La cantina

LA CANTINA

© 1994

Apenas me quedan dudas de que ese sentimiento recurrente y odioso contra la muerte estúpida que se auto inflige en soledad y con desesperación, me nació con la noche africana. Por aquel entonces, andaba desterrado voluntariamente —había ido por mi exclusivo gusto— en aquel paraje del desierto, con cuatro palmeras por dosel, piedras que se rompían del calor bajo los pies y con arena hasta en los dientes. Y estaba, también, en compañía de increíbles noches frías con estrellas luminosas que tiritan esparciendo luz fosforescente sobre dunas interminables o sobre la hamadas aulladoras, en las que todo parece alcanzarnos mientras aguzamos el oído en busca de los rumores que susurran los yinn, esos genios que dicen fueron creados por “el fuego de los vientos abrasadores”.

Allí se bebía por aburrimiento. Era un rito nocturno en la cantina de adobes pegada y amparada por el recinto de la muerte: la tapia blanca del mínimo cementerio invadido de arenas y por soldados muertos en una guerra nunca declarada. Allí, a su sombra de luna, estábamos todos: los desterrados voluntarios, los desterrados por órdenes escritas en sobre un papel, y los otros, los desterrados auténticos que purgaban sus delitos en una prisión sin puertas. Entre éstos había de todo, como en botica. Recuerdo a uno, un desesperado más entre la turba de desesperados, que, navegando en los contornos de una borrachera aún sin límites, me decía entre las bascas del asco acumulado en su alma, figúrese, lo suyo apenas vale en calidad de sangre familiar, su padre fue un extraño a su madre y, en cambio, en la mía se da la mayor pureza, pues me parió mi hermana de mi propio padre, sí, no le extrañe, de aquel mismísimo hijo de puta. Y escupió casi en mis botas entendiendo, quizás, que autoridad por autoridad venía a ser lo mismo escupirle a aquel, que al que tenía delante. Con esa carga, insinuó el infeliz aquella madrugada, empezó a rodar por su propia pendiente cada vez más y más abajo, hasta hacer parada y fonda con todos los gastos parados en aquel presidio de arena donde no hacían falta cadenas, con las del miedo se suplían las otras, ya que a todos alcanzaba el rumor, contado y escuchado y otra vez contado y extendido durante las velas de la noche o en el descanso del trabajo, de las maldades, humillaciones y torturas mentales que propinaban las tribus rebeldes a los prisioneros. El miedo se comportaba así como la más poderosa de las cadenas, más recia todavía que los grilletes de hierro. A pesar de ello, los había que no terminaban de creerlas, robaban un fusil como visado de entrada y se adentraban en los dominios de un sol de condenación que borraba los perfiles del horizonte para poner los suyos propios a manera de espejismos con rocas, lagunas y reflejos engañosos de frescuras inalcanzables.

Beber por beber. No, no era eso; nunca se hace nada por nada; y en mi caso, cuando llegaba la sed —la sed inacabable de todos los sáharas— la recibía y la aplacaba con propósitos fantásticos tarde tras tarde; cuando la monotonía era como un martillo pilón que te clavaba en el suelo hasta el cuello; cuando veías llegar hasta tus mejillas el escorpión rastrero e indeciso del aburrimiento; cuando las nubes de moscas reales te invadían las fosas nasales o los extremos húmedos y emblanquecidos de los labios agrietados, y tú, sin poder mover los brazos, prisionero. Entonces cedías. Y entonces transformabas muchachas nómadas con olor a cabra en huríes de inconcebible belleza, como aquellas que cuentan paseaban las estancias del Castillo de Alamut. De tal manera, que con el helado contacto del vaso en la frente ya no pensabas tanto en los destellos del sol: ya estabas recluido en las verdes umbrías y te hacían sombra los párpados de negras pestañas de las beldades imaginadas. Y, de momento, no tenías necesidad de tumbarte sobre el camastro de tu cuchitril con los brazos abiertos como un crucificado, ni de encogerte como un feto en el último rincón para combatir, inmóvil y como una presa amenazada, al diluyente siroco inmisericorde. El caso era anularse y fantasear, evitar en lo posible el calor de bola encendida que pasaba de confín a confín. Por ello esperábamos al crepúsculo. Con suerte, llegaba radiante, con tibiezas de brisas. Y cuando esto sucedía, estallaba el cielo con alardes de escenografía de película antigua mientras las sombras iban envolviéndote e inundándote de azul por dentro. Veíamos, entontecidos, como saltaban locas de contento las gacelas y cómo las moscas emigraban detrás del sol.

