidez difusa del alba recorta los perfiles duros de las montañas al otro lado del Jordán, en las tierras lejanas por donde se eleva el Hermón. Y no sé como he sido capaz, esta misma noche que se agota, mientras el descanso desmayaba los cuerpos, de pedirle ayuda a la muerte encarnada en el espectro de Samuel…”
Y es que apenas horas antes, Saúl se decidió a afrontar las cosas cara a cara, cuando el cansancio se hacía reposo en los músculos emborrascando las mentes. Casi todos dormían, menos los centinelas y los perros, nerviosos por el olor a fiera prendido en las piedras del monte. Cuando advirtió la presencia de los dos hombres que iban a acompañarle, Saúl se despojó de sus atributos reales y vistió pobres ropas, pues llegar a Endor, efectivamente, no carecía de peligros. Había que disimular con un disfraz que se asemejara a la vestimenta de los del norte.
Salieron evitando despertar a la tropa y tomaron senderos que descendían hasta la feraz campiña de Jezrael. Pronto dejaron atrás el campamento. Avanzaron con el oído atento para evitar toparse con alguna patrulla filistea, aunque no era probable: el rey Akís, seguro de su victoria, y una vez terminados los festejos, habría mandado descansar a los suyos y, seguramente, no habría previsto otra seguridad que la de establecer escuchas nocturnos alrededor de su vivac en Sunem.
Bajo los palmerales cantaban grillos y croaban las ranas de los estanques y charcas. La luna, quieta en medio del cielo, jugaba a esconderse entre nubes veloces, sorprendiendo a los viajeros cuando menos lo esperaban con una luz cruda y diáfana que les obligaba a detenerse y escuchar, ya que estaban justamente entre Bet-San, escondida dentro de sus oscuros muros, y Sunem, la Blanca, y cualquier campesino podía dar la voz de alerta.
Apenas levaban una hora de camino y aun les faltaba otra para llegar al objetivo. Se crecía por delante la masa sombría el monte Moré, que ocultaba a sus espaldas, y más al norte, al estrecho y siniestro valle de Endor. De manera, que acelerando cuando las sombras de las nubes ensombrecían la tierra y deteniéndose cuando reflejaba resplandores, llegaron al final de los campos fértiles y traspasaron la falda rocosa oriental del Pequeño Hermón. En ningún momento hablaron a lo largo de senderos y trochas; no era necesario, cada uno sabía qué hacer a cada paso. Alcanzaron sin resuello un collado que descendía hacia lo incierto. Por su fondo, sumido en ciegas umbrías proyectadas por escarpas y paredones, se agrandaba la penosa  impresión de estar sumiéndose en un precipicio sin fondo. Bajo los rayos solares nunca dio sensación tan tenebrosa. A Saúl, que lo había contemplado muchas veces y a distintas horas, incluso le había parecido tremendamente hermoso con la gloria refrescante del mar de Kinneret abriéndose por detrás de sus riscos abrasados.
Ayudándose con manos y pies descendieron hasta un torrente seco flanqueado de paredes horadadas, recinto de lo oculto y refugio último de los que tratan con el misterio y con la muerte. No resultaba fácil orientarse en aquel laberinto de derrumbes y oquedades. El miedo inconsciente a lo sobrenatural, que habría inundado el alma de otro menos templado que Saúl, despertaría el deseo de abandonar tan triste paraje en cualquier otro, pero en el rey no existía lugar para temores; deseaba ardientemente enfrentarse al enigma de lo desconocido, y a encontrar las respuestas, aún a costa de tener que descender a lo profundo, en cualquier sentido.
– Allí es – musitó uno de sus hombres -; lo recuerdo bien. Mirad, Señor, la forma de calavera sobre la entrada de la cueva.
– Quedaos fuera y no entres si no te llamo. – Le ordenó.
Endor era, sin duda, el antro del misterio y la cueva, la puerta del inframundo. Nada más superado el desnivel, resbalándose en la tierra suelta, y después de trasponer el agujero que hacía de entrada, le ofendió un hedor de pudridero. Apoyándose en las paredes, tan estrechas como las de una tumba, caminó hacia un resplandor muy tenue de fogata, que titilaba en el fondo. No sin esfuerzo, cuidando no perder pié en la bajada del túnel, consiguió desembocar en un espacio regular y llano perforado de agujeros sin fin que se perdían en el secreto de las sombras. Junto a una hoguera moribunda la figura esperpéntica de un trasunto de vieja medio se alzaba sobre el codo brotando como un harapo entre harapos. Era la fealdad misma, la malignidad en los ojos y foco del hedor, que la trascendía. Un perro que dormitaba a su lado, confundido con tanto andrajo pestilente, se incorporó con destellos en la mirada. El hocico fruncido mostraba los colmillos y el gruñido creciente presagiaba la amenaza. Aquel despojo, (que fuera alguna vez una mujer) siseó como una serpiente, soltándole un patadón al animal para obligarle a callar y encogerse. La bruja se le encaró; estaba medio desnuda, con una desnudez ofensiva de piel escamosa y mugrienta de suciedad en sus lacios pechos, vacíos y arrugados al aire; parecía un híbrido de reptil y cabra, con algún cruce de bicho carroñero.
