Entre brujos

ENTRE BRUJOS
Sucedió en un lugar remoto y entonces frondoso al poniente de la antigua Española. Fue cerca de un poblachón haitiano perdido entre bosques y cercano al mar de nombre Limonade, no muy lejos de los mismos andurriales por los que un día se desbordaron las tropas incendiarias y envenenadoras de Makandal, el esclavo rebelde que soñó con la libertad y  del que cuentan que voló por los aires transmutado en pájaro el día de su ajusticiamiento, consiguiendo escapar de la mismísima hoguera de forma tan ingeniosa según el mito. Y en esa misma noche, toda aborrascada, calurosa y aplastada por una sanguinolenta luna llena recién nacida que volaba entre nubes sobre un aire denso que hacía presentir la tormenta, fue cuando dos de los brujos de los que “ofician con la mano izquierda”, y conocidos como bocores, andaban disputando acaloradamente (para no desmerecer en cuestiones de temperatura con el clima habitual y hacerle justicia), las respectivas magnitudes  y la importancia de sus poderes, que eran, sin lugar a dudas, de naturaleza infame e innegablemente necrófila. Y dicen, que éste que narramos, fue el último caso de zombificación registrado en los anales de aquellas latitudes.
Los seguidores de ambos, y miembros todos incondicionales y sin excepción de la sociedad secreta ‹‹Hijos de la Noche››, iban tomando partido por uno o por otro ocultos de miradas ajenas en lo más profundo del bosque, agrupados bajo un cobertizo de hojas de palma que daba paso al ounfò, nombre en créole con el que bautizan los naturales  a templos como en el que se estaba resolviendo el antagonismo por el cetro del poder oculto. De tal modo se desarrollaba la sesión, que las miradas se encendían como destellos de fuegos fatuos fluctuando en torno al poteau mitan -el poste sagrado- desde lo más hondo de unos espíritu que se incitaban orgiásticamente con los vapores del ron derramado y con los efluvios de la sangre de una cabra negra que acababan de verter sobre un altar absolutamente abarrotado de objetos, a cuál más sorprendente. El griterío, sin atemperar con el tumulto enrarecido de la zarabanda, iba enredándose con el retumbo de los tambores petro,  los que vacían la mente y que resultan nefastos por necesidad e imprescindibles en sus oficios y afanes tenebrosos.
Narcisse, el primero de los dos brujos, de tez noir téléphone —que no es calificativo de animadversión, sino más bien frase admirativa de mucho predicamento y bastante chovinista por tan confinados parajes—, se decidió en atajar por lo sano y declaró, mirando de soslayo a su oponente, un tal Hypolitte, dándose toda la importancia que el caso requería:
—Mi comunión con los espíritus perversos de los loas guedés se manifestará tan poderosamente ante vosotros, que declaro aquí y ahora, que esta misma noche, en este mismo instante y lugar y sin perder mucho tiempo, voy a levantar de su sepulcro al joven Lazáre, quien, como todos sabéis, se murió ayer de una estupenda borrachera sin decir ni mu. Disfrutará —y en este punto rió cínicamente— de una segunda oportunidad gracias al misterio velado y vedado a los vivos —Y, seguidamente, bramó con los ojos en blanco, vueltos hacia los adentros:
— ¡Yo, Narcisse La Blanche, lo despertaré zombi!
Y es que por dichas tierras profundas y en aquellos tiempos, el hecho de desenterrar presuntos cadáveres de las sepulturas, dotarlos sin pausa de una mortecina y exigua vitalidad y ponerlos luego a trabajar en total esclavitud, mudos, obedientes y medio catatónicos, fue  práctica o menester bastante frecuente que a nadie extrañaba, pero que todos temían; pues, estando en esas, cualquiera podía solicitar los servicios de un bocor (como se encarga una misa de difuntos), para solucionar, de manera tan sencilla y con tan poco esfuerzo cuanto pleito, conflicto popular, familiar o de cualquier índole pudiera generarse gracias a las humanas grescas, envidias y odios. Como esta reanimación siempre se había realizado más o menos en un entorno de secreto y ante contados iniciados, el anuncio suscitó murmullos de emoción contenida, rebumbio largo y prisas por contemplar sin trabas el prodigio que amenazaba con alterar la paz definitiva del desgraciado difunto; un pobre hombre que justo hasta ese crucial instante había permanecido apenas dos días contados en el tranquilo reposo de su tumba, se supone que muy ajeno ya a las cosas de un mundo tan complicado y poco predispuesto a concederle sus derechos adquiridos, osea, su prerrogativa a gozar en paz del eterno sosiego que le correspondía como a presunto muerto en su lugar natural de retiro: el camposanto.
