En el silencio de la noche

En el silencio de la noche
Durante un tiempo viví en aquel lugar donde la serenidad se adueñaba del entorno. Abundaba allí la gente correcta y reservada y era una zona, no demasiado lejos de la ciudad, con pequeñas viviendas unifamiliares envueltas en jardines y cercada de campiñas todavía vírgenes, sin vulnerar, lo que ya es decir. Entre los residentes nunca sucedieron fricciones por causa de ruidos o de voces: allí, la paz se había instalado por derecho propio.  Al anochecer, la impresión de sosiego se acentuaba más, si cabe, al quedar todo envuelto por la calidad de aquel silencio tan sedante que dotaba a mi vida de un gozo inigualable. A veces cruzaba el aire detenido el canto de los grillos o, después de la lluvia, el coro lejano de ranas cantándole a la luna desde las balsas perdidas entre las plataneras; quizás, también, apuntaba el rumor de algún sonido humano, amortiguado, que se prolongaba largamente por el espacio impregnado de un resplandor estelar casi sólido y palpable. Era, en definitiva, el puro deleite, la placidez total, y siempre pensé que fue un acierto elegirlo. Pero justo a la medianoche (cuando el músculo duerme, como canta el viejo tango), renacía el más dichoso de todos los momentos: la soledad casi absoluta; y era en esa hora cuando me sumergía de lleno y sin interferencias en mi nirvana personal arropado de calmas.
Será una manifestación de esa parte neurótica que todos albergamos en el interior más reservado de nuestros entresijos mentales, pero sin faltar un sólo día, justo cuando terminan los abominables programas con que nos sentencian las más que  abominables cadenas (que por algo deben utilizar tan explícito sustantivo para autonominarse), era cuando me relajaba de verdad y a conciencia. En esos instantes, en los que las últimas pisadas de los noctámbulos o cuando los portazos de los automóviles volviendo del trabajo diario  anunciaban el preludio del descanso, era el momento mágico de la llamada de la noche, la hora exacta en que me colocaba frente al ventanal abierto de par en par dejándome inundar por el olor a hierba y a tierras húmedas. Sin interferencias ya, frente a mi mesa de trabajo y bajo la luz cálida del flexo, comenzaba a especular historias sobre el papel y me lanzaba de lleno a navegar por mares desconocidos. Pensaba, fantaseaba, me evadía, escribía unas líneas, me incorporaba a fumar un rato acodado en la barandilla de madera de la terraza para contemplar bajo las hojas de mis tres palmeras, que destellan mercurialmente, el constante y tembloroso parpadear  de las luces de la costa en la distancia… Así un día y otro día, disfrutando a grandes bocanadas del mutismo y del sigilo de una generosa  naturaleza casi dormida, en absoluta complicidad con ella.
Meses, largos meses fui recompensado con semejante regalo; pero como todo en esta vida tiene un comienzo y debe tener un final, esta situación privilegiada no fue la excepción; alguien vino a turbarla de manera odiosa para hacerla añicos.
Una de aquellas noches, hace de esto que cuento más o menos unos tres meses, mi mente bullía de parajes lejanos y cuando ya me encontraba disponiendo a mi antojo del destino de mis personajes como un pequeño dios vengativo, o condescendiente y bondadoso, según me cayeran de bien o mal, fue cuando de improviso un tronar absurdo comenzó a insinuarse, remotamente. Provenía de la carretera escondida que sube desde la costa hacia las cumbres. El estruendo creció en intensidad; fue acortando distancias  pareciéndose cada vez más a la peor de las tormentas: iba de truenos sucesivos, de rodar de rocas en alud incontenible, de batalla a cañonazos de un Armagedón inesperado. Y vino creciendo y  creciendo sin pausas como el ronquido de un ogro con enfisema, cada vez más cerca. Aquel retumbo inexorable se constituyó, sin más, en el espíritu destructor de los espíritus y en el asesino de la paz. Levanté la cabeza y luego encogí  la espalda esperando el estallido final. No se produjo. Porque el ciclón de ruidos, el tornado salido de madre, fue una exhalación que con la velocidad, como única razón existencial, agredió de tal forma al silencio que tuve que contenerme para evitar dejar escapar un grito de protesta irracional que ni Munch, de haber vivido y haberme estado contemplando, hubiera mejorado en un nuevo cuadro. Pero no fue un ente fantasmal, no, lo había visto cruzar la calle: era una moto de las de gran cilindrada; negra, brillante, cromada, con el escape libre… Pasó, y se fue. Interminables minutos continuó detonando hasta enmudecer en la distancia después de haber asesinado alevosamente a la noche.