– ¿Para qué me buscas? – interrogó con voz profunda que no correspondía en absoluto a su apariencia.
– Quiero – pidió Saúl – que me adivines el futuro evocando al muerto que yo te diga.
– Saúl, el rey – replicó la vieja – suprimió de esta tierra a los nigromantes y adivinos. Porqué me tiendes una trampa, quieres acaso que pierda la vida?
– Te garantizo la vida, mujer. Ve a lo tuyo.
La vieja asintió. Dejó caer sus brazos inertes a los costados, mirando al techo ahumado de la cueva con los ojos en blanco. Un apreciable temblor la sacudió de pies a cabeza y al hablar entró en trance. Su voz adquirió tonalidades resonantes de piedra que rueda:
– Sé quién eres, Saúl. Dime a quién he de llamar; su nombre es necesario.
– Invoca a Samuel. Tú sabes como yo que está muerto.
La bruja no se había movido. Ahora se diría que miraba a Saúl con los ojos vueltos, como globos amarillos. A continuación se acercó hasta una de las paredes de la cueva y con los dedos engarfiados arañó la tierra suelta. Poco después conseguía abrir un agujero del que sacó puñados de huesos en podredumbre, pues la cueva no era más que un enterramiento con nichos excavados en las paredes y cegados con piedra seca, de ahí la pestilencia y la corrupción del aire irrespirable. Cuando volvió sobre sus pasos, arrojó parte de la macabra ofrenda al fuego que humeó hediendo, y el resto lo fue lanzando a un agujero, al brocal de pozo semioculto   junto a la yacija de la hechicera. que Saúl no había visto hasta entonces,
– Ven, Mot – comenzó a salmodiar -; tú, dios de los muertos, infernal y terrestre, guiador en la oscuridad, rey de la noche, enemigo del sol, amigo y compañero de las tinieblas en la madrugada; tú que te alegras con el aullido de los perros que ladran a la muerte, con la sangre derramada con violencia; tú que andas errante cerca de los sepulcros sediento de lo que se pudre, terror de los mortales que te evitan y temen. Yo te mando: arranca del Sheol el cuerpo de Samuel que fue nabí de los de Israel. No te niegues, Mot, o de lo contrario escupiré y mearé sobre tu imagen que tengo envuelta por sudarios arrancados de los sepulcros. ¡Tráelo ahora! El rey de Israel espera tu benevolencia.
Del fondo del agujero comenzó a brotar, después de la imprecación, una barahúnda lejana de ayes y lamentos. Aquel era el sonido del Sheol, cuya puerta había sido franqueada por el conjuro y que elevó hasta la cueva los sufrimientos de los sepultados en su desconocida inmensidad. El espacio se llenó con la esencia del mal, con los rumores de un mundo ajeno a los hombres y al mundo de la luz.
Empujado por el tumulto de las almas enterradas en aquella miseria, emergió lentamente una figura. Era representación del horror mismo en toda su descarnada realidad, a medio cubrir por una mortaja medio disuelta con la piel y la grasa adheridas, impregnada de humores chorreantes, un criadero agusanado de lo que puede la muerte.
Aquello alguna vez fue un cuerpo humano, ahora, aún conservando los rasgos de aquel que fue, aparecía como la imagen del tiempo cuando se alía con la muerte: Samuel había regresado de entre los muertos por obra de las potencias nocturnas.
Todo se había borrado de la mente de Saúl, excepto la presencia del espectro. No hubiera podido asegurar si le miraba, porque carecía de ojos y en su lugar aparecían dos cuencas vacías, rezumantes. En cambio la voz resonó clara y bronca, y no provenía de su boca, sino que nacía del fondo del agujero.
– ¿Porqué me perturbas evocándome?
El miedo, que era como una sierpe que estrujara la garganta de Saúl, apenas le permitió balbucear:
– Porque mi angustia es muy grande; los filisteos amenazan a nuestro pueblo y Dios no me escucha ni por los profetas ni por los sueños. Por eso te he llamado.
– Ya te lo advertí, el Señor te abandonó y se cumplió su mandato: arrancaría el reino de tu mano y se lo daría a otro. Olvidaste la norma del anatema contra Amalec que era objeto de su ira. Es por ello que hoy te trata de esta manera. Israel será entregado a los filisteos y mañana tú y tus hijos estaréis conmigo, ahí.
Señaló el borde de la sima, y por el fondo arreciaron las voces. Eran como gritos acuciantes de llamada.
Saúl no pudo resistirse al terror. Intentó buscar apoyo, y al faltarle, se derrumbó contra el suelo privado de sentido.
*                *            *