Con prontitud y a la media noche, iniciaron la procesión con aire de almas en pena. Iban destilando ya con sus danzas la violencia contenida tras el sacrificio cruento de una cabra después de haber estado desquiciándose, también, con tanto pulverizar el ron de botellas pegajosas y de haber estado lanzando a puros resoplidos el humo apestoso de enormes cigarros  y con los ojos puestos en blanco, como de susto repentino, y sudando a mares. Notaban ya, individualmente, la sensación fulminante, entre esperada y temida, de sentirse nada menos que el elegido, el poseído de los santos, con la sacudida corporal y la satisfacción íntima posterior que provoca la sensación de ser cabalgado por uno de los loas invisibles.
Así, a todo barullo, atravesaron la aldea en comparsa y  sin atavíos, expresándose en sonidos y manifestándose igual que sombras acompañadas de sombras con barahúnda de cánticos, tabaleo de maracas y zumbidos de caracolas, artilugios y métodos con los que el gremio  intimidaba a los habitantes extraños a la cofradía. La gente ajena al cortejo y a la organización, sin pensárselo mucho cerró ventanas y atrancaron puertas. Ni a respirar se atrevían invocando a sus loas benéficos con el pensamiento bien acongojado por lo inquietante del ominoso asunto que se ventilaba fuera. Conocían, fruto de sus creencias antiguas y nunca olvidadas, que aquellas ánimas, pobladoras de la noche, eran demasiado malignas y que no gustaban de presencias intrusas.
—¡Huir, huir de las encrucijadas! —se cuchicheaba—. Sobre todo, hermanos, de las encrucijadas donde acecha el diabl. Y los niños lloraban ocultándose por los escasos rincones que ya usurpaban muchos grandullones usurpándolos sin el menor miramiento ni vergüenza, porque en tal situación, el miedo los igualaba a todos.
Agrupada ya la desvariada banda dentro del cementerio fue removida la tierra; el ataúd desencajado con azadonazos que atronaron el silencio poniendo los pelos de punta, y el difunto fue resucitado por la fuerza enérgica y arcana de Narcisse. Como mandaba el ritual se le maniató y fue azotado a zurriagazo limpio sin preludio ninguno; y, sin pausa, fue liberado simbólicamente. Pudo dar, así, unos primeros pasos torpes y vacilantes tras franquear la puerta tenebrosa del reino de las tinieblas. El desgraciado, que toda su vida no había sido otra cosa que un campesino corriente y moliente al que la muerte sorprendió saturado de un ron de lo más barato y digno del peor de los piratas , se acababa de transmutar de buenas a primeras en zombi sin oficio ni beneficio; avatar que, aunque trascendente desde el punto de vista religioso, no suponía precisamente un honor para nadie.
Durante el desarrollo de la ceremonia la totalidad de los asistentes habían mostrado el miedo ancestral que siempre estuvo acompañando a los Ti Guinin (que no son otros que  los hijos del África, una forma secular de designar su propia personalidad  en aquellos pagos, desde su desarraigo en la Guinea añorada hasta la esclavitud de los trapiches caribeños). Cantaron, batieron palmas y danzaron lo bastante como para descoyuntarse, pero, con todo, el miedo, siempre presente, se les enroscaba en el alma como las serpiente Dambala y Aida Wedo se enroscan sobre el tronco del árbol de la vida, bajo el Arco Iris. Ahora todos permanecían a la expectativa del desenlace de un misterio total y apabullante.
—Compañero Hypolitte, después de mi demostración, que me señala como favorito sin igual del Barón,  a ti te toca manifestar hasta dónde eres capaz de llegar con tus bravatas —clamó el fanfarrón Narcisse, con un erizo de mal talante en la voz.
El aludido calló. Era el segundo de los dos brujos en discordia, llamado Hypolitte le Fouille. Él mismo fomentaba que tenía fama de loup garou nocturno (no se sabe por qué, a no ser que se tuviera en cuenta su desmedida afición a frecuentar los garitos de madrugada), frase esta, que traducida del creole, no significa más que una simpleza, digamos que la nimia facultad de poder transformarse en hombre lobo a su antojo y libre albedrío, y que en su caso era simple invento para poder emborracharse sin tener que dar explicaciones, poder comprar una botella y perderse luego en el bosque a dormir la mona; con lo cual esas desapariciones tan frecuentes fueron las mismas que fomentaron la leyenda.