Quedé sumergido en un estado lastimoso. La tensión me podía. Y, a pesar de mis esfuerzos, fui incapaz de reponerme para poder penetrar de nuevo en mis mundos inasibles por los que viajar no me costaba un duro. Me sentaba esperanzado para retomar otra vez el camino y, sin poder evitarlo, el recuerdo vívido del paso de la tromba se oponía a cada intento asombrándome a mí mismo de una nueva capacidad personal, que desconocía, apta para reproducir el escándalo con tan tremenda exactitud: era como si el intruso volviese a cruzar la noche conjurado por mi memoria.
Lo sucedido, que no debió significar mas que un hecho aislado provocado por un individuo cerril de los que gozan poniendo en riesgo el normal bombeo del corazón de las gentes, se repitió para mi desesperación todas las noches sin excepción a partir de aquélla tan nefasta. Cuando desde la torre dormida de la iglesia de la cercana villa de arriba comenzaba a extinguirse la postrera campanada de las doce, con la última nota vibrando todavía en la oscuridad y  confundiéndose con ella, se iniciaba el rumor del petardeo sordo por entre las adormecidas plataneras, a lo lejos, muy distante. Poco a poco crecía en virulencia engullendo kilómetros (calculo que se percibía desde dos o tres, o quizás más), y crecía, y aumentaba y engordaba, y se agigantaba como un monstruo de estridencias hasta alcanzar el climax exactamente bajo mi terraza con efecto doppler incluido. Después menguaba a lo largo de otros miles de metros hasta agonizar y morir, por fin. Todavía no comprendo  cómo al paso desbocado de la máquina transgresora no estallaban las farolas ni se fundían las bombillas.
Y otra vez volvía a reproducirse la impotencia. Aquel ruido me secaba el cerebro y me incapacitaba. Todas las noches, invadido por la tensión de la espera, aguardaba la hora con inquietud emprendiendo mil cosas para distraerme. No terminaba ninguna. Más tarde, una semana después, ya me hice a la resignación y fui soportando aquella presencia desde la primera hasta la última explosión del motor; y, a renglón seguido, maldiciendo después de dos o tres intentos fallidos intentando borrar el recuerdo de aquella existencia inmerecida y fantasmal sin conseguirlo, apagaba la luz, me tomaba una pastillita de esas que tumban a un caballo a la primera de cambio y me iba a dormir hipnotizado. Y soñaba con él, con el rugido del motor, con extrañas imágenes de admisión, compresión, encendidos y escape que me recordaban escenas de Metrópolis. Al misterioso cyborg lo tenía metido y alojado entre los sesos: era, por imposición, el dueño de mi mente.
Dos semanas largas duraba ya la tortura. La vigilia del día se había concentrado en la espera permanente de la llegada de la noche. Para entonces, las doce campanadas dividían mi vida en un antes  y un después del paso del monstruo; en una línea que, a un lado y al otro, estaba saturada de ansiedades e inquietudes, de nervios a flor de piel, de deseos malsanos de sorprenderlo con un muro repentino delante de las narices. Naturalmente, no fui capaz de atentar contra la integridad física del sujeto con acciones defensivas prácticas, pero con el pensamiento sí que maquinaba sin descanso mil y una estratagemas retorcidas para acabar con semejante malhechor sin conciencia al que nunca pude ver tal  y como era, pues no tenía rostro; el malvado se ocultaba siempre detrás del casco y  bajo el traje de cuero, ambos más negros que su  alma negra.