Y la cantina… nuestra cantina; muy democrática, hasta donde permitían las ordenanzas y que no pasaba de ser un refugio oscuro (¡qué bendición!) con paredes de adobe y techado con tablas de embalajes. Si levantabas la vista te hacías un largo inventario de marcas de ron, de cervezas o de manufacturas japonesas que, vía Canarias, daban colorido de viejo oriente al chamizo. Si buscabas un lugar donde acodarte tenías que hacerlo en el mostrador de cemento abrillantado de tanto codo y tanto sudor; y si de sentarse se trataba, pues, al banco corrido, también del mismo cemento y más brillante todavía. Penumbra y humo daban ambiente, aunque nada parecido, desde luego, al del Rick’s, <<Café Americaine>>, pero se hacía lo que se podía en versión original y autóctona iluminándonos con apestosos faroles belgas que recortaban los cuerpos como aristas. Iba mucha gente, casi toda uniformada y polvorienta, pues era barato, lo que suponía una total antítesis del de Casablanca a pesar de su relativa proximidad geográfica. También nos visitaban los prospectores del petróleo. Nunca lo entendí ni tampoco les pregunté la razón de que prefiriesen lo nuestro a sus rulotes, delicias de aire acondicionado y reservorio de exóticas conservas de todos los puntos del globo. Algo debía de impregnar la atmósfera de nuestra cantina cuando todos recalaban en ella; probablemente la carga de humanidad, de calañas y estilos tan distantes, tan diversos; seguramente, la carencia tácita de separaciones, aunque cada uno se mantuviera más o menos dentro de su grupo, pero sin evitar los trasvases, que se producían sin asperezas cuando a cada cual le daba la real gana de andar brujuleando enterándose de cosas.

Aquella noche apareció gente nueva, una tanda de veteranos marineros desembarcados para cumplir los trámites de una muerte que los había cogido por sorpresa en plena maniobra para la descarga: un colega se había descerrajado un tiro en el momento justo de tocar fondo con el ancla en el atracadero de la playa. No necesitaron transportarlo hasta un próximo puerto: nos lo dejaron allí. Y fue una suerte para ellos no tener que velar horas y horas midiendo los pasos del muro escuchando las voces de alerta de los centinelas a lo largo de la alambrada. Así que para aquella comisión de compañeros, la cantina fue un hallazgo casi a pie de tumba.

Cansado, cuando ya la garganta precisaba del soplo puro que se deslizaba de un horizonte a otro de la noche, dejé el tumulto para buscar el apoyo de la pared del cementerio siempre sosegado, aunque sin conseguir dejar de escuchar las voces reverberando en sordina a la vuelta de la esquina. Había salido para aclararme la mente y para no tener que vomitar en ninguna espalda. Me sentía tenso, y mantenía los ojos cerrados ignorando la intensa vibración del cosmos, ajeno de todos nosotros, que se explayaba en todo lo alto. Absurdamente me concentraba tratando de cazar las voces y los mensajes de los yinn misteriosos, cuando escuché los pasos que precedieron a la figura alta y desgarbada del teniente médico Parra, el buen amigo, burlón siempre y con un ramalazo incorregible de poeta. Muchos ratos perdimos o ganamos, según soplara el viento de las confidencias en las horas libres, abriendo ventanas a la vida para dejar entrar aires nuevos. Buscábamos siempre el oasis de las palabras en el desierto monótono del quehacer cotidiano. Él, y muy en serio, respetaba la fantasía de las mentes imaginativas, pero considerándola un juego muy peligroso cuando se adobaba con el añadido de las botellas; por eso nunca traspasaba el umbral de la cantina. Abominaba del embrutecimiento de las ideas geniales conseguidas a golpe de alcohol o de humos soñadores. Exageraba a veces. Por eso me chocó verlo llegar y no supe relacionar su aparición con la muerte que anidaba a pocos pasos.

—Espérame —me dijo a modo de saludo—. Te voy a necesitar.

Entró esta vez en la cantina. Minutos después salía con uno de los marineros sin nombre y con el comandante. Hablaron unas pocas palabras que no alcancé a escuchar y se separaron. El marinero y el jefe del puesto volvieron al tumulto que trascendía del portalón poblado de siluetas oscuras.

—Vamos —dijo.

—Adónde.

—Me ha tocado en el turno de forense. Nos espera una autopsia en esta dulce y cálida noche del desierto —ironizó, y echó a andar cargando el maletín. Siempre lo llevaba, parecía una prolongación de su mano, una excrecencia natural, todo un miembro creado por la función.

—A mí, por qué… —le dije poniéndome a caminar detrás de sus zancadas de tipo alto y bastante desgarbado.

—Y por qué no. ¿Has estado en muchas? ¿Tienes miedo?

—Ninguno.

—Pues, por eso.