Ante el desafío del oponente no dijo nada ni abrió la boca, se limitó a reír balando con tanta potencia como lo hizo la cabra cuando le rebanaron el gaznate. El mentado, Hipolitte, sin dejar de retorcerse con el baile de san vito al ritmo frenético de los tambores maman y seconde, que no habían dejado de marcar con golpes sincopados las fases psicológicas de la posesión y las cimas del paroxismo a cada instante, se fue alejando y distanciándose del tumulto poco a poco, sin dejar de batir su maraca sagrada toda revestida de caracolas ni de reir con la cara torcida de muecas. Estanba a una cierta distancia  cuando se detuvo, y apaciguando las contorsiones contempló a Narcisse y a toda la gente, al bosque y al cielo tormentoso ya de centellas, y entonces clamó con voz de falsete:
—¡Vaya, vaya, vaya, vaya…! El gran Narcisse hizo lo único que sabe y levantó lo único que ya puede levantar; si lo sabré yo a estas alturas. La cuestión, hermanos, radica en quién de los dos domina la potencia y el vigor de los Gedé. Os lo diré sin rodeos: mientras él no hacía mas que aspavientos y mojigangas para despertar a Lazáre, mi poder superior estaba ya cortando el hilo de la vida de un apestoso aquí presente a quien todos conocéis. Y lo hice sin melindres, sin palabras, sin nombres pronunciados, sin invocaciones. Sólo con mi mente, mi grande y poderosa mente, que silenciosamente lo acaba de hundir en la más negra fatalidad.
Con temor contenido, el interés morboso recorrió el espacio con un runrún como de abejorros desorientados. Se miraban entre ellos tratando de descubrir en el vecino alguno de los indicios que desvelasen la identidad del condenado, mas aún era pronto y nadie presentaba los signos inequívocos que la experiencia les había enseñado a detectar en los desterrados a las tinieblas.
La risa aguardentosa de Hypolitte, gangosa, atroz y enajenada, les distrajo de la búsqueda de lóbregas señales. Alcanzaron a verlo perderse entre la negritud de las frondas agitando en dirección a Narcisse una cornamenta de cabrón y esgrimiendo obscenamente su propio falo como si fuera un badajo.
En ese instante la reunión se diluyó con los primeros goterones. En pocos segundos la lluvia arreció con todo su fragor sobre la bóveda del bosque apagando las hogueras. Vino la oscuridad. Callaron los tambores y, precipitadamente, la totalidad de la archicofradía fue desperdigándose empapada bajo las palmas y ceibas sagradas acompañada por el fulgor ceñudo de los loas del fuego, del viento, y, por la no menos ceñuda —al menos en aquellos momentos— Ezili Freda, la de las aguas y el amor, que se estaba mostrando cálida y mojada como debía de ser en toda una reina de la sensualidad.
Junto a la fosa removida, olvidado, aturdido y confuso quedó el zombi que de pie, tieso de articulaciones, chorreante y embarrado, estaba a punto de volverse a morir otra vez, pero de insuficiencia respiratoria, pues  nadie con las prisas había pensado en desatascarle la nariz tupida de algodones ni de soltarle el nudo gordiano de un pañuelo que le apretaba la quijada, señales remanentes de su reciente sepelio; ya que el único empeño inmediato a la resurrección, y para que no hubiese dudas en los antecedentes ni en los consecuentes, había consistido en ataviarle, aparte de con los algodones, con los símbolos de identidad y los ropajes del Barón Samedi, el Guardián de los Cementerios: un astroso sombrero de copa, la chaqueta verde corrupto de un frac que apestaba a osario, y unas gafas negras que remataban el apaño y que maldita la falta que le hacían perdido entre tantas tinieblas.
Entretanto, Narcisse retomaba el camino de su choza en solitario calado hasta los tuétanos. En un carrefour —que es un cruce de caminos, algo más que aciago en las noches que las bandas andan sueltas— alcanzó a uno de los grupos de hermanos en retirada. Todos le ignoraron, y esa actitud le inquietó en lo más profundo de su ego, tan satisfecho pocos minutos antes. Continuó su marcha. La lluvia se hizo mansa ahora y la negrura del bosque, neblinosa. Desde la planta de los pies el frío comenzó a treparle por las piernas como una araña helada que se le vino a instalar en el centro de la barriga. Qué raro es este frío, murmuraba dando diente con diente, siendo como soy calentorro, y no sólo de la entrepierna. Así, así —y se sacudía los costados a dos manos tratando de contrarrestar la desagradable sensación—, así me encuentro mejor, sí señor, mucho mejor, iré más rápido, un buen trago luego en la chocita y a la cama, y mejor que mejor todavía, mi negra calentita esperándome con su olor a canela; y, a propósito, qué cosa habrá querido decir ese asqueroso de Hypolitte sacudiendo los cuernos como si fueran una bandera y con tanto hablar de potencia y de tocarse el paquete y de enseñarlo, hala, hala… y yo, mi negra, con este frío que me recome los huesos y hasta los huevos, y él, ahora, estará venga reírse, igual que los otros, claro, que no sé qué les pasó que ni saludaron, ni hasta mañana dijeron, hijos de puta, mamones mudos, igual que muertos… por ahí os pudráis jodidos hermanos, ja, ojalá os pudráis todos empezando por la entrepierna y él, el Hipolitte, el primero; pero todos no, Ezili venerada, no me escuches al pie de la letra, que no voy por ahí no; a mi Clemercine déjamela como está, con su culito gordo y temblón y con sus tetorras como papayas tiernas. Ay, mami, por qué me pesarán tanto los pies, no voy a llegar nunca con esta jodida lluvia que se me está clavando como agujas de sal y pimienta…
Y así continuó, cada vez más aterido, cansado y dolorido. Cuando llegó a su chamizo de palmas, su mujer, Clemercine, la aromática y oronda Clemercine, tampoco le hizo el menor caso, le dio la espalda y salió a encerrar al cerdo.
—Estoy acabado —pensó, con un pavor irracional—. Me ignoran y no termino de enterarme.
El colmo de su desventura fue después, cuando ni las gallinas cloquearon con escándalo ya bien metida la noche, que se alargó a mear a tientas y de un topetazo casi se traga el gallinero. Decididamente, la totalidad del universo le ignoraba.
Desalentado, determinó cobijarse en el camastro antes de que los gallos del alba despabilaran esponjándose, abrieran un ojo y divisaran los claros de un nuevo día que despuntaba cárdeno y sombrío.
Llevaba durmiendo un tiempo indeterminado, inquieto y flotante, y entonces le despertaron unas voces por los aledaños de la puerta, al otro lado del tabique de pencas mal unidas. Se incorporó y espió por entre una de las trescientas rendijas. Pudo contemplar al carpintero Philomeé que, resoplando en compañía de otros vecinos, se afanaba en meter con dificultad, a través de la puerta abierta, un cajón de muerto de pino basto pintado de blanco. El carpintero, apurado, se disculpaba en tono compungido con su cálida y lujuriosa mujer —canela pura carnal—, que lloraba en sordina con un gemido largo y sostenido que tiraba mucho a falso.
—Lo sentimos mucho, Clemercine. Ya sabes tú como apreciábamos con toda el alma a tu hombre. Te acompañamos con el sentimiento por tan irreparable desgracia.
—Pero está muy claro que el compadre Hypolitte tiene más poderes de los que nunca tuvo tu pobre marido— aclaró tozudo Philomeé
—Está claro— corearon todos.
—Sí, sí, mi compadre —asintió como plañidera a sueldo la Clemercine con un extraño gemido que insinuaba el esbozo de una sonrisa—. Claro que tiene mucha más potencia, se mire por donde se mire. ¡Aaay! Que esta pena me va a matar –gritó de nuevo sin pausa y como transida por un orgasmo metal, justamente cuando divisó que Hypolitte La Blanch acababa de aparecer por el vano de la puerta. Seguramente la visitaba para darle el consuelo que le venía dando desde hacía más de seis meses, o puede que fuera el consabido pésame por el aciago tránsito, o quizás y simplemente, la posibilidad llevarse el frasquito de la pócima que aquella misma mañana le había entregado bajo mano .

2 Respuestas a “Entre brujos

  1. Pulo, felicitaciones. le he enviado un mail solicitando permiso para usar algunas imagenes que me han subyugado para acompañar poemas surrealistas y metafíscos de mi autoria, no tengo otra manera de contactarlo
    Gracias

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