Días más tarde decidí actuar por mi cuenta y riesgo y decidí que lo mejor sería presentar una denuncia colectiva. Contaba de antemano con la colaboración de mis vecinos, a los que suponía tan víctimas del energúmeno como yo mismo. Adoptando la mejor de mis sonrisas una mañana de sol llamé al timbre de  la casa de doña Úrsula después de invadir su jardín, que era un estallido de rosas “Queen Matilda”. Abrió la puerta asomando apenas su cabeza, trasunto fiel de una escarola malva mezclada con tarta de nata recubierta de rulos de plástico. Tuvo la deferencia de escucharme pacientemente, pero sin disimular,  toda estirada, que aquella invasión no dejaba de ser mas que un puro y duro entrometimiento en su intimidad. Cuando acabé de recabar su ayuda haciendo florituras para convencerla, su respuesta me dejó de piedra berroqueña, ¡la insensata! “No, no, no… ¡que no! –me ametralló reiterando el no con sus morritos octogenarios, requetepintados y haciendo juego con sus rosas-. Yo nunca he oído ese ruido tan infernal que usted me comenta”.
Sorda aparte de gorda la tal doña Úrsula, me dije, o insolidaria de oreja, lo cual también era una posibilidad a considerar.
La cuestión  y sus derivaciones comenzaron a debilitar la fortaleza de mi entendimiento cuando inquirí, después de abordarlo junto a la puerta de su jardín, a Herr Schneider, un teutón rubicundo que parecía tener conciencia del tiempo transcurrido midiéndolo únicamente por el número de botellas de vodka vacías y perfectamente alineadas, como batallones, junto al cubo de las basuras. “No, no, garnichts –me dijo-. Mi no escuchar. Tener verboten jaleo. No oír nichts, noche callada, ich bin sicher”. La cosa comenzaba a pintar mal.
Para la siguiente visita recalé justo enfrente del mío, en el chalecito de una joven y simpática pareja. (La chica, digna de un anuncio de tangas; y a él, y como siempre iban juntos, no sabría reconocerlo de tropezármelo a solas). Lo que sí era evidente es que ambos se amaban. Seguro que se amaban de día y que se amaban de noche; antes de entrar y de salir; después de bajar del coche y en el coche probablemente tras regar los arriates del jardín, trance del que ella salía con la camiseta mojada y que yo nunca me perdía desde mi ventana; muy posiblemente se amarían  también en el sofá, en la mesa de la cocina y hasta puede que en la cama se amaran. Ella -pues el afortunado marido no estaba en aquel momento- negó haber detectado la presencia del motero nocturno ni nada parecido. Tampoco su perrito, un diminuto scotch terrier con su lacito incluido que mi maciza vecina acunaba entre sus dos hermosos limones caribeños. “¿Verdad, don Cleofás (Cleofás era el fragmento de perro), que tampoco tú escuchaste nada, cariño mío? El chucho, obviamente, no le contestó, pero sí que estuvo a punto de sacudirme un mordisco en la mano, que yo, arteramente y con el pretexto de mi arrolladora simpatía, intenté acercar con lujurioso disimulo a su orejita, que descansaba precisamente entre las salvajes turgencias de la dueña.
Con el resto de la colonia de convecinos se repitió unánimemente la negativa. Cuando pregunté en el restaurante-terraza de la otra calle, por detrás de una densa masa de árboles, tampoco tenían noticia alguna del Orfeo que con su lira explosiva detuviera el curso de las aguas desencadenando caídas de peñascos y paralizando el balanceo de los árboles. En aquel acogedor lugar, con cadencias tropicales y sensualidad  de penumbras en medio de un palmeral, se daban audiciones de una orquestina de boleros para los enamorados; curiosamente en el más popular, entre los asiduos y repetitivos, se le pedía a un reloj que no parase las horas; había también su buen vino y mejor yantar, amén de un ron de siete años diluido en mojitos que ni en la Habana Vieja. Su propietario, compañero de parrandas y oriundo de “La Perla” (y al cual no se le podía mentar al Comandante sin que se le escaparan todos los sapos venenosos del mundo por la boca), me aseguró: “Amigo, mi amigo del alma, no te ofusques. Sabes que cerramos tarde, alta la madrugada, y tamaño escándalo me ahuyentaría la clientela, y no es el caso.” Entonces, incrédulo, negué con la cabeza y él me correspondió con el mismo gesto. O sea, que no, que tampoco habían escuchado el alboroto.
Yo, que ni estaba loco ni era víctima tampoco de alucinaciones, estaba seguro y  me preparé para la noche que ya se anunciaba taimadamente.
Y llegó sin tardanza, plena, de una serenidad sin límites, con las estrellas tan cerca que hasta daba reparo moverse no fuera que el más leve movimiento alterase el equilibrio del firmamento y las precipitase sobre la tierra.