Llegada la hora del infortunio, todo se había consumado; faltaba el fin, el cumplimiento exacto de las premoniciones dictadas en la cueva de Endor. La sangre de Jonatán ya se la estaba bebiendo la tierra y la de su hermano Malquisuá era un borbotón constante, mientras que la del otro hijo, Abinabad, que yacía junto a unas rocas, era dispersad por las ruedas de los carros enemigos que lo iban aplastando repetidamente en sus carreras, en medio de coros e alegría cada vez que uno acertaba de pleno. No había sido mejor la suerte del resto de las tropas; aquel que todavía no había sido víctima del terror filisteo, huía con el corazón galopante en la garganta, buscando la salvación por las cumbres del Guilboá. Y al pié del mismo, en medio de la alfombra de muerte, escasamente defendido en un hueco del roquedal, Saúl culminaba los últimos segundos que la vida le estaba concediendo. Herido por media docena de saetas que ya ni intentó arrancarse, pudo advertir que el enemigo cerraba el cerco para no concederle ni la más leve oportunidad de escape. Deseaban capturarle vivo, pues había escuchado gritos advirtiéndolo; pero no, él no se dejaría atrapar. Por unos momentos le fue dado contemplar su propia imagen: maniatado y arrastrado tras el carro de Akís, en medio de mofas y pedradas, y decidió que nunca sucedería tal cosa. Reuniendo todas sus fuerzas, escasas para entonces, y apoyando el pomo de la espada en la piedra, con la hoja ensangrentada frente al vientre hiriéndole las manos, miró alrededor un último instante para llevarse la marca de fuego de su destino incomprensible, dejó fluir unas lágrimas y, poniendo toda la fuerza que restaba en su cuerpo cansado, empujó y se atravesó de parte a parte.
Todo fue visto por aquellos que le cercaban. Había fallado la consigna de prenderlo vivo. Unos acudieron para ensañarse con ira, y otros buscaron al rey Akís para darle la nueva de la muerte de Saúl por propia mano.
Al atardecer de aquel día el cadáver de Saúl, junto con los de sus tres hijos, pendían de los muros de Bet-San, y aunque ya eran despojos irreconocibles, la muchedumbre arracimada los lapidó con saña y hasta la extenuación. Con la noche llegó el abandono humano, que cedió su lugar a los perros hambrientos que husmearon lo inalcanzable gimiendo, saltando y arañando el muro con sus zarpas, hasta que finalmente, cansados, se enroscaron para dormir debajo de un frustrado banquete que antes había sido pasto de miríadas de moscas. De entre los cuatro cuerpos, el de Saúl había sido mutilado y su cabeza paseada por las calles de las ciudades filisteas y las armas de todos acabaron como ofrenda en el templo de Ashtart.
Poco tiempo permanecieron aquellos cuerpos aniquilados en el escarnio de la exhibición y en la condenación vorazmente destructiva del sol y los vientos; los habitantes de Yabés y Galaad, consternados por el agravio y avergonzados de saber que los despojos de su rey pendían como piltrafas en los muros de los adoradores de Baal, se arriesgaron y los descolgaron aprovechando una noche de vientos ululantes como alimañas, que puso el temor en los espíritus de los betsanitas los cuales, atrancando las puertas, se habían recluido por los rincones, bajo llamas temblorosas.
Al día siguiente, rodeados de los suyos, los restos de los hijos unidos con los del padre ardieron en la pira de Yabés y sus huesos fueron enterrados bajo un tamarindo en sazón.
No acabó, con todo, la deuda contraída por Saúl, aquel que habiendo sido escogido por Dios, fue también condenado por Dios, y con él, su descendencia. David, que para entonces  hacía ya tiempo era rey, cedió ante Yahvéh y los gabaonitas (que no eran de la raza de Israel), y se prestó a satisfacerlos en sus antiguos deseos de venganza. Estos últimos pidieron que se les entregasen los vástagos de la rama de Saúl para hacer justicia de viejos pleitos y David los prendió y los puso en sus manos. Siete fueron: dos hijos de Saúl y Rispá, la concubina, llamados Armoní y Meribaal, y con ellos cinco nietos, hijos de Merab, hija de Saúl.
Conducidos a Guibeah por los gabaonitas, fueron despeñados por desde el monte por ser hijos e hijas de los hijos de la desgracia.
Concluída la venganza y casi aniquilada la sangre del primero de los reyes, un arrepentido David arrebató a la tierra los huesos de Saúl y Jonatán, de entre las raíces del tamarindo frondoso de Yabés, y reuniendo todos los despojos del tronco de Saúl, fueron, por fin, sepultados en Selá, en el sepulcro de Quis, padre del rey desventurado.
*******************

 

FIN

 

 


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Una respuesta a “La larga noche de Endor (ilustrado)

  1. Querido amigo:
    Siento muchísimo no haber podido visitarte tan a menudo como hubiese querido, pero hay períodos en el tiempo que te lo impiden. No obstante, sigo siendo tu primer admirador por ese maravilloso y único trabajo que realizas. Sigues siempre superandote, lo cual es dificil.. Recibe un fuerte abrazo de tu amigo lejano
    Luis Irles (El farero del fin del mundo)

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