Torcimos en la primera esquina. Al fondo, en la llanada, dormía el hacinamiento

de tiendas tribales con algún resto todavía de fuego y de voces apagadas. Giramos en la siguiente, bajo las sombras. Junto a la verja de hierro se alzaba el alto cubo rematado con la bóveda en forma de huevo, aunque coronado por la cruz en vez del creciente musulmán; allí no había enterrados mas que cristianos. La puerta estaba abierta. Dos hombres —marineros en vela— fumaban en silencio. Saludaron en voz baja, como con respeto para el muerto.

—¿El médico? —indagó uno de ellos.

Parra asintió y no dijeron nada más. Reanudaron su paseo y los dejamos atrás.

Dentro era la oscuridad con volúmenes difusos apenas discernibles. Parra encendió varios faroles y después trató de ayudarse dándole a un interruptor que no sirvió demasiado: la pobre bombilla llenó de luz fría la calidez de las llamas. Entonces fue cuando lo vi, desnudo, grisáceo, cubierto de vello oscuro y tremendamente abandonado sobre la repulsión que provocaba una estrecha mesa de mármol, el mayor manifiesto y pedestal de aquella tragedia: la del hombre sin nombre que voluntariamente ha puesto fin a su vida, ¿con asco acaso de haberla vivido? Pregunta sin respuesta, querido Parra; tú que te preparas para sajar, para hurgar y bucear en las entrañas de un hombre, no podrás responderla aunque le abras el cerebro con tu escalpelo. Lo que tú haces, lo que vas a hacer, lo que ya estás haciendo ya, no es mas que trabajo de carnicero. Ya hablaremos, ya, horas si quieres. A ver, entonces, qué me vas a decir de mis fantasmas, como tú los llamas.

Mirando, sorprendido, le vi ahondar la incisión que lo abriría desde el pecho al pubis respetando al sexo engendrador de hijos. Aparté la mirada, sin aprensión, con una especie de decoro nacido no sabía dónde. Tenía los pies limpios, de uñas grandes. Me fijen ellos especialmente después de un momentáneo vistazo sobre su cabeza canosa de rostro sereno, que no me resultó demasiado extraño y en el que no se advertía la más leve muestra de miedo ni de sorpresa. Había un minúsculo agujero encima de su oreja izquierda. Constaté que en las piernas había residido toda su fuerza y que ahora estaban reducidas al relajamiento total. Rellenas por una vida de trabajo y de equilibrios sobre la bamboleante cubierta de muchos barcos; ahora la laxitud ganaba la partida.

Para no encontrarme inesperadamente con un interés morboso escondido en los entresijos de mi curiosidad, apenas me fijaba en las maniobras de Parra y centré mi atención difusamente por otros lugares y, recorriéndolos, me tropecé con el lunar, una marca de nacimiento sobre la rodilla izquierda, en la cara interna del muslo. El descubrimiento fue como un trallazo, una descarga tan inesperada que me obligó a buscar el apoyo de la mesa.

—¿Te sientes mal? —me preguntó Parra.

Asentí con la cabeza gacha, buscando el aire.

—Blando, que eres un blando. Anda vete afuera y respira hondo. Eso pasa siempre la primera vez.

Salí. Pregunté a uno de los hombres que velaban en la puerta:

—¿Saben el nombre de esta persona?

Respondió uno desde detrás de una bocanada de humo:

—… Aunque cualquiera sabe. A ese nadie le conocía de verdad —añadió, y sus palabras terminaron de confundirme.

Rápidamente subí el repecho dejando a mis espaldas la cantina con todas sus voces y las ráfagas de música de una radio a todo volumen en la cocina de mando. Descendí los doscientos metros que bajaban hasta el chozo de mi posición justo al borde de la Saguia el Hamra, junto al despeñadero. A lo lejos, los perros de siempre aullaban como chacales a una luna que ascendía por el levante como una naranja inmensa.

El resto de la noche lo pasé dentro, sobre el camastro militar, con la espalda en la pared, frente a la puerta, viendo al principio los guiños de las estrellas sobre el lejano horizonte y advirtiendo, después, los ruidos tenues de la visita del ratoncillo minúsculo que acudía sin falta a la cita con sus migajas de todos los días. Era sabio el pequeño bicho: aquella noche se marchó por donde había venido sin darme la tabarra. Algo anormal debió captar. Su instinto me asombró siempre.