Había salido a la terraza y miraba mi reloj en el momento justo en que sonaron las campanadas de la torre. Fueron cayendo nítidas, plateadas, desde la primera hasta la última, y como siempre, la nota postrera percutió prolongándose en imprecisas vibraciones. Y esa última campanada se fue, yendo arrastrándose por las hondonadas del valle, recorriendo oquedades y asustando a los animales de la noche. Y ocurrió lo inaudito: se extinguió absolutamente, y contra todo pronóstico, sin engarzarse esta vez con el escape del motor de mis desvelos.
No sé de qué manera ni a qué velocidad transcurrió mi tiempo. Recuerdo que serían alrededor de las tres de la madrugada cuando decidí retirarme lleno de estupor, pero aliviado, con el sentimiento incomprensible de que el extraño visitante me había fallado; y esa circunstancia me colmaba de una increíble decepción.
Pasaron semanas, casi un mes, de escuchas impacientes, de silencios en mitad de la noche más enervantes todavía que el peor de los estruendos. Otra vez una línea divisoria separaba netamente los tiempos idos de noches sorprendentes y estridentes, con los silentes, mudos y pacíficos de ahora. Volvió el yermo mental, retornaron la confusión y la impaciencia. Me estaba vedado, otra vez, imaginar y hasta pensar con lucidez. La vida, en fin, se me iba transformando en un pozo de ansiedades insoportables. Al final de una de aquellas jornadas, bajo las livideces de una tormenta que todavía no había descargado una sola gota, mataba el tiempo en la terraza comprobando como el aire se iba engrosando y cargándose de electricidad con cada uno de los continuos y lejanos fusilazos entre nubes por todo el horizonte marino. En esto, al reloj de la torre de la iglesia se le escaparon todas las campanadas de la medianoche. Apenas les presté un mínimo de atención. Finalmente, se agotaron. El eco de la última se alargó en su rutina, pero imprecisa esta vez, pues el viento negro que se enredaba entre los árboles borraba o traía su sonido según soplaran las rachas de la turbonada.
Cuando el ínfimo resto de su modulación estaba a punto de desaparecer, vino a enlazarse inesperadamente con un entrecortado aullido de animal. Fui incapaz de moverme  y de abandonar la terraza para entrar en el estudio, me quedé como se debió quedar la mujer de Lot. Noté cómo un miedo anónimo recorría toda mi espalda al igual que un gran insecto que me trepara por debajo de la ropa. Miré hacia la calle iluminada por una farola medio perdida entre el ramaje agitado. Se dibujaba en el suelo un círculo de luz mortecina, vacío que algunas hojas cruzaban arrastradas ya por un viento nuevo. El aullido del animal se iba escuchando más y más cercano, un lamento agónico y lastimero que continuaba avanzando a través del viento.
Entonces lo vi. Apareció y se detuvo en medio del halo luminoso: era un gran perro de pelaje amarillo, escuálido y con los flancos palpitantes de ahogo. Vacilaba errático sin llegar a salirse del nimbo de luz. Husmeaba no se qué efluvios y, a cada movimiento, alzaba la cabezota como si me buscara, o me presintiera. Pareció encontrar el objetivo de esa búsqueda, pues se detuvo al pie de la verja, clavó dos ojos encendidos en el lugar en sombras al que me ataba la inmovilidad, y lanzó el aullido más espeluznante y triste  de cuantos puedan escucharse en este mundo. Después se alejó, e igual que con el motorista, su quejido se prolongó a lo largo de cientos y cientos de metros.
La aparición se repitió, a lo largo de días, a la misma hora y del mismo modo.
Yo hice mutis. Semana y media después me había mudado de casa.
Hoy vivo en el ático de un edificio de apartamentos, sobre una larga avenida con el puerto y sus luces al otro lado de una larga hilera de ficus centenarios. Apenas aprecio ahora los murmullos de la noche. El viento huele a contaminación. Los sonidos que me llegan son de sirenas que pasan con el miedo dentro o el de automóviles con urgencias de trabajo o de juerga, y aquellos otros, rápidos, que transportan a la “flaca”  de la guadaña con estridencias y luces de verbena, o aquellos otros  de los que se detienen a consumir madrugadas con la música a todo trapo con el bar en la puerta trasera. Es una avenida de “movida“. Me da igual, aunque sea una barahúnda en la que casi no distingo a los unos de los otros. En cambio, yo me siento muy tranquilo y poco a poco me voy adaptando. He vuelto a escribir.