Me vinieron recuerdos, próximos y menos próximos, casi olvidados los más, de mi infancia, de mi juventud. Mi madre, bastante avejentada, huraña y ahogada por los resentimientos, nunca quiso contarme del abandono de mi padre cunado yo tenía tres años. Hizo del silencio una especie de religión a la que se apegó como un exorcismo de ausencias. En algunas ocasiones la mente se le iba por otros derroteros y se abría, poblándose de recuerdos inconexos de un pasado acaso feliz del que yo jamás supe. Eran episodios de llegadas y de partidas para lejanías de ciudades y mares que no figuraban por entonces en mi bagaje geográfico. Eran memoria de palabras perdidas en el polvo del tiempo y del recuerdo; también surgían comentarios de rasgos físicos comunes entre el padre ausente y el hijo desorientado: los ojos, la voz, iguales, y no digamos la marca de nacimiento, qué risa, un pato completito con su piquito y todo mirando hacia arriba… Como la tuya, hijo, como la tuya y en el mismo lugar, que ya es decir; si es que sois igualitos, me decía. Luego se replegaba en el olvido y pasaban meses y hasta años de mutismo, hasta que un buen día, sentada al brasero, bordando su obra eterna, se le paraba la mano en el aire, miraba a través del espacio y de las cosas y susurraba: Para mí, como muerto. Y continuaba con su labor, puntada tras puntada, como si nada, olvidando otra vez.

Estuve exaltado durante horas, encendido por dentro, tratando de borrar el dos por siete catorce de lo evidente y sustituirlo con el juego sucio de las coincidencias, del azar; pero la realidad es contumaz: la memoria de aquel desvalido en la muerte, abierto por la muerte, me rebosaba el pensamiento; y la marca, gemela a mi marca, y de sobras conocida hasta el más ínfimo detalle, se abría paso con machacona reiteración hacia una verdad ineludible.

Sobrevino la luz cruda del amanecer que borró el brillo de las luminarias. La Saguia, herida sinuosa y seca abierta en la llanura que empezaba a vislumbrarse, se hundía frente a mí para precipitarse en el fondo, oscuro todavía a esas horas, de donde escapaban mis perseguidos y perseguidores duendes, los jodidos yinn, que aquella noche me acosaron más que nunca contándome sus verdades con voces que dicen, son siempre una revelación.

Y en esa mañana declarada, anunciado ya el sol, recorrió la bóveda celeste el sebah, el rezo de la aurora, cantinela que el muecín invisible esparcía por encima del poblado de jaimas y a lo largo de dunas y de roquedales recordándole a los fieles el deber de alabar al dios de los cien nombres. Y pensé si la voz quejumbrosa estaría también pidiendo misericordia por aquellos que deciden irse por la puerta de atrás de la vida sin regalar, al menos, una explicación.

Durante el discurrir de la noche, ni por un sólo instante me fue permitido apartar la imagen de soledad que estaría envolviendo como un sudario al hombre roto, ni la claridad turbia de las paredes encaladas que intensificarían las livideces y los costurones recosidos por Parra. Dentro de poco vendrían a darle sepultura, en la arena, sin más compañía que la del compañero de turno que nunca falta.

Estaba avanzada la mañana cuando, con un pretexto cualquiera, comuniqué que necesitaba ausentarme. Subí al cementerio evitando la cantina en la que nunca faltaba algún visitante tempranero. Cuando traspasé la cancela estaba desierto. Ni un alma entre sus cuatro paredes; únicamente, la luz cruda que ya pegaba fuerte. Había llegado tarde por las muchas dilaciones que yo mismo me impuse. Ahora todo estaba consumado. Ni siquiera pude localizar el lugar porque allí la arena carece de humedad y lo mismo era un montón de tierra que otro. Regresé con la gente. Mi vida dio un vuelco, un cambio de rumbo. Maldije el encuentro por ser tardío y por haber grabado a fuego en mi memoria, de forma tan sombría y triste, lo que ya estaba olvidado.

Dos meses después abandonaba aquel desierto en el que para entonces no existían ya más duendes que el espectral recuerdo de un desesperado que vino a parar a él, pero ya sin vida. Al menos su alma supo de mi congoja si es que creemos aquello que nos dicen: que por un tiempo los espíritus siguen ligados a su envoltura por el hilo de plata, viendo cuanto sucede a su alrededor.

Esta vez sí tuve la certeza de que los yinn habían levantado el velo de sus misterios murmurándome la revelación que siempre se me había negado; luego me abandonaron.

Nunca conté nada a mi madre. Ella siguió refunfuñando, y yo, escuchándola resignadamente cuando descendía a los subterráneos de la memoria. Continué escuchándola hasta el día justo en que ella misma descendió a esos subterráneos.


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4 Respuestas a “La cantina

  1. Acabo de descubrir tus textos y concretamente éste, que acabo de terminar de leer, me parece genial. Logra crear ambiente, tanto de los lugares como de las personas. Me he visto trasladado al sr de Marruecos, al Atlas, a la costa de Agadir y he recordado al “Viejo de la montaña”, la soledad del desierto, la película Beau Geste, vamos un placer leer el relato.

    Enhorabuena y un saludo (Habrá que leer las otras narraciones)

  2. Es un relato hermosos, que transporta y te muestra una realidad pero descrita de forma poetica, es increible como un lugar puede transformarse en algo bello por la forma en que se le describe, gracia. por hacerme soñar

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