6 Respuestas a “En el silencio de la noche

  1. He leído y disfruttado tu relato. No puedo ser totalmente objetivo en mi comentario ya que reconozco en él muchas sensaciones que yo también comparto; la magia de la noche, esa tranquilidad que nos da el silencio, la soledad del momento, que nos hace gozar del placer de la escritura a quienes la practicamos..

    Tu narración, aparte de conseguir la identificación con el personaje, está bien desarrollada, con un estilo que facilita su lectura de un tirón, y el final supone todo un cambio de registro en su vida, que había visto alterada y perdida la paz y el sosiego. Merece la pena sacrificar olores de la naturaleza y otras sensaciones a cambio del sosiego y la paz de la escrituta.

    El texto, aparentemente sencillo, encierra una poderosa fuerza evocadora en sus claves. Como ehjemplo citaré la mención que haces a Metrópilis, con la que has conseguido inmediatamente que visualizara el cartel de la gran película de Fritz Lang.

    No me quiero alarggar más pero, si tu obra artística en el tratamiento de imágenes es magnífica, como narrador resultas igualmente interesante.

    Enhorabuena por esta narración y gracias por compartirla. Un fuerte abrazo.

    Ernesto

    • Ernesto, como cada vez, es una satisfacción recibir tus comentarios siempre agradables. Te diré que la urbanización sigue estando allí igual que siempre. Que los vecinos, más o menos parecidos, continúan su vida y los visito de vez en cuando. Del motorista, después de tres noches, desapareció en buena hora. El perro únicamente me dedicó una sola, por suerte, pero era endiabladamente feo. Cambié de casa, sí, pero fue por necesidades de trabajo de mis hijos, no podían pasarse la vida autopista arriba autopista abajo.
      Recibe un fuerte abrazo.
      Luis

  2. no soy escritora…, me hubiese gustado serlo, no soy gran conocedora de muchos temas, lo único que deseo es poder expresarme de la mejor forma posible, para que entiendas lo que pienso, a cerca de este escrito.
    Me encanta el comienzo…, tanta paz, armonía.., un romanticismo extremo dominando el lugar, tu mente, tu alma, me gusta como describis ese ruido molesto, que rompe todo hasta tu paz interior, que saca lo peor del narrador: la octogenaria gorda, pintada y con ruleros, casi de mal carácter; la vecinita que no posee, y seguramente imaginada más sexi de lo que realmente era, el dueño de la cantina, ahora…tremendo materialista. Sentí que paseaba de una alfombra mágica, como viajando entre nubes, a terminar caminado descalza en un camino de pedregullos, no puedo menos que sonreir cuando recuerdo algunos pasajes…Llegando al final la confusión, ¿era tan histérico?, no, demasiada soledad, demasiado silencio tal vez nos desacomode un poco…
    Ah, no digas del perro que era feo, pobre, sobre que la estaría pasando mal…Gracias, por tu relato.

  3. Definitivamente una narrativa excelente. Cada frase se hizo imagen vívida a través de la lectura, desde el clamor de las palmeras o el color de las rosas, el remanso del silencio lo mismo que sus gritos, cada imagen vibró en mi como un hecho cierto que pudiera palparlo a golpe de pupila. Como quiera que me encanta este estilo de narrativa lo mismo que la pintura, pues nada, que te felicito por esa expresión tan nítida y fuerte. Este me encantó, voy por los otros para degustarlos uno a uno. Navegaba en busca de un velero para una composición que tengo en mente, encontré un océano de imágenes y colores, y mira que el mar es mi paisaje natural. Vaya un abrazo, y gracias por obsequiarnos con tu talento